Con una formalidad oficial exquisita, la democracia rusa de Vladimir Putin designó ayer al primer viceprimer ministro, Dimitri Medvedev, candidato a ocupar el sillón del Kremlin en las próximas elecciones presidenciales del próximo 2 de marzo. La designación de Medvedev, de quien nadie duda que se convertirá en el tercer presidente de la reformulada democracia rusa tras Yeltsin y Putin, viene en teoría a dar la razón de que el sustituto sería una persona a priori fácil de manejar y que hubiera dado muestras de una gran fidelidad. Medvedev, de 42 años, tiene en este sentido una carta de credenciales de notables servicios al presidente ruso, por lo que destaca la idea de continuidad de Putin en el centro de decisión del poder político. Estamos, por tanto, de alguna manera ante un movimiento más formal que profundo, ya que el cuadro político se moverá más bien poco, pues Vladimir Putin no parece manejar un horizonte de pérdida de influencia en las decisiones a corto o medio plazo. Despejado el relevo en el Kremlin, no se vislumbra en el horizonte un cambio en la política desarrollada por Putin y que tiene su columna vertebral en la recuperación del orgullo ruso, una mayor tensión con Occidente y una visualización de que en el nuevo escenario internacional Rusia tiene cartas importantes, como son todas las relacionadas con los nuevos mercados energéticos. En un mundo cambiante como el actual, posicionarse como gran proveedor en materias como el gas, resitúa el peso específico de Rusia y le confiere una fuerza desiquilibradora en conflictos internacionales abiertos o a la hora de abordar asuntos como las relaciones con Irán.
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