Alfonso Camín, todo un personaje, de José Luis García Martín en La Nueva España
La historia de la literatura no ha sido demasiado generosa con Alfonso Camín, quien fue todo un personaje que no desentonaría en las valleinclanescas «Luces de bohemia», pero que además ocupa un lugar propio entre los poetas más fecundos, plurales y profusos del primer tercio del siglo XX.
El propio Camín nos ha contado su infancia asturiana en el primer tomo de sus memorias, «Entre manzanos», y su iniciación erótica y literaria en tierras cubanas en «Entre palmeras» libro divagador, disparatado e interminable que vale por muchas novelas picarescas.
Cuando Alfonso Camín llegó a La Habana, en 1905, tenía quince años recién cumplidos. Llegaba, como tantos famélicos emigrantes de la época, confiado en la vaga protección de algún pariente y en su buena suerte. Comenzó como empleado en diversos establecimientos comerciales regidos por asturianos para acabar colaborando en el más importante periódico de Cuba, el «Diario de la Marina». En medio quedan muchas peripecias, la más infortunada de las cuales le llevó a la cárcel en 1909, al parecer por su participación en una pelea en la que hubo algún muerto.
En 1915, al regresar a España como corresponsal de un diario cubano, el famélico y casi analfabeto adolescente que la había abandonado diez años antes era ya autor de tres libros de poemas y de incontables artículos. Comienza entonces su toma de contacto con los medios literarios madrileños, que constituirá la materia del tercer e inacabado tomo de sus memorias, «Entre madroños». En Madrid le sorprende la noticia de la muerte de Rubén Darío, y él mismo ha contado la consternación que produjo tal hecho en los jóvenes escritores y el tumultuoso homenaje que le dedicaron. Camín recitó en él la «Marcha triunfal»: «Como cerrasen el Retiro y había más de tres mil personas oyéndonos, la policía de a caballo quiso desalojarnos. La gente gritaba en contra queriendo que siguiese el poema hasta el final. Y no hubo remedio. La policía frenó sus potros y hasta las orejas de los caballos tuvieron que escuchar la música triunfal del poema».
No logró Alfonso Camín hacerse un sitio entre los escritores españoles durante su primera estancia en la Península. En 1917 regresa a Cuba; a los pocos meses, marcha a México. Allí reside durante cuatro años. Cuando vuelve a Madrid, en 1922, traerá, como cuenta Cansinos en sus memorias, «una colección de anécdotas pintorescas y fabulosas, de raptos, desafíos y hazañas de guerrillero mexicano bajo las banderas revolucionarias de Pancho Villa».
Durante los años de la dictadura y la república, Camín participa activamente en la vida literaria española: monologa en las tertulias, publica numerosos libros de poemas, entrevista a los escritores más afamados, interviene en las polémicas de la época (a él se debe una de las más feroces críticas a la antología de Gerardo Diego que consagra a la Generación del 27). La guerra civil lo devolverá de nuevo a México. Pedro Luis de Gálvez, el poeta hampón, nos ha dejado una hermosa semblanza del Camín de esta época, sin duda su mejor época, en la que nos presenta a este «astur viril. En su niñez, cantero», que «rugiente Nalón de sus montañas, / por la Puerta del Sol, bastón al brazo, / cruza llevando al hombro dos Españas».
Camín se sentía español en América y americano en España: «El mar es el único que no nos niega la perfecta ciudadanía. Las olas nos hablan sin reticencias. Nuestra patria es el Atlántico. Los hombres que nos encontramos en este terrible desamparo sentimental debemos fundar la agrupación de Los Atlantes. Comprar un cayo, una isla en el camino de América».
En 1929 Camín funda su propia revista, «Norte», que será su principal medio de vida durante casi cuarenta años, hasta 1967. Fatigado de recorrer mundo, sin más riqueza que la de sus versos, regresa para morir a su natal y nunca olvidado Gijón.
Alfonso Camín fue un superviviente. Sobrevivió al modernismo, a las vanguardias, a la poesía social, a todas las modas y los ismos. Escribió infatigablemente durante más de medio siglo. Se codeó con los grandes y estuvo a punto de ser uno de ellos. No lo consiguió finalmente, castigado por su propia facilidad para el verso.
Fue un personaje que merece, sin duda, una pormenorizada biografía. Pero fue también, no lo olvidemos, un poeta de verdad, aunque algunos quieran reducirle a un aplicado y altisonante versificador.
