12 de diciembre, miércoles, vigésimo quinto aniversario de la muerte de Alfonso Camín, el «neñu» de la Peñuca, nacido en humilde casa jornalera levantada sobre la «villana, rebelde, dura y arisca» tierra de Roces, un, también, 12 agosto de 1890, cuando el Gijón «bien», de «apagador», casino, industria, comercio y navegación, que era despóticamente «tratado» desde su «muselismo» por el alcalde don Antonino Rodríguez San Pedro, contribuía con la aportación de cinco céntimos por persona a sufragar la multa impuesta por el edil a un periodista local díscolo y rebelde; en el Gijón, que con los soles del buen agosto reventaba, además de por sus justas iras contra San Pedro, con la presencia de mil forasteros, que ocupaban «cafés, balnearios y teatros»; «veraneantes», decía la prensa, «que recorren las aldeas en coches de alquiler más o menos lujosos y ocupan en hoteles y pensiones cómodas y elegantes habitaciones gastando su dinero en proporcionarse bienestar y expansión»; bullicio y negocio -sin que le falte fornicio- con los que la villa «iluminada», se recobraba de los miedos padecidos durante la epidemia de la «grippe, trancazo o influenza», que había segado la vida centenares de gijoneses, entre otros notables, y sólo en el primer mes del año, las ejemplares de don Alfredo Truán, don Carlos Morán Labandera y la piadosa del reverendo Ormiers, general de la Congregación de las Hermanas del Santo Ángel, que fallecía en el propio colegio, que ahora celebra sus aniversarios...
Alfonso Camín, nacido en «casuca pobre con división para dos familias, una sola aguada y una senda estrecha», fue uno de los 1.579 «neovecinos» que en 1890, fueron bautizados y contabilizados en los correspondientes registros; los más, para ser mano de obra en la industria y en la cantera, y carne de cañón para África y el treinta y seis; que los de ciencia, jurisprudencia, negocio y posición y ventana a Corrida en el club de las mareas nacen en dichosa minoría; registros civiles y parroquiales, en los que, aquel mismo año, hubo que dar baja a 1.574 nombres por causa de la epidemia y otras mil enfermedades.
Hasta los 15 años, permaneció el mozo en su Gijón primero; y con el material de sus recuerdos, nos dejó unas memorias maduras y tiernas, hermosas y poéticas que, al mismo tiempo, recogen, con sentido detalle, las mil amarguras y privaciones de los hombres y los niños jornaleros; los nombres de casas y caserías, de vecinos y caminos; no faltando los de las escuelas que frecuentó, ni los de sus maestros.
Páginas añorantes y emocionadas, donde se reflejan, con los dolores de la miseria y el entierro a hombros del padre de su hermano, las alegrías de bailes y cortejos, con las emociones de romerías y desafíos a piedra y palo... No falta en «Entre manzanos», ni el amor al buen «Muley», compañero fiel de sus fatigas, ni en la romería de la parroquia, la sombra negra del cura «antiguo» de Granda, que terminó sus días colgado (por Fuenteovejuna) de un pomar, porque... dice el poeta «rozaba (a las mozas) más que rezaba (el rosario)».
Quizá sean las de Camín, por viveza, extensión y dramatismo, las mejores páginas escritas sobre el descubrimiento del mundo de los «dolores» proletarios, desde Gijón y sus parroquias, «jornaleras» y labriegas, canteras, caleros, maizales, cuadras y pumaradas...; a Julián Ayesta debe Gijón otras páginas, más breves pero no menos hermosas ni intensas, sobre el descubrimiento del mundo de «goces» burgueses, desde el Gijón acomodado y su parroquia de Somió, tan distinta de las parroquias «caleras».
Camín pintó en papel y con palabras, lo que Medina, Piñole y Valle pintaron con recios pinceles; como Ayesta, describió escenas de goce y playa en verano feliz, que ya anunciara en sus lienzos Martínez Abades. Las dos caras del Gijón eterno, que ningún otro escritor ha alcanzado.
En portentoso ejercicio de sensibilidad y memoria, Alfonso Camín, maduro, revive en «Entre manzanos», el Gijón de entre siglos, extendida la villa en un gran fresco que abarca de la mar a San Martín y Cabueñes a Veriña; fresco que debería ser de lectura obligada en nuestras escuelas, para que nadie olvide y todos sepan de dónde venimos y cuáles fueron nuestros caminos, cómodos para unos, «carreteros» para otros, por ver si de una vez, asumiendo el «quiénes» éramos y de dónde venimos, marcamos el necesario «adónde demonios vamos», cuya falta penamos.
Camín, poeta en prosa; Camín, poeta en verso; Camín, autodidacta, haciéndose hombre, «de palo y de cortejo» en el camín, como su apellido manda, «Como le debe la muela/ mucho al agua del molino,/ poco le debo a la escuela,/ mucho le debo al camino».
La obra poética de Camín, dispersa entre las piedras y los altibajos de su camino vital, tantas veces tormentoso, bien merece una antología, que separe la flor de la espina. Creo que doña Elena de Lorenzo y don Álvaro Ruiz de la Peña deben este esfuerzo al gran poeta de Asturias...
En 1930, cuando terminaba una época en la historia de nuestro país, todavía reino, Alfonso Camín, a sus cuarenta años, encontraba en aquel final de sendero el mismo símbolo de libertad que, en 1857 y en plena juventud de su vida, había encontrado, en Cangas de Onís, el canario don Nicolás Estévanez Murphy, militar de profesión, republicano por convicción y poeta de mérito cierto. Símbolo de libertad, que no era otro que el erguido y fiero «Oso Pardo que mató al Rey Favila».
Si en pleno siglo XIX, Estévanez y sus compañeros de guarnición en las tierras del «re Pelao», cantaban en versos libres, y saludaban, «descubriéndose», la hazaña del oso regicida, Alfonso Camín dedicó al plantígrado un «Elogio», bravo, precursor y amenazante, a lo León Felipe.
En la figura del Oso, cantó Camín la revolución liberadora de los pueblos; el ser íntegro del hombre entero, «no bailaste al compás del pandero»... Y el poeta republicano, erguido y fiero como el Oso mismo, terminaba su «Elogio» al horizonte nuevo afirmando, en aquel punto final de la dictadura, henchido del orgullo del ciudadano, soberano y libre:
«Yo diré, cuando algún ciudadano saber quiera mi nombre y mi pila: ¡Soy hermano mellizo del Oso que en el monte mató al rey Favila!». «Mesa, pan y salud, compañero», le deseó el poeta al Oso... ¡Ojalá tu ejemplo, liberador y republicano cunda!
¡Lástima, que en el Sucu, que pronto será jardín y colina renovada y verde, la municipalidad no tenga panteón para recoger las cenizas de los gijoneses ilustres. Allí, sobre Gijón y su calle, tendrían su lugar natural las de don Alfonso Camín, el hermano mellizo y rebelde del Oso que en el monte mató al rey Favila.

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