Las elecciones generales del 9 de marzo se decidirán en tres frentes: en Cataluña, en Andalucía y, sobre todo, se jugarán en el terreno de la abstención. A tenor de los resultados registrados en los nueve comicios generales celebrados en España desde la recuperación del sistema democrático, si el Partido Socialista no logra que entre el 73% y el 74% de los votantes acudan a las urnas, es muy probable que José Luis Rodríguez Zapatero tenga que dejar la Moncloa, Pero si, por el contrario, el presidente del Gobierno consigue ese nivel de participación, y siempre que Izquierda Unida no supere el 4% de apoyos electorales, es muy probable que pueda volver a formar Gobierno, aunque difícilmente con mayoría absoluta.

Una lectura detallada de lo que ha sucedido desde 1977 da a entender que el PSOE ha obtenido siempre sus mejores resultados cuando la participación ha sido mayor, salvo en los periodos en los que disfrutó de una posición hegemónica, como sucedió durante la década de los años 80. En 1982, el PSOE logró su mejores resultados electorales con una participación del 79,97%, la más alta de la democracia. En 1993 –cuando Felipe González logró una victoria contra pronóstico- el nivel de presencia en las urnas alcanzó el 76,44%, por encima de la media histórica-, mientras que en 2004 la participación fue del 75,66%, lo que explica el vuelco electoral que se dio aquel 14 de marzo.

Gracias a esa elevada participación de la izquierda en las elecciones puede entenderse que el Partido Popular pasara en solo una legislatura de sacar 10,3 puntos porcentuales al PSOE a perder por cinco puntos en 2004, cuando acudieron a las urnas casi 2,4 millones de electorales más de los que lo hicieron cuatro años antes. La inmensa mayoría de esos nuevos votantes –desde luego por encima del 80%- votaron a las listas socialistas, lo que explica el triunfo electoral del PSOE.

Este aumento de la participación fue, precisamente, más evidente en las tres comunidades en las que se decide mayor número de diputados: Andalucía, Cataluña y Madrid. Los casos más representativos son los dos primeros. En el año 2000 –con el segundo nivel de participación más bajo de la democracia (un 68,71%)- el PSOE sacó dos escaños más que el PP en Andalucía, pero es que cuatro años más tarde la distancia se había ampliado a 15 diputados. Entre una y otra votación, el nivel de participación pasó del 68,7% al 74,7%.

Algo parecido sucedió en el caso de Cataluña, donde la distancia entre el PSOE y el PP en el año 2000 fue de tan sólo cinco escaños. En 2004, por el contrario, esa diferencia se ensanchó hasta los 15 diputados (21 contra 6), lo que sin duda contribuyó a la debacle conservadora. Ni que decir tiene que en el caso catalán los resultados hay que vincularlos, igualmente, y de forma directa con la menor abstención. O dicho en otros términos, con la mayor presencia de votantes en las urnas. Si en 2000 únicamente el 64,01% de los catalanes con derecho a voto acudieron a los colegios electorales, en 2004 ese porcentaje se elevó hasta el 75,96%, lo que significa un aumento de casi doce puntos porcentuales, cuando en el conjunto del Estado el crecimiento fue de casi siete puntos. El alto nivel de crispación política en Cataluña contra el Gobierno de José María Aznar (que por entonces lanzó una campaña contra los nacionalismos) está sin lugar a dudas detrás del aumento de la participación política en una comunidad autónoma que históricamente tiene un elevado grado de abstención.

Movilización estratégica

En la Comunidad de Madrid ocurrió algo parecido, aunque con menor intensidad. El PP sacó en 2000 siete diputados más que el PSOE, pero en 2004 esa distancia se redujo a únicamente un escaño. Lo mismo sucedió en Castilla y León (de 11 diputados de diferencia se pasó a sólo 5), mientras que en la Comunidad Valenciana la distancia se redujo de siete a tres escaños.

Contando únicamente los resultados de Cataluña y Andalucía la alta participación explica que nada menos que 23 actas de diputado cambiaran de mano (a favor del PSOE) lo que fundamentó sus resultados electorales. Si el Partido Socialista es capaz de revalidar ese clima político contra el PP (también en Madrid) Zapatero seguirá en la Moncloa. De lo contrario, si no se reedita esa movilización estratégica, es muy probable que Rajoy llegue a ser presidente del Gobierno.