El asesinato de los dos guardias civiles en Francia ha reabierto el debate sobre la posible ilegalización de Acción Nacionalista Vasca (ANV), la sigla que la izquierda abertzale utilizó el pasado mes de mayo para concurrir a los comicios locales. ANV se ha resistido a desmarcarse de los atentados de ETA, hecho que no es motivo de ilegalización pero que ha servido para echar por tierra las esperanzas que algunos habían alimentado de que aparecieran disidencias en el caso de que la banda terrorista reanudara el camino del crimen.
En realidad, la esperanza en una reacción de ANV era sólo la segunda trinchera, porque la primera era la confianza en que fuera Batasuna la que marcara distancias con la banda terrorista si ETA rompía la tregua. No ocurrió así y entonces se pasó a creer que podía ser en ANV, una sigla distinta, donde se produjera la reacción crítica. Pero tampoco.
El error de esa percepción reside en no haberse dado cuenta de que ANV no existe como partido desde hace décadas, que se trata sólo de unas siglas, unas siglas con pátina histórica, eso sí, gestionadas por un grupo reducido de personas para su propia promoción personal. Desde la transición no ha habido diferencias entre ANV y Batasuna. La única era que Batasuna, a partir del debate desarrollado entre los años 1999 y 2000, quiso hacer desaparecer todas las siglas que había en su seno y los administradores de la razón social ANV se negaron a ello. A fin de cuentas, gracias a las siglas habían conseguido ser cola de león en la izquierda abertzale, con un puesto en la dirección de Batasuna y algún dinerillo para financiar su partido. Si hubieran aceptado subsumir ANV en el seno de Batasuna los dirigentes de las siglas históricas hubieran desaparecido del mapa, pues por sí mismos carecen de liderazgo o de la menor influencia política en Euskadi. Mantener las siglas y subcontratarlas era la única forma que tenían sus gestores de conservar alguna presencia dentro de las filas de la izquierda abertzale.
En mayo, cuando la izquierda abertzale recurrió a las siglas de ANV para sortear la ilegalización de Batasuna, copó con sus miembros las candidaturas y buena parte de la dirección oficial de este partido, fagocitándolo. La posibilidad de que Acción Nacionalista Vasca pudiera tener una línea propia con capacidad, incluso, de desmarcarse de ETA y de Batasuna no parece en esas circunstancias una posibilidad realista.
Si se decidiera emprender la ilegalización de ANV, habrá que ver si ahora existe material suficiente para aplicar esa medida después de que en mayo se adoptara la solución tan salomónica como absurda de anular la mitad de sus listas supuestamente infiltradas y permitir la otra mitad consideradas limpias. Entonces hubiera sido más fácil anular todas las candidaturas con los argumentos que se emplearon contra la mitad rechazada. Hoy puede ser mucho más complicado aunque exista la voluntad que no había hace siete meses.

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