El vil atentado cometido por ETA en Capbreton hace 11 días, que costó la vida a dos jóvenes guardias civiles, Raúl Centeno y Fernando Trapero, ha provocado que la elección de Iñigo Urkullu como nuevo presidente del Euskadi Buru Batzar [Ejecutiva] del PNV en sustitución de Josu Jon Imaz haya pasado a un segundo plano de la actualidad. Pero cualquier movimiento en el PNV es de por sí importante, dado el papel central que el partido fundado por Sabino Arana juega en la política vasca.
Tanto el discurso pronunciado por Urkullu el día de su elección como las declaraciones que ha realizado posteriormente han dejado claro algo que no lo estaba tanto para los voluntaristas, ingenuos y hasta ignorantes, que de todo hay en la viña del Señor, analistas de la cosa vasca, que pensaban que estábamos ante un dirigente nacionalista moderado que iba a continuar la línea seguida por Imaz en su última etapa al frente del PNV, cuando se desmarcó claramente de la estrategia soberanista de Ibarretxe. Pero Urkullu ya se ha encargado de dejar claro que de eso, nada de nada. Ha mostrado su apoyo a la estrategia política marcada por el lehendakari, que tiene como columna vertebral el «derecho a decidir» y que cuenta con dos fechas ya fijadas para llevar a cabo sendos referendos: el 25 de octubre del próximo año y el segundo semestre de 2010.
Algunas de las explicaciones dadas por Urkullu para justificar su postura, sencillamente, no son de recibo. Por ejemplo, en la entrevista publicada por este periódico el pasado sábado, el nuevo líder del PNV llegaba a abogar por «una interpretación leal de la propia Constitución Española que hoy, después de 30 años, no se hace». Resulta un sarcasmo que Urkullu hable de interpretación leal a la Constitución, cuando el partido que preside ni la apoyó en el referéndum en que fue aprobada ni nunca la ha sentido como propia, y lo que es más grave: ha sido el propio PNV quien enterró oficialmente hace casi tres años -cuando el Parlamento vasco aprobó gracias a unos votos prestados por Batasuna el plan Ibarretxe- el Estatuto de Autonomía de Guernica, una Ley Orgánica emanada de la propia Constitución que ha dotado al País Vasco de las mayores cotas de autogobierno de su Historia.
Si algún partido ha sido especialmente desleal con la democracia española es el PNV, aunque no el único, ciertamente. Durante la Transición política, todos renunciaron a algo, menos los nacionalistas. Durante los casi 30 años transcurridos desde entonces, el esfuerzo para que se sintieran cómodos en España sólo lo ha hecho una parte, la del Estado, para entendernos. Y ahora, esos nacionalismos, el vasco y el catalán, en lo único en lo que piensan es en separarse de España. ¿No es eso una profunda deslealtad?
Además, en el caso del PNV, si ETA sigue existiendo, alguna responsabilidad tendrá en ello quien lleva gobernando en Euskadi desde hace 27 años. Si la sociedad vasca está profundamente fracturada, alguna culpa tendrá quien desde la hegemonía del nacionalismo ha maltratado social y políticamente a los no nacionalistas. Pero ya se sabe que siempre resulta más cómodo echar la culpa a otros, sean estos Madrid -un concepto que en boca de los nacionalistas significa el compendio de todos los males-, González, Aznar o Zapatero, que asumir los propios errores. Por eso, el PNV de Urkullu no va a ser algo diferente al de Garaikoetxea, Sudupe, Insausti, Arzalluz o Imaz, por hablar sólo de los presidentes que ha tenido este partido desde la Transición democrática. Va a ser el PNV de siempre. Que nadie se engañe.
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