LA AMENAZA TERRORISTA

El análisis

Si en primavera estaban acosados por el Ejército argelino, ayer lanzaron un amenazador mensaje. Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) reapareció en escena con un doble atentado terrorista, el más mortífero de los que ha perpetrado la sucursal de Bin Laden en Argelia en lo que va de año. El mensaje implícito es claro y va dirigido tanto al Gobierno argelino como a la comunidad internacional: AQMI es capaz de golpear donde quiera y cuando quiera, y con los medios que juzgue legítimos. Su retorno a escena, tras dos meses de silencio, ha sido atronador para el Ejecutivo del convaleciente Buteflika.

Las bombas hicieron explosión en Ben Aknoun e Hydra, dos barrios residenciales considerados los centros de poder de Argel. En Ben Aknoun, la bomba fue detonada frente al Tribunal Supremo y en el vecino Hydra se encuentran las sedes de prominentes ministerios, como Energía y Finanzas, así como la mayoría de las embajadas y residencias de diplomáticos y de personalidades locales, como es el caso de la española. Se trata, pues, de lugares muy vigilados por los servicios de seguridad argelinos que ya no escapan a los tentáculos de los salafistas.

El norte de Africa -y en concreto Argelia y Marruecos- es hoy por hoy el frente de batalla más activo del yihadismo. Detrás de las siglas AQMI se esconde el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), una realidad de significados más simbólicos para la memoria de Argelia, enfrascada en un círculo de violencia sin fin. Heredero de los años negros de la guerra civil argelina -cuando los islamistas y los militares cometieron las peores salvajadas contra la población civil-, el GSPC se resistía a entrar en el juego del presidente, Abdelaziz Buteflika, como sus pares del Ejército Islámico de Salvación (EIS, brazo armado del FIS) y de los Grupos Islámicos Armados (GIA). La mayoría de los islamistas que habían emprendido el camino de las armas en la década de los 90 vieron una vía de escape cuando en 2005 Buteflika comenzó su política de reconciliación y lanzó una serie de leyes que amnistiaban a islamistas y militares.

Sin embargo, el GSPC continuaba resistiendo en el monte a duras penas, con un puñado de maquis. Su situación se hacía cada vez más insostenible. Fue el pasado año cuando el GSPC sucumbió a la globalización y se hizo una franquicia de Osama bin Laden. Esto supuso para el GSPC un aura de prestigio entre los grupos de la galaxia Al Qaeda. Ambos ganaban en el trueque: el GSPC proporcionaba a la red terrorista internacional beneficiarse de su larga experiencia de lucha armada, algo que pocos grupos pueden ofrecer en la región. La marca Al Qaeda le brindaba a los argelinos un mayor impacto mediático y mayor cotización en el mercado bursátil de los grupos islamistas.

El GSPC centraliza el mercado de reclutamiento de yihadistas en el norte de Africa. Gran número de los jóvenes que van a luchar a Irak con Al Qaeda son entrenados por el GSPC. Según estadísticas oficiales que manejan los expertos argelinos en islamismo consultados por este periódico, entre 10 y 12 jóvenes son arrestados cada mes cuando intentan ir a luchar a Irak, bien en los cibercafés al conectar con las redes o bien en el camino de ida o vuelta.

Los integrantes del GSPC apenas llegan al millar, pero su organización está muy bien estructurada. Su organigrama imita el de una multinacional para ganar efectividad. Sus fuentes de financiación van desde el cobro del impuesto revolucionario, el robo de bancos o las inversiones, hasta los rescates cobrados por los secuestros express y los botines de los falsos controles.

El GSPC no tiene un programa político. Sólo se ocupa del yihad (guerra santa). La dificultad de negociar con los salafistas argelinos radica en que niegan la vía del diálogo, rechazan cualquier tregua y dicen no a la reconciliación planteada por Buteflika. Por otra parte, nadie sabe hasta qué punto el GSPC se identifica con Al Qaeda y en qué medida se subordina a la organización de Bin Laden. El problema que plantea el GSPC es mucho más grave si se pone en el contexto argelino. Revela que la brecha entre el Gobierno y los islamistas es cada vez más grande. El hundimiento en las pasadas elecciones de los islamistas domesticados del Islah y la exclusión virtual del islamismo político que siguen predicando los antiguos ideólogos del FIS y los GIA no presentan un panorama optimista para el país norteafricano.

El GSPC sufría el acoso del Ejército argelino desde la pasada primavera, cuando se inició una ambiciosa ofensiva antiterrorista para descabezar a los radicales islámicos. Decenas de miles de soldados fueron enviados al este del país para enfrentar a las células islamistas refugiadas en la Cabilia, tras huir de su tradicional bastión en el oeste argelino. El hostigamiento de las tropas fue tal que se bombardeaba la zona y se utilizaban a la fuerzas especiales para rastrear las casamatas abandonadas en los montes cabileños. Incluso Argel consiguió descabezar a la organización, matando a algunos cabecillas y desplazando al emir Abdelmalek Drukdel, considerado el Zarqaui del Magreb.

Sin embargo, el GSPC parece ahora revertir su situación de debilidad. Tras atentar contre el presidente Buteflika el pasado septiembre, los salafistas han vuelto a golpear en las mismas narices del régimen. Las bombas de ayer impactaron muy cerca del Tribunal Constitucional, un edificio de arquitectura neomorisca recientemente inaugurado por Buteflika, justo cuando el Gobierno trata de impulsar una reforma constitucional para que el presidente, aunque enfermo desde hace meses, pueda optar a un tercer mandato.

Argelia se hunde de nuevo en su sangrienta historia. La estrategia de reconciliación de Buteflika se está probando inservible cuando no se atajan al tiempo los problemas de corrupción y de falta de cultura democrática en la Administración. Los generales siguen manejando el poder y acumulando riquezas mientras la población soporta la pobreza, el desempleo -que alcanza a un 70% de los jóvenes menores de 30 años- y la falta de expectativas. Albert Camus ya escribió en sus Crónicas argelinas reflexiones que, como ésta, podrían ser válidas hoy: «De grado o por fuerza, volvemos pues a la jungla en la que el único principio es la violencia».

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