Casi no hay país donde no hayan aumentado las desigualdades. Los gobiernos deben entender que mantener las inequidades es arrasar con los destinos de los individuos.

Si tenemos en cuenta que la madre de todas las batallas sociales es el combate contra las desigualdades, nuestra derrota colectiva en esta lucha resume todas las otras. La última entrega de las Perspectivas de la economía mundial del FMI establece que el aumento de las desigualdades intra-nacionales, cualquiera que sea el nivel de desarrollo de los países del mundo, fue en estas últimas décadas un fenómeno universal, salvo raras excepciones.

Las causas se conocen desde hace tiempo: la globalización comercial, la globalización financiera y el progreso técnico. Como si fuera posible distinguir entre las tres, cuando en realidad se alimentan unas a otras. ¿No es acaso la baja del costo de todos los transportes, empezando por el de las informaciones, la que fue y sigue siendo el motor esencial de la globalización? ¿Qué otra cosa es un progreso técnico?

Pero hay que conocer las consecuencias del aumento casi universal de las desigualdades. En un mundo a-histórico, donde la diversidad de las condiciones iniciales de los individuos no conlleva ningún efecto, donde el pasado no determina ni el presente ni el porvenir, las desigualdades son un potente motor del progreso económico y social. Es el mundo perfecto de la teoría de los mercados donde las desigualdades del presente no impiden la igualdad de los destinos.

Supongamos, por ejemplo, que los asalariados universitarios de la enseñanza superior reciben un ingreso diez veces más alto que el de los universitarios de la enseñanza secundaria. La dinámica de la asignación de recursos e incentivos hará que el número de jóvenes que siguen estudios más allá del nivel preuniversitario no deje de aumentar, para mayor beneficios de ellos y del país. El mismo razonamiento puede reproducirse en cuanto a las desigualdades de salarios entre sectores de actividad, que crean una dinámica de reasignación eficaz del trabajo en beneficio de la expansión económica y en detrimento de las industrias en disminución. Evidentemente, semejantes dinámicas virtuosas no existirían si los salarios fueran iguales entre los sectores o si los universitarios no estuvieran marginalmente mejor pagos que los demás. En ese mundo, la globalización y/o el progreso técnico harían crecer sin duda las desigualdades.

El tipo de progreso técnico que conocemos hoy no es neutro en la medida que aumenta la demanda de trabajo calificado y a la vez la pérdida del interés por el trabajo no calificado. Pero el aumento de las desigualdades que resulta de esto sería fecundo si incitara realmente a los jóvenes a seguir estudios superiores (aun endeudándose) y a los menos jóvenes a incrementar sus capacidades mediante la formación permanente.

Pero volvamos a nuestro mundo tal como es, donde existen trabas a la educación, a la formación y a la dedicación personal, en razón sobre todo del racionamiento del crédito. El pasado y las condiciones iniciales de cada uno recuperan entonces toda su importancia. La movilidad social se ve frenada por lo inconmensurable del capital social, cultural, financiero y patrimonial que heredan los individuos. Las oportunidades que crean las nuevas desigualdades pueden entonces ser aprovechadas por los que gozan de condiciones ya favorables.

El mejor funcionamiento de los mercados financieros, su "profundización", como dicen, favorece a aquellos cuya riqueza ya es suficiente, aumentando así artificialmente las desigualdades.

Varios estudios han demostrado que en la parte inferior de la escala de ingresos, el no-empleo es mucho más importante y la duración del trabajo mucho más baja que para los ingresos más altos. Cuando la esperanza de movilidad social es vana, el gusto del trabajo se torna amargo. Si en varios países europeos los padres temen que sus hijos tengan un destino menos envidiable que el suyo, es porque han analizado sus expectativas de progreso social según una tendencia descendente.

Un síntoma de esta evolución hacia "un horizonte de poca esperanza" es ilustrado por el debate actual sobre la medición del poder adquisitivo. El índice de precios, que por definición es un promedio, aparentemente refleja la evolución del poder adquisitivo, sobre todo de las poblaciones más desfavorecidas. Lo que convendría es crear una pluralidad de éstas para reflejar mejor su evolución por categoría. ¿Por qué no? Pero si el problema se plantea actualmente en esos términos, es porque se supone implícitamente que el paso de una categoría a otra es cada vez más difícil y, sobre todo, que la probabilidad de un incremento del poder adquisitivo por aumento de los ingresos y los salarios es cada vez más escasa.

Dentro del contexto de una sociedad bloqueada, el crecimiento de las desigualdades pierde entonces lo esencial de su justificación, ya que no es más el motor de la movilidad social ascendente. Además, va mucho más allá de lo que implicarían la globalización y el progreso técnico, precisamente porque limita los beneficios y las oportunidades de éstos a una pequeña fracción de la población. De lo que podría derivar una distancia, un abismo tan grande entre categorías sociales que la sociedad se volvería más dinámica todavía, más fragmentada todavía.

Sería el último en quejarme del discurso recurrente, consensual, a favor de la inversión en la educación y sobre todo en la enseñanza superior y la investigación. El consenso se origina en que esa inversión sería altamente favorable para el crecimiento. De eso estoy menos seguro, salvo que fuera acompañada de las medidas necesarias para volver a poner en marcha la movilidad social ascendente, o sea una dinámica de progreso social. En ese caso, su mayor beneficio sería la promesa de una igualdad de destino.

Jean Paul Fitoussi. ECONOMISTA, INSTITUTO DE ESTUDIOS POLITICOS (PARIS)

Copyright Clarín y Le Monde, 2007. Traducción de Cristina Sardoy.

http://www.clarin.com/diario/2007/12/10/opinion/o-02501.htm

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