El mejor ejemplo de lo que ocurre en Galicia es la ría de Arousa, sobre la que se está actuando con enorme intensidad y alto coste en dos líneas contradictorias. Para proteger su territorio, sus paisajes, sus dunas y sus islas, se restringen la construcción y los usos lúdicos e industriales del litoral. Y para animar y multiplicar su boyante economía pesquera, industrial y turística, se están construyendo dos grandes y costosas autovías, la de O Salnés y la de Barbanza, que deben dar como resultado la generación de una gran conurbación, la tercera de Galicia, con su vértice natural en Compostela.
Ambas alternativas estratégicas son posibles, racionales y sostenibles. Pero lo que no es viable es que se realicen las dos al mismo tiempo, y que el potencial de concentración que se crea con unos recursos extraordinarios se ahogue después mediante un ecologismo acomplejado que es incapaz de definir los modelos y las áreas de crecimiento. El problema de Galicia, igual que el de Arousa, no está en la ausencia de buenas ideas y de una firme voluntad para llevarlas a cabo, sino en el hecho, cada vez más grave y más frecuente, de que todo se planifica en contextos territoriales insuficientes y aislados, sin que nadie pueda evitar la extraña sensación de que una suma de intervenciones muy loables, y recibidas con alborozo, den como resultado el caos.
Frente a la presión de corto alcance, que reivindica un paraíso terrenal en cada parroquia y un puesto de trabajo en cada caserío, los proyectos estratégicos andan huérfanos y de la ceca a la meca, entre una población que no los entiende y un Gobierno que no sabe distinguir el interés de un colectivo del interés general. Y frente a las comisiones de afectados y abaixofirmantes , que confunden el hecho de administrar con la costosa generación de utopías ubicuas, los grandes proyectos empresariales empiezan a rendirse ante la evidencia de que ni el tiempo ni las ideas cotizan como deben en la bolsa de San Caetano.
Los valores alternativos -ecologismo, territorio, creación de empresas, nuevas comunicaciones, suministros e infraestructuras en general- se fagocitan unos a otros, de manera inexorable, ante la atónita mirada de los que demandamos una salida general y coherente que tenga por base y horizonte la realidad de Galicia. Y mientras en La Habana se celebra el centenario de Os pinos , nuestro himno oficial, la práctica cotidiana continúa vibrando de emoción ante el canto que mejor simboliza -«Viva a Cruña, viva Lugo, viva Ourense e Pontevedra»- el hacer político de nuestra tierra. Porque también en política es posible, parafraseando a Groucho Marx, ir de éxito en éxito hasta el rotundo fracaso.

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