Estamos deslizándonos por una pendiente peligrosa. La crítica a los políticos y a la acción política se ha instalado como un lugar común de conversaciones y tertulias. La política ha dejado de interesar y cuando se habla de ella es para criticar a los políticos, a todos, sin distinciones ni matices. Se ha abierto un abismo entre sociedad y política que parece, casi, insalvable.
Esto es muy peligroso; no es bueno, no nos conviene y, de persistir, acabará perjudicando nuestra convivencia y nuestro bienestar. No existe ningún ejemplo que contradiga esta afirmación. Todos los países que, en algún momento de su historia, han desarrollado y alimentado una crítica sistemática del valor de la política en su sociedad han terminado mal. Todos, absolutamente todos. Sin excepción. Y no han terminado sólo políticamente mal; la política, finalmente, contamina la economía, la convivencia, la cultura, el bienestar.
Se debe reaccionar contra esta tendencia suicida. No basta con excusarse señalando que es al mundo político al que corresponde reaccionar. Esto sólo es parcialmente cierto; también debe reaccionar la propia sociedad. No basta con criticar, es necesario actuar, proponer, reivindicar, tomar partido. Para el sector privado, la acción política es tan decisiva como la propia gestión de su negocio. Por ello, convendrá ayudar a los mejores para que se comprometan con una acción política nuevamente prestigiada.
No es admisible que la normalidad institucional y el bienestar alcanzados se constituyan como elementos desmotivadores de una acción política de calidad. Lo conseguido no puede traducirse en desilusión; por el contrario, se imponen nuevos retos más exigentes que precisan de los mejores esfuerzos para conseguirlos. Lo que no puede aceptarse es el desinterés por la suerte y el futuro de un país que es el nuestro, el único que tenemos.
Los políticos no deben alejarse del sentir de la gente, pero esta no se debe desinteresar por lo que la política representa, ni aun con la excusa de la disconformidad de lo que se esté haciendo. No se trata de volver a protagonismos ya superados; se trata de motivar, estimular, forzar incluso, nuevos actores para un nuevo momento. Será difícil; pero sólo con la crítica no vamos a conseguir nada. Quizá sólo acelerar más descarnadamente el camino hacia el fracaso colectivo.
El futuro no se construye sólo con la crítica del presente ni con la nostalgia del pasado; el futuro es prepararnos para un relevo de calidad. Menos ironía, menos banalización, más compromiso.

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