Decíamos ayer y el otro que España tal y cual. Prosigamos con Catalunya, también atascada en su gloria y servidumbre. Recordando que aquel melifluo Luis Mariano gorgorizaba: "¡La primavera ha venido, / y yo sé por qué ha sido!". Mientras, Antonio Machado, con cierto misterio, versificó: "La primavera ha venido, / y yo no sé por qué ha sido". Es como la reciente manifestación, o sea, que quienes menos precisan su dimensión son los que más parlotean.

Pero, en fin, celebrada ha sido, y por lo que se ve también ya figura en la venerada hornacina de nuestras muchas efusiones públicas, aunque el Estatut, el terrorismo, la guerra de Iraq y compañía hayan seguido su curso fatal, ajenos al catalán emocionado, no sólo emprenyat. Con algunas incongruencias, como que aquel "Estatut d´Autonomia" que aclamábamos años ha es el que ahora rechazamos.

Y más lío cuando se va destapando, con cierta calma, la considerable responsabilidad que ha tenido la sucesiva Generalitat en la catástrofe de los apagones, los trenes de cercanías y el retraso del AVE. Aunque, claro, mejor que sólo culpemos a "España", hay que cuidar la autoestima psicológica. Aunque el subconsciente resuelve a veces agriado las trampas del consciente: ¿cuánto cabreo inexplicado, pero hondo, no proviene de esa ambigüedad? Sin querer por ello dar a Madrid ninguna patente de virginidad, se trata de una sobreestructura que, ayer como hoy, sólo ha sido capaz de medrar cerrando una posible España abierta y plural. Mientras, las épocas grandes de Barcelona han obedecido a su propio esfuerzo.

Como el empuje turístico mallorquín - aunque desbordado-, con sus varias magníficas empresas familiares, es un fruto propio, pues del Estado sólo hemos recibido el ordeno y mando, la fiscalidad incluida. Y que habiéndonos provincianizado, nos tacha de provincianos, mientras su desembarco económico e influyente está triunfando en el archipiélago. Y sus encopetados protagonistas nos escrutan a cara de perro si en su presencia osamos hablar "mallorquín". Ala vez que nos incitan a rebelarnos contra el catalán cuando escribimos con la normativa canónica. Pero les parece bien que en Andalucía hablen ceceando y escriban en castellano.

Pero sigamos sin olvidar a Catalunya, cuyos focos de energía urbana, sobre todo Barcelona, ya sólo se acuerdan de las que llaman las Illes para veranear en ellas o exhibirlas como exótico coleteo del cartel nacionalista. Así, cuanto ocurre en Palma, y no digamos en un pueblo, aunque cultural o económicamente tenga una envidiable envergadura, no cuenta en la alta contabilidad social ni en el ámbito mediático de Barcelona. El de aquí es un catalanismo de tomar, no de dar. Una abdicación de la función capitalina, que había existido. Una degradada similitud madrileña, vamos. Pero si el PP isleño ensaya alguna barrabasada o burbujea allí una u otra corrupción, las Illes son notición catalán.