LAS CARTAS BOCA ARRIBA

El autor le dice a Francisco Nieva que no tiene razón en pensar que está sepultado en los estantes de las librerías: le recuerda que, a su juicio, representa la cumbre de la cultura viva de la España actual. Le comenta a Gento que está entre los diez mejores futbolistas españoles de la Historia, y recuerda a la Condesa de Puñonrostro, Grande de España que falleció ayer.

FRANCISCO NIEVA

«Representas la más alta cultura española»

Querido Paco...

Blanca Berasátegui, como siempre, se ha anticipado a todos y ha llevado a las páginas de El Cultural, que vibra de calidad literaria y artística, la primicia de los dos tomos que se publican ahora y en los que se incluyen, junto a piezas inéditas, lo más granado de tu obra literaria.

Cuando alguien me pregunta quién representa hoy la gran cultura española mi respuesta es invariable: Francisco Nieva. Ahí están Delibes, Tàpies, Antonio López, Barceló, Calatrava, Plácido Domingo. Ninguno de ellos alcanza las cumbres varias que tú has escalado a lo largo de una vida azarosa y atónita.

Te he visto agonizar, querido Paco, entre la inundación del estiércol, cuando la prostituta azul se convirtió en lóbrega puta, que bebe las estrellas y después las escupe. Te he contemplado sombra chinesca en el Accatone de Pasolini. He escuchado tus gritos en la fiesta ritual de Nosferatu, cuando te convertiste, Quevedo al hombro, en ceniza enamorada, fuego ensordecedor, fiesta permanente del idioma, orgía de la palabra, apoteosis de la máscara, noche roja con tembladera virginal.

Lo has sido todo, Paco, como dramaturgo, como pianista, como actor, como compositor, como novelista, como poeta, como escenógrafo, como académico, como bailarín, como pintor... Fuiste el gran provocador de la mojigatería franquista cuando te casaste con Geneviève Escande por el rito protestante para escandalizar a los inquisidores de la dictadura. Aullabas de dolor, querido Paco, en los poemas de la consumación de Vicente Aleixandre; te abrazaste a la muerte que tiembla asustada en los sonetos de Shakespeare; te hiciste imaginación en El viaje a Pantaélica, palabra desolada en La llama vestida de negro, plomo candente en la carroza insólita, combate de Opalos y Tasia. Te desnudaste en el gabinete campestre de la tía Leda y retornaste con Proust al tiempo perdido en Carne de murciélago. Te desorbitaste, admirado Paco, del brazo de tu amigo Bretón, te hiciste surrealista en Rixes y Cobra, te encabronaste en Pelo de tormenta, te conmoviste con el clamor del mundo gay de Nueva York. Besaste a Lowel, «una criatura en porcelana y de tamaño natural». Se encabritó tu genio en el Marat-Sade de Weiss, en Tirante el Blanco, en El baile de los ardientes, en Delirio del amor hostil, en Coronada y el toro. Pintaste, en fin, los figurines de la Cinderella de Prokofiev y Felsenstein.

Ahora te diviertes a ratos combatiendo ciertas vanguardias memas y te consideras un muerto embalsamado, sepultado en los estantes de las librerías. No tienes razón. Eres la cumbre de la cultura viva de la España actual, la palabra sin cicatrizar.

FRANCISCO GENTO

«Estás entre los diez mejores futbolistas españoles»

Querido Antonio...

Decía Pedro Escartín, el hombre que más fútbol había visto en España, que el mejor jugador español de todos los tiempos era, con gran diferencia, Ricardo Zamora. Diecisiete años ininterrumpidos en la selección nacional. A ver quién le iguala. Afirmaba también Escartín que, tras Ricardo Zamora, el futbolista español más destacado era Gaínza, extremo izquierda del Athletic de Bilbao, capitán de la selección española, doce años ininterrumpidos de internacional.

Tú, querido Paco Gento, sucediste a Gaínza. Al principio te gritaban que te volvieras a Santander. Tu juego parecía atolondrado. Luego te convertiste en el gran ídolo del mejor equipo del mundo, sólo eclipsado por Di Stéfano. Perteneces por derecho propio al 3G de nuestro fútbol: Gorostiza, Gaínza, Gento. Nunca la extrema izquierda dio tres nombres tan destacados en la vida española. No quiero hacer comparaciones. Fuiste, ciertamente, una galerna en el fútbol europeo. Lo ganaste todo. Nadie podía contigo ni en velocidad ni en potencia. Los estadios se levantaban tras tus galopadas, bramaban con tus penetraciones en el área, se encendían con el fulgor de tus goles.

Te han ofrecido un homenaje un poco descafeinado en el Trofeo Bernabéu. Una cicatería de Calderón. Poco importa. Entre los diez mejores jugadores de la historia del fútbol español figura tu nombre. En el corazón de los madridistas ocupas tal vez el primer lugar. Una noche, en una cena en el «ABC» verdadero, reuní a la delantera de fuego del Athletic de Bilbao, mi equipo de siempre, sobre todo ahora porque es el único en el que juegan once españoles. Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza, todos muertos, por cierto, menos uno, ¿cuánto valdrían hoy esos cinco nombres gloriosos? Cuando Escartín le dijo a Gaínza que había sido el mejor jugador español después de Zamora, Piru, que era un sabio del fútbol, contestó: «No se olvide usted de Gento».

LA CONDESA DE PUÑONROSTRO

«Viviste con un profundo sentido religioso»

Querida Baby...

Estuviste siempre al lado de tu Rey verdadero. Fuiste durante muchos años, junto a Amalín, la persona más cercana a Doña María en el largo exilio de Estoril, mientras César, tu marido, trabajaba junto a Don Juan, el Rey apestado por el odio africano con que siempre le distinguió Franco.

Tenías un profundo sentido religioso que recibiste de tus padres y procuraste transmitirlo a tus siete hijos. Viviste para ellos y para tu marido. Tenías siempre presente a Victoria, la niñita, que murió en un desgraciado accidente. Y educaste a todos en la seriedad y la honradez. Si por los frutos les conoceréis, puedes sentirte orgullosa. Te adoraban tus hijos, lo mismo que tus nietos, igual que tus bisnietos, como todas las personas que te rodeaban.

Eras inteligente y sencilla, solidaria y buena. Sentías el dolor de los demás. No te gustaban los aspavientos ni las excentricidades. Amabas el equilibrio, la moderación, las buenas maneras. Me pareciste siempre la espiga que es firme y flexible a la vez. La coherencia de ideas formaba parte de tu ser. Sabías respetar a los que de ti discrepaban pero nunca abdicaste de aquello en lo que creías.

Fuiste, querida Baby, la mujer más elegante de tu generación. Y sobre la elegancia del vestido predominaba en ti la elegancia del espíritu, la de las actitudes, los gestos, la atención a los demás, la abnegación, el desprendimiento, la permanente generosidad. Y, claro, te has ido sin molestar a nadie.

El viernes por la noche acudí a verte a tu casa. Tus hijos, tal vez, no se daban cuenta de que estabas agonizando, y lo hacías de forma apacible, con esa serenidad que siempre te caracterizó. Ayer por la mañana cruzaste la oscura frontera del más allá, sin un quejido. Rodeada por los que te querían, diste al alma a quien te la dio, tras noventa y tres años de una vida ejemplar.

A las rosas rojas y blancas con que te rodearon tus hijos, añado yo, Baby, mis palabras conmovidas, la admiración renovada que sentí por ti y esta última carta que te escribo.

Luis María Anson, de la Real Academia Española.

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