El pasado domingo era entrevistado don Ángel González, poeta y doctor honoris causa por la Universidad de Oviedo, en una columna de LNE. Alguna de sus respuestas sobre la Universidad americana me dejaron un tanto perplejo. A la pregunta ¿qué opinión tiene de la Universidad española?, don Ángel González contestaba: «No la conozco... Pero estoy seguro de que es superior a la americana».
Es lógico que habiendo desarrollado su actividad en una Universidad americana en la que impartió docencia, escribió poesía y llegó a la jubilación, el prolongado alejamiento puede hacer perder perspectiva de la realidad universitaria española. Con la lógica emoción en la víspera de ser investido doctor honoris causa por la Universidad de la que fue alumno, es fácil caer en la nostalgia de que «todo tiempo pasado fue mejor» y concluir, con gran condescendencia, que la Universidad de los años jóvenes es superior a cualquier otra, a pesar de que todo haya cambiado: los profesores, el estilo y hasta las piedras con que se ha construido.
Creo que conozco un poco la Universidad americana, al menos la Universidad de Wisconsin, después de pasar en ella algunos años como posdoctoral y haber mantenido desde entonces una estrecha y fructífera colaboración. Lógicamente, también he visitado otras, en las que he impartido algún seminario. Si el nivel de una universidad se mide por la calidad de sus enseñanzas, investigación y servicio público, hay que decir que la Universidad española no le llega a los talones a la Universidad americana.
La enseñanza en las universidades americanas de prestigio es de gran nivel, tanto por el material que se enseña como por su estructuración. En los estudios técnicos, los bisabuelos universitarios de los actuales profesores se formaron en universidades alemanas y algunos profesores actuales tuvieron profesores europeos, que se vieron forzados a emigrar debido a los continuados errores históricos de la Europa del siglo XX. Este hecho ha contribuido a una tradición de rigor en los estudios y a que de las universidades salgan buenos profesionales en todas las áreas del saber y numerosos premios Nobel.
La investigación ha contribuido al mayor cambio, tanto en la Universidad americana como en la europea. La idea del «publish or perish» (publicar o perecer) ha hecho que los docentes consideren prioritarias las actividades investigadoras, que son las que proporcionan prestigio, distinciones y, por qué no decirlo, aumentos de salario. Pero el sistema investigador americano es muy competitivo y abierto, y está muy lejos de las redes de influencia que se observan en España, en que se puede ser hasta juez y parte en la adjudicación de proyectos.
En lo que respecta a la misión de servicio público, la Universidad americana es un ejemplo de una activa cooperación universidad-empresa, obteniéndose numerosos beneficios mutuos; se trabaja en temas de interés industrial y se recibe una financiación importante de las grandes compañías, además de donaciones personales. Todo ello redunda al final en beneficio de la sociedad y conduce a la creación de nuevas empresas y puestos de trabajo cualificados para los futuros graduados.
Tanto por el nivel de las enseñanzas como de la investigación, la Universidad americana sigue siendo la Meca de los estudiantes de numerosos países, a pesar de su elevado coste. En los años setenta había un gran número de estudiantes japoneses, una década más tarde eran estudiantes chinos y actualmente estudiantes indonesios, además de los europeos (incluidos los españoles), que han sido a lo largo de esos años fieles clientes. Hoy es menos frecuente ver a estudiantes japoneses y chinos, quizá porque ya han captado en qué radica el éxito del modelo de la Universidad americana y les basta con aplicarlo en casa.
Otra característica de la Universidad americana es su flexibilidad y movilidad. La contratación de profesores se hace con rigor, basándose en los méritos, evitando que sus graduados sean profesores de la misma universidad y sin que existan barreras de nacionalidad o raza. ¿Alguien se imagina que un americano graduado en Estados Unidos llegase a ser profesor de una Universidad española? ¿Hay algún profesor en España que en los últimos años haya conseguido su puesto de trabajo en una Universidad distinta de la que se doctoró? Las respuestas a estas cuestiones condicionan el desarrollo de la Universidad española, que quizá pueda competir con la americana si se trata de estudios hispánicos, ya que aquí tenemos la ventaja del idioma (y no en todas las universidades).
Son muchos los españoles que después de jubilarse en Estados Unidos como profesores tienen un gran protagonismo al regresar a España: Severo Ochoa, Grande Covián, Santiago Grisolía, etcétera. Pienso que en ocasiones se les ha utilizado, a pesar suyo, por una sociedad que no confía en sí misma y trata de lograr sus objetivos a través de la intercesión de personas ilustres, que desarrollaron su actividad en un contexto muy diferente. Conocí a un prestigioso profesor de Ingeniería Química, el profesor Hougen, que después de jubilarse continuaba recibiendo correspondencia de estudiantes de todo el mundo. Su respuesta era siempre la misma: «Estoy jubilado y ya no soy competente en ese tema». Una respuesta llena de realismo y modestia por parte de un hombre que en sus 40 años en la Universidad tenía a gala decir que había resuelto 40 problemas industriales (yo creo que fueron muchos más, además de haber marcado la senda de la ingeniería química actual).
La Universidad española ha crecido en las últimas décadas en el número de profesores y en sus equipamientos, han mejorado sus bibliotecas y es posible que los alumnos reciban una formación aceptable para el contexto español. Sin embargo, siguen existiendo problemas básicos, que hacen que la Universidad tenga un coste elevado para la sociedad y, además, sea ineficaz. El sistema de acceso de profesores y alumnos a la Universidad es lamentable, la dispersión de centros universitarios es un absurdo, los presupuestos de actividad docente en las enseñanzas científicas y técnicas son de pena y, sin embargo, se despilfarran fondos en folletos editados lujosamente, carteles de diseño dignos de Hollywood, y los presupuestos de gastos de rectores y de actos lúdicos causarían envidia en muchas universidades europeas y americanas. En el ranking THES-QS de las universidades del mundo, hay doce norteamericanas entre las veinte primeras, mientras que la primer universidad española ocupa el puesto 194.º (Universidad de Barcelona) y la segunda, el 306.º (UA de Madrid). Sobran los comentarios.
José Coca Prados es catedrático de Ingeniería Química de la Universidad de Oviedo.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados