El solapamiento creciente de las ideologías, y el abandono de las identidades, convierte la política en un desconcertante jardín de paradojas, con sus monumentos al medro personal, eso sí, y a la consolidación del poder sin que importen los medios. Y, en medio de tan orquestado aquelarre, don Mariano Rajoy asume el gran papel de padre de los pobres con sus promesas de bajar los impuestos a las rentas precarias, mientras que don José Luís Rodríguez Zapatero alivia de su carga a los enormes, a los insoportables, a los patrimonios pesados.

No puedo dirimir el alcance, con criterio hacendístico, de estas dos decisiones. Pero sí que aseguran la perplejidad del desorientado elector que se acoja al abrigo de una cierta coherencia. Es evidente que el PP tiene que crecer por el centro, moderar sus extremos y pagar, de aquí a marzo, unas vacaciones tranquilas a Acebes y Zaplana en algún balneario.

¿Ha de pescar el PSOE del mismo caladero? Coinciden los expertos en que el PSOE tendría que meter dinamismo a la izquierda, una izquierda volátil, para alcanzar el triunfo. Pero, se percibe, en los últimos tiempos, que a Zapatero le asesoran otros expertos y miñones contrarios.

La verdad es que Zapatero es muy suyo. Muy suyo es ese impulso, de una vastedad cósmica, como bebido de las grandes encíclicas, que le lleva a apostar por el Cambio Climático, por la Alianza de Civilizaciones, por los Catorce Apóstoles de la Sabiduría, por lo no mensurable. Mientras que, de otro lado, en las cosas concretas, resulta imprevisible. También sus asesores. Abre una guerra sorda con el imperio Prisa cuando necesita su apoyo. Intenta sacudirse ese olor azufrado que, desde el 2004, le atribuye el PP, pero que seduce a la izquierda, incluso a la volátil, a la más perezosa. Tiene una buena estrella, pero las estrellas se extinguen, como saben muy bien astrólogos y magos.

La confusión, en la clase política, resulta abrumadora, y a veces infinita. Ahí tienen a Bono, un peón al servicio del jefe, como él se denomina. Modestamente renunció a ser alcalde en Madrid, porque descubrió la familia. Sobre todo soñaba con ponerse pantuflas y jugar al parchís. Pero, la amistad obliga mucho y cuando José Luís dice ven ha de dejarlo todo. Es probable que, ahora, muy a regañadientes, vaya a presidir el Congreso, añadiendo su “ejque” a los zetazeos del líder, para enriquecer el idioma.

También tiende a orbitar en la misma galaxia nuestro añorado Rato. En una circunstancia donde los consensos no abundan, el PP y el PSOE sellaron un acuerdo para mandarle a Washington, a contar las monedas. Y allí se le produjo un raro enmadramiento, le invadió la saudade, una migraña negra por ver a la familia y nos dejó en ridículo con el abandono del cargo. Y ahora, todo llega, se cumple su deseo profundo; llevar a los niños al cole, tomar un cafelito y luego, ya sin prisa, coger el avión y tirar para Londres. Porque, en los altos cargos, no importa llegar tarde.

Por cierto. Oiga, Marín, ¿y usted de que se queja? Que los culiparlantes de las listas cerradas se comportan de manera simiesca, ya debía saberlo. Que hacerse el caballero en el interior de un partido no tiene porvenir, también es evidente. Métase en la cabeza que vivimos en una democracia que destila muy poca aristocracia y una cantidad limitada de auténticos demócratas. Vivirá usted feliz.