EL RUNRÚN
Hace tres años, la escritora austriaca Elfriede Jelinek declinó viajar a Estocolmo para recoger el premio Nobel de Literatura. Quedó claro que odiaba los actos sociales como la ceremonia de los Nobel, lo cual resulta harto comprensible, pero alegó padecer una enfermedad de reciente diagnóstico: fobia social. La naturaleza de tal afección no le impidió recibir el premio (y el cheque de diez millones de coronas suecas) en la estricta intimidad, ante un par de cámaras, en la residencia vienesa de la embajadora sueca en Austria, Gabriella Lindholm. Hasta allí fueron, en diciembre del 2004, el secretario de la Academia Sueca, Horace Engdahl, y el presidente del Comité Nobel, Kjell Espmark. Cenaron con la díscola Jelinek, pagaron religiosamente la herencia de tío Alfred y se fueron. Hubo un debate sobre los límites entre la descortesía y la patología alegada por la escritora para recibir el premio casi por DHL. De cara al exterior, Jelinek se limitó a enviar un mensaje (bastante vago, en todos los sentidos) por pantalla interpuesta y al final todo se trató con mucho tacto.
Décadas atrás, Jean-Paul Sartre había rechazado el Nobel (tanto el honor como la cuantía) "porque interfería en la responsabilidad del escritor con sus lectores". El caso de Jelinek era sustancialmente distinto, y no es necesario insistir en la naturaleza de esa sustancia. Hubo quien especuló sobre la posibilidad de que el desplante (o la fobia social alegada) hubiese provenido de cualquiera de los otros ámbitos nobelables. Pocos fueron capaces de imaginar a un galardonado con el Nobel de Física, Química, Medicina, Economía o Paz quedándose en casa por no comparecer ante más de diez personas a la vez, una de las definiciones que circularon sobre el grado de fobia social que tenía Jelinek. Recuerdo haber sentido una fobia repentina contra el (respetable) colectivo de sociofóbicos, con Jelinek a la cabeza, así que escribí un artículo pidiendo que la paciente austriaca fuera el principal reclamo televisivo de una Gran Marató contra la Fòbia Social que congregara multitudes. No me han hecho caso, y admito que lo del corazón es más urgente, como demuestra James Stewart desde su convalecencia en La ventana indiscreta.No desisto. Si hay quien pide telemaratones contra las costras nacionalistas, ¿por qué no contra las fobias sociales? Tiempo al tiempo.
De momento, el efecto Jelinek ya se ha hecho notar en la historia más reciente del premio Nobel de Literatura. No me atrevería a hablar de una maldición, pero la ausencia de la pluma premiada en la ceremonia de entrega de los Nobel ya empieza a ser recurrente. De los tres galardonados que ya han sucedido a Jelinek, sólo el turco Orhan Pamuk pudo asistir en el 2006 a la ceremonia de entrega en Estocolmo. En el 2005, el gran dramaturgo británico Harold Pinter envió un mensaje filmado por motivos de salud, y su editor, Stephen Page, lo reemplazó en la ceremonia. A sus 75 años, y tras tres de lucha quimioterapéutica contra un violento cáncer de esófago, Pinter no estaba en condiciones de aguantar el acto con dignidad. Tampoco este año la flamante Nobel de literatura 2007 Doris Lessing ha podido asistir a la ceremonia, a pesar de desearlo con fervor. En su caso, los problemas de salud no son tan apremiantes como los de Pinter, pero una afección de espalda, unida a sus 88 años recién cumplidos, desaconsejaban su presencia en Estocolmo. Hasta hoy, la literatura catalana había vivido con frustración no haber obtenido ningún Nobel. Ya no. La verdad, es un descanso constatar los efectos tan perniciosos para la salud que provoca el síndrome de Estocolmo.
MariusSerra@verbalia.com

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