Quedan tres meses..., de Joana Ortega en El Mundo de Cataluña
LA PROXIMIDAD DE LAS GENERALES PRESAGIA UN TRIMESTRE DE MOVIMIENTOS EXTRAÑOS, EN EL QUE ZAPATERO PROMETERA COMO CANDIDATO LO QUE NO HA HECHO COMO PRESIDENTE Y RAJOY ABRAZARA EL CENTRISMO
Quedan tres meses para la cita electoral de marzo y, más que nunca, podemos hacer dos consideraciones: por un lado, el dilema que se plantea entre Rodríguez Zapatero y Rajoy resulta pobre y decepcionante, sobre todo si se considera desde Cataluña y en atención a las demandas sociales de los ciudadanos y ciudadanas catalanes; y, por otro lado, es conveniente que Convergència i Unió, encabezada nuevamente por Josep A. Duran i Lleida, tenga unos resultados que le permitan incidir efectivamente en la política española, muy necesitada de las dosis de moderación, de serenidad y de estabilidad que la federación nacionalista ha sabido conferir tradicionalmente a la política española.
Será un trimestre duro, en el cual presenciaremos movimientos extraños, aunque no por ello previsibles. Así, tendremos un Rodríguez Zapatero que, como hemos constatado con su promesa de suprimir el impuesto del patrimonio, exhibirá su mejor talante y prometerá ahora, vestido de candidato, aquello que se ha negado a hacer como presidente del Gobierno. El candidato Rajoy, por su parte, abrazará -de manera precipitada y nada creíble- un centrismo que, en España, ha estado huérfano demasiado tiempo y querrá hacerse perdonar la hostilidad de su partido hacia Cataluña, que tantos réditos políticos le ha dado en amplias zonas de España, pero que tanto ha perjudicado a la cohesión y a la convivencia.Mientras tanto, y como pesado telón de fondo, el PSOE y el PP -los dos grandes partidos nacionales- perseverarán en el clima de crispación y enfrentamiento, tan perjudicial. Incluso lo recrudecerán, resaltando sus diferencias insalvables, sobre las que resulta prácticamente imposible establecer puentes de diálogo, ni tan siquiera en cuestiones como el terrorismo, que reclamarían mucha más seriedad y mucho más sentido de Estado que los exhibidos hasta la fecha.
Nos presionarán para que nos definamos y digamos con cuál de las dos Españas nos queremos alinear. No cabe duda de que ello es pernicioso y de que pretende sustraer del debate político una evidencia: que el único pacto que nos ha de preocupar es el que puedan realizar PP y PSOE, tácita o explícitamente, para dejar bien atada la cuestión catalana, para desactivar tanta reivindicación legítima del català emprenyat, dada la situación nefasta de nuestras infraestructuras y la reticencia de unos y otros a desplegar efectivamente el Estatut. Precisamente en una semana en que se ha celebrado el Día de la Constitución, resulta alarmante que se haya de recordar que el Estatut es una ley orgánica que integra el bloque de la constitucionalidad y que, obviamente, se ha de cumplir.
En efecto, hay hechos que nos alertan de un repliegue españolista, como la recuperación de un José Bono que ha exhibido nulas simpatías hacia la España plurinacional o, aún de manera más hiriente y significativa, la propuesta de reforma constitucional que el PP plantea abiertamente contra el nacionalismo. Todo ello se desactivará, sin duda, en la medida en que CiU sea determinante políticamente, y en que lo sea a resultas de una campaña electoral que nos sirva para entrar a fondo en el campo de los valores.Nos sería extremadamente fácil orquestar una campaña electoral visceral, diseñada para explotar políticamente el resentimiento y el enfrentamiento, pero, viendo cómo están las cosas en nuestras escuelas, en nuestros centros de ocio o en el seno de nuestras familias, por ejemplo, preferimos hablar del valor del respeto a los demás, del esfuerzo y de la autodisciplina, del compromiso, del civismo; preferimos centrar nuestras energías en propuestas que nos sirvan para salir del atolladero en ámbitos tan sensibles como la educación o la sanidad; somos proclives a buscar e incluso liderar amplios consensos para favorecer que este país avance en cohesión social y recupere el prestigio perdido.
Los últimos años han sido difíciles y reveladores. Estamos escarmentados, no sólo como formación política que se ha visto despreciada y desaprovechada ante tanta lógica -implacable- de tripartito, sino también recogiendo un sentimiento cada vez mas compartido en la sociedad catalana: nuestra contribución a la gobernabilidad del Estado, a su modernización y al progreso de la sociedad española ha de verse correspondida, de una vez por todas, por una mayor consideración de España hacia Cataluña y hacia sus reivindicaciones y sus manifestaciones, también en el ámbito de los partidos.No se puede pretender ni esperar que demos más cheques en blanco: reclamamos un trato político y financiero justo a nuestro autogobierno, así como exigimos conocer las balanzas fiscales para que Cataluña pueda continuar siendo solidaria, si es preciso, pero sobre unas bases más justas, para que podamos seguir creyendo, en definitiva, que el proyecto colectivo que representa la España plurinacional vale la pena y resulta viable.
Joana Ortega es vicepresidenta del Comité de Gobierno de Unió Democràtica de Catalunya y diputada de CiU en el Parlament de Catalunya
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