11/12/2007 - 11:25 h

La Asociación Cultural Abamia es un ejemplo a seguir por parte de la ciudadanía, cuando la convicción y el sentido común impulsan el comportamiento de personas cultivadas, en el más noble sentido de la palabra cultura, que al final apela a la voluntad de conocimiento, de analizar las cosas de manera personal e independiente, con un uso razonable de los datos, información suficiente y sensibilidad para la belleza, en la que Asturias es tan generosa –y sus instituciones tan brutales con ella-, tal y como hacen los miembros de esta asociación, en una comarca en la que una larga historia de incomprensiones y arbitrariedades por parte de la Administración, se ejemplifica perfectamente en la persecución contra el ciudadano Maximino Blanco del Dago y sus iniciativas culturales, de la que sin duda es un ejemplo llamativo la terrible historia de su Museo de Cerámica y Relojes “Basilio Sobrecueva”.

El brutal atentado estético perpetrado ahora contra la memoria histórica de los vecinos de Corao, Cangas de Onís, la comarca, y Asturias entera, en el caso de Santa Eulalia de Abamia, que se sienten ofendidos por la alucinante falta de sensibilidad que vienen demostrando históricamente las administraciones, en este territorio simbólico de la Asturias más sagrada, viene a demostrar que lo que ha venido sufriendo a lo largo de los años Maximino del Dago, no era fruto de la casualidad, sino el resultado de una manera de entender las cosas por la clase política, que en Asturias hace incompatible la iniciativa particular, la autonomía de la opinión y la voluntad ciudadana, con la realidad práctica del uso y el abuso de lo público, que es propia de auténticos sátrapas.

Todos se llenan la boca de palabras altisonantes cuando hablan de Covadonga, pero los asturianos no nos ponemos de acuerdo para rodear lo que este enclave significa de un mínimo respeto para aquello en lo que todos podemos estar de acuerdo, como es la significación histórica del pasado altomedieval de Asturias y sus vestigios, de los que tantas muestras hay, no ya en el Real Sitio, sino en la propia Cangas de Onís, donde la Iglesia de la Santa Cruz marca la continuidad entre el pasado remoto que simboliza el espectacular dolmen que marca la transición de la vida religiosa prerromana a la espiritualidad cristiana presente por todas partes en aquel territorio, y que en Santa Eulalia tenía su santuario, que ha sido saqueado en toda regla, con la estúpida revisión de los mitos más queridos de los orígenes del Reino Asturiano, los daños causados al impresionante tejo situado a la vera del templo, y la sedicente restauración del mismo, que produce la hilaridad de propios y extraños.

Maximino del Dago había invertido su vida y su fortuna en la creación de la colección de cerámica, relojes y materiales artísticos generalmente vinculados a la zona, pero también con sentido universal, y cometió, entre otras cosas, el error de demostrar a los políticos asturianos que un ciudadano puede crear un gran museo, como el que él solito creó en Muñigu, para ofrecer a los numerosos visitantes de Covadonga un atractivo de gran calidad para la visita de la zona, y sufrió su castigo. Maximino tuvo que acabar cerrando, porque no sólo nadie le ayudaba en su empeño, sino que se vio acosado con todo tipo de actuaciones administrativas y decisiones políticas, encaminadas a hacer imposible su sueño.

La cosa no paró ahí. Del Dago dio con una impresionante colección de originales del artista y anticuario alemán Roberto Frassinelli, y puso en evidencia el ridículo tratamiento dispensado por la Universidad de Oviedo, su departamento de Arte, y el Principado de Asturias, a este personaje del que se ignoraba todo, y su nueva iniciativa, al adquirir la casa de Frassinelli en Corao para trasladarse allí con su sueño truncado de poner en marcha una iniciativa particular dedicada al fomento de la cultura en la sociedad canguesa, se vio nuevamente acogotada por la respuesta cicatera de los gestores de lo público que ignoraron de manera olímpicamente necia su empeño.

Esa era la realidad de la vida cultural de esta zona, cuando se inició el nuevo culebrón creado por la “restauración” de la arrumbada iglesia de Santa Eulalia de Abamia, declarada monumento nacional en 1962, después de un largo siglo de abandono en el que sufrió de todo, desde que a principios del siglo XX dejó de utilizarse como sede para el culto parroquial, pasando por intentos de desmantelarla para llevar su portada a la Iglesia de la Santa Cruz de Cangas, hasta ahora, momento elegido por la Consejería de Cultura del Principado de Asturias para abatirse sobre este templo con un ataque frontal a su simbolismo, poniendo de manera absurda en duda su legendaria vinculación con la fundación de Pelayo para hacer allí su enterramiento y el de su mujer Gaudiosa, utilizando los estudios realizados sobre las inscripciones existentes en la vieja iglesia, y su reciente datación, como argumento de autoridad para privar estúpidamente a los amantes del templo de su leyenda histórica.

Declaro que no entiendo nada. Que lo que aquí sucede no ocurre en ningún otro lugar del planeta, que no hay manera de luchar contra tanta estulticia. ¿En qué molesta a nuestras autoridades la idea, asentada en siglos de tradición, que asocia el origen de Santa Eulalia de Abamia a las decisiones de Don Pelayo? Me resulta desagradable plantearlo así, pero es que no queda otro camino.

¿Acaso es que la figura de Don Pelayo, con sus aspectos míticos y su perfil histórico, asociada a la batalla de Covadonga, debe ser demolida, en honor, por ejemplo, de la estúpida idea de José Luis Rodríguez Zapatero de crear una “Alianza de Civilizaciones”, porque en un rapto megalomaniaco decidió que él había sido llamado a neutralizar el “choque de las civilizaciones” teorizado por el ensayista conservador Samuel Huntington? ¿Es eso? ¿Se trata de eso? ¿Por eso se abate la administración asturiana sobre Santa Eulalia de Abamia con este estúpido instinto desmitificador, que en lo sentimental intenta destruir la leyenda de la fundación pelagiana, y en lo práctico, mancilla la estética del templo, humilla su nobleza y solemnidad, para convertirlo en una parroquia aldeana carente de gracia, nobleza y solemnidad, ocultando a la vista la belleza de la piedra, para dejar en su lugar una carga que la convierte en una vulgar iglesia, en otra iglesia más, sin gracia ni categoría?

Lo que hicieron en en Abamia no es una restauración, sino un atentado contra la dignidad de un edificio, un envilecimiento flagrante de su aspecto, la incomprensible ocultación de la calidad de sus materiales y su acabado, la introducción de prácticas decorativas ajenas a la realidad histórica, porque estos estucados de colores no se corresponden en absoluto con la tradición, ni restauran nada, porque ni Abamia ni ningún templo asturiano tuvo jamás un estucado de color sobre las viejas piedras, y nada tiene que ver este ridículo “decorativismo” con las prácticas tradicionales a la hora de cargar los edificios, que como mucho se revocaban, en ciertos casos, con una mezcla de cal y arena. La teoría de que los templos medievales se pintaban utiliza una verdad a medias para encubrir una gran mentira.

Cierto es que se encalaron interiores ocultando las pinturas en muchos casos, por razones sanitarias relacionadas con la lucha contra plagas y epidemias, y remontándose a los orígenes, en todo caso, se puede rastrear la práctica de pintar la piedra de los interiores con fines decorativos, pero mal se pueden invocar esas intervenciones como referente, pues en el peor de los casos, esos encalados “sanitarios” destruyeron frescos y pinturas de mérito y singular interés.

En el caso de los exteriores, la pintura de piedras y esculturas se corresponde con el origen de muchos templos, pero se trata de una tradición que en la mayoría de los casos, y aplicando el sentido común –que es lo que hay que aplicar- no resulta razonable intentar recuperar, pues en la mayoría de los casos se expolia, se asalta la memoria colectiva y el gusto por conservar las cosas en un sensato justo medio. Los “técnicos” a los que suelen apelar las administraciones cuando se toman estas decisiones absurdas, pintarían el Partenón de Atenas si les dejasen, y además podrían hacerlo con argumentos históricos, ¿pero les dejarían los atenienses hacerlo?, ¿sería razonable?

Los vecinos y los amantes de Abamia llevan ya mucho tiempo pidiendo que el Principado deje de experimentar con este templo, y han conseguido que se les escuche, con un trabajo modélico, del que sin duda hay muestras llamativas en las páginas Web de la Asociación Abamia, impulsada en gran medida por la personalidad de Francisco José Pantín, o en la página de Pachín, que sin duda serían acreedoras, con motivos reales, a esos risibles premios que otorga el Principado y la Fundación CTIC a páginas sin vida propia, creadas a mayor gloria del poder, pero sin relación con la reivindicación ciudadana de la realidad cotidiana en la que se desenvuelve la vida de la gente.

Este trabajo está también realizado desde la prensa, con artículos aislados de gran calidad, como por ejemplo el publicado en La Nueva España por el abogado Juan Casero, que dio una lección de conocimiento, formación y sensibilidad, a tanto pretencioso indocumentado como circula por la administración asturiana.

Ahora ya hay todo un coro ciudadano clamando contra la barbaridad cometida en Corao, y la administración empieza a recular, y anuncia, por ejemplo, que va a retirar la carga en los contrafuertes, mientras que la Asociación Abamia exige que se retroceda en todo lo actuado, salvo en lo que ya es imposible, como en los daños que se hayan podido causar en el impresionante tejo vinculado a la iglesia, cuyas raíces fueron maltratadas con el trabajo de los dumpers y las zanjas que se ejecutaron con una inconcebible falta de prudencia, achacando la responsabilidad de tantas barbaridades a la contrata que ejecuta las obras, como si éstas no tuvieron director, y éste no tuviese a su vez responsables políticos, echándole la culpa como siempre al “currante”.

¿Qué tiene el Principado contra la historia de Asturias, contra su patrimonio, contra las leyendas de Pelayo y Covadonga? ¿Se trata realmente de lo que apuntamos? ¿Es ideología? Si es así, sólo cabe parafrasear al inolvidable Joaquín Manzanares, cuando con su mezcla de sorna y carácter, con la sonrisa del asturiano consciente que sabe "correr la galga", decía ¡qué bárbaro!

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Editorial publicado también en El Blog de Juan Vega