CANELA FINA

El topo diplomático que, desde hace años, me filtra informaciones exclusivas del Ministerio de Asuntos Exteriores me ha proporcionado una copia secreta del documento en el que Moratinos exponía al Gobierno venezolano el posible encuentro entre el caudillo Chávez y el Príncipe de Asturias.

Nuestro ministerio había fijado como lugar para «la audiencia concedida por el Jefe del Estado de la República Bolivariana de Venezuela al Príncipe de Asturias, Don Felipe de Borbón y Grecia», la célebre plaza de Mayo. A un lado, en un estrado especial cubierto de alfombra roja, se instalaría un sillón mayestático para que en él asentara sus presidenciales posaderas Hugo Chávez. Enfrente, a veinte metros, en una silla de anea, se acomodaría el Príncipe.

El acto propiamente dicho se iniciaría a un toque de corneta soplada por Hebe de Bonafini, presidenta de las madres de la plaza de Mayo. El Príncipe se levantaría entonces, haría una respetuosa inclinación de cabeza y luego se arrodillaría ante el caudillo Chávez como muestra de acatamiento y sumisión. A continuación avanzaría de rodillas hacia el mandatario. Al llegar a tres metros del sillón mayestático, el Príncipe de Asturias permanecería de hinojos y pediría perdón al caudillo venezolano por las atrocidades cometidas durante tres siglos por los españoles, a lo largo y lo ancho de toda América. Además dedicaría unas palabras de elogio a la elegancia de la guayabera roja de Chávez y a sus zapatos de rejilla.

Según el documento de Moratinos, el caudillo venezolano demostrando su magnimidad haría un gesto para que el Príncipe se levantara. Entonces Don Felipe se aproximaría al sillón mayestático para disfrutar del placer bolivariano de contemplar de cerca al César de Venezuela. Después, embargado sin duda por la emoción, le entregaría una carta del Rey de España implorando el perdón de Chávez, con el juramento añadido de que nunca más cometería la desfachatez de ordenarle que se calle. A continuación, el caudillo Chávez pronunciaría un breve discurso de tres horas de duración que el Príncipe escucharía respetuosamente de pie.

Para dar autenticidad al gesto de la Monarquía genuflexa, el ministro Moratinos pretendía que flanquearan al Príncipe, a izquierda y a derecha, Luis María Anson y Alfonso Ussía. Para convencer a Anson, Moratinos encargó a Leire Pajín la gestión, lo cual demuestra su sagacidad. La propuesta para que Ussía aceptara flanquear al Príncipe de hinojos ante Chávez se la encargó el ministro Moratinos al obispo Setién, por el que el columnista siente una vieja y permanente admiración. La aceptación de Ussía parecía muy probable, sobre todo al enterarse de que el toque de corneta lo efectuaría la esbelta y elegante Hebe de Bonafini, ante la cual se le cae la baba al escritor español.

El documento de Moratinos que me ha filtrado mi topo en Exteriores concluye asegurando que, con esta operación tan hábil, se aplacarían las iras de Chávez y se descongelarían las relaciones, salvo la protección que el caudillo presta a los etarras en su país refugiados. Moratinos siempre ha considerado deleznable mantener relaciones estrechas con Estados Unidos e Inglaterra y cree que la política internacional girará en el futuro en torno al eje Castro-Chávez-Evo, por lo que pugna para que se conceda a España el alto honor de incorporarse a él sobre todo si nuestra nación va de la mano de ese líder admirable, respetuoso de los derechos humanos y adalid de la igualdad de la mujer, que es Ahmadineyad de Irán.

Lástima que María Teresa Fernández de la Vega, rectora máxima desde hace unas semanas de nuestra política internacional, no haya sido capaz de comprender la sagacidad y la altura del plan Moratinos y lo haya tórpidamente desbaratado, con lo que ayer en Buenos Aires ocurrió lo que era lógico que ocurriera.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española

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