LAS DIFÍCILES RELACIONES EN UN ESPACIO CULTURAL CERCANO

Noviembre siempre es un mes propicio para debatir acerca de las relaciones entre una y otra orilla del Mediterráneo. El Proceso de Barcelona, creado para fomentar el encuentro entre los países de la UE y los vecinos del sur y definir un espacio común de paz y seguridad, nació en aquel mes del ya lejano 1995. La recurrencia de la fecha, ya sea un aniversario redondo o no, es siempre buena excusa para revisar el estado del programa que debería acercar a norte y sur.

Eso es lo que ha ocurrido en Barcelona durante el mes pasado. Expertos en varias disciplinas han confluido en distintas citas, en una clara demostración de que el desarrollo político y económico de la zona mediterránea es de interés prioritario para quienes vivimos a orillas de este mar nuestro.

LA PRIMERA constatación -o corroboración, pues ya resultó evidente en la cumbre del décimo aniversario, en el 2005-, es la de que aquel proceso pasa por horas muy bajas. Razones hay muchas, pero una planea por encima de todas y es la preeminencia del debate sobre seguridad y defensa a partir del 11-S, temas sobre los que se centró el seminario organizado por la Fundació Cidob y el Ministerio de Defensa. "La seguridad en el Magreb es clave para la estabilidad mundial", dijo el ministro José Antonio Alonso. Pero la política exterior y de seguridad común de la UE (PESC), que ha dado buenos resultados en distintas partes y momentos, está sometida a grandes tensiones en la región, mientras que el Proceso de Barcelona no ha conseguido disminuir la presión en el espacio mediterráneo, como demuestran la volátil situación en el Líbano y el conflicto entre Israel y Palestina, pese al espejismo de la conferencia de Annápolis.

Democracia y derechos fundamentales casan mal a veces con la promoción de la seguridad y estabilidad. Europa no siempre cumple lo que predica. Ahí está por ejemplo el apoyo al poco democrático Hosni Mubarak en Egipto para frenar a los islamistas, o la participación europea en la deslocalización de la tortura. El dilema ya no se plantea entre democracia o dictadura, sino entre régimen laico o religioso. Y una vez descubierta la necesidad de entablar el diálogo con el islamismo político moderado, hay que evitar el peligro de excluir a una parte de la sociedad, la laica, de la misma forma que hasta ahora se excluía a la islámica.

Las relaciones económicas y comerciales tampoco encuentran un campo bien abonado entre ambas orillas mediterráneas. La brecha en cuanto a la renta entre norte y sur no ha hecho más que crecer. "La dilación se paga", decía Bernardino León, secretario de Estado de Asuntos Exteriores, en un seminario organizado del Institut Europeu de la Mediterrània. El encuentro planteaba el coste que supone para el Magreb su no integración económica y es el de no poder convertirse en un tigre norteafricano.

Sin embargo, las dilaciones en la orilla norte pueden ser también letales. El sector de la energía es el principal vector de cooperación económica entre Europa y el Magreb. Considerando la gran dependencia que tiene la UE del gas procedente de Rusia y su manipulación política por el presidente Putin, y la entrada en escena de nuevos y grandes mercados energéticos como China y en menor medida India, el vicepresidente de la compañía estatal argelina Sonatrach, Chawki Rahal, reivindicaba la fiabilidad de los socios magrebís y reclamaba más proyectos compartidos entre norte y sur, y no solo en el campo energético.

Pocas veces había habido tantos marcos de diálogo y encuentro euromediterráneos. Además del Proceso de Barcelona o Asociación Euromediterránea, está el llamado 5+5 en materia de defensa, el Diálogo Mediterráneo impulsado por la OTAN, la Política Europea de Vecindad y la Política europea de seguridad y defensa (PESD), pero todas estas estructuras han demostrado sus límites.

A ESTA multiplicidad de foros se sumará la Unión Mediterránea lanzada por el presidente francés Nicolas Sarkozy asociándola en el imaginario de unos y otros al proyecto de Jean Monnet y Robert Schuman, cuando en la posguerra europea crearon la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA), que alumbraría después lo que hoy es la UE.

La gran virtud de la propuesta francesa, que reconoce la poca eficacia de las políticas y estructuras existentes en la actualidad, es la de haber relanzado el debate sobre el Mediterráneo en este momento de falta de impulso político. "Ha sido un revulsivo para reflexionar", señalaba el profesor Martín Ortega. Y añadía: "Es un tiempo de arquitectos, de repensar las estructuras". A falta de conocer los detalles de la propuesta francesa, la idea ha tenido una buena acogida, aunque con matices. Ciertamente, no se pueden construir vínculos mediterráneos sin Francia, pero sería un grave error que España, con relaciones en la región tan o mas fuertes que el vecino del norte, cediera todo liderazgo y renunciara a la experiencia acumulada.

También sería un error, como señalaba Raimon Obiols en la Fundació Ramon Campalans, olvidar la máxima de Jacques Delors que abogaba por "simplificación, simplificación, simplificación", y crear otra estructura de recorrido corto y/o ineficaz.

Rosa Massagué. Periodista.