Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, África sólo tenía, si exceptuamos la Sudáfrica del apartheid, tres países independientes: Egipto, Liberia y Etiopía. Los vientos de cambio procedentes del Subcontinente Indio, sin embargo, no tardaron en alcanzar el continente africano. Los británicos abandonaron India y Pakistán en 1947, y los movimientos anticoloniales comenzaron a imponerse en África a finales de la década de 1950.
El África subsahariana no siguió una única vía hacia la independencia. Algunas colonias la lograron a través de la lucha armada. Este fue el caso, por ejemplo, de Angola y Mozambique, que se rebelaron contra el dominio portugués, y de Zimbabue, que terminó derrotando a los colonos blancos de origen británico, que incluso llegaron a declarar unilateralmente su independencia en la década de 1960. Otras colonias, por el contrario, lograron que el traspaso de poderes fuera pacífico, o casi. Pero, tanto en un caso como en otro, pocas de las nuevas naciones alcanzaron una independencia total de la antigua metrópoli. Ghana, bajo el liderazgo de Kwame Nkrumah, fue independiente; el Congo, por el contrario, continuó dependiendo de los intereses europeos.
Los objetivos del desarrollo y de la independencia económica, no sólo de la política, dividieron a las nuevas naciones sobre el camino que seguir. Buena parte optó por el socialismo, y por diversas razones. Primero, porque la Unión Soviética no poseía entonces colonias en África, por lo que fue considerada una aliada de los movimientos anticolonialistas. Y segundo, porque las sociedades africanas precoloniales se basaron en estructuras comunales, lo que hizo que los dirigentes de la independencia consideraran el socialismo, con sus promesas de igualdad y sin clases sociales, la vía hacia un auténtico modelo africano.
El resultado fue un desastre. El socialismo no hizo camino en África, donde hoy es ya historia. Pero el capitalismo tampoco ha sacado a África de la pobreza. El continente no es hoy más rico que hace treinta años. La ayuda exterior, a menudo ineficaz, y las estrategias de liberalización económica no han tenido éxito: la mayoría de los mil millones de pobres del planeta vive en África. Y el modelo europeo de ayuda al desarrollo, que ahora se quiere cambiar por inversiones, está emplazado ante el repentino desafío de China, convertida en actor, consumidor e inversor en África.
África continúa siendo el continente perdido, víctima de conflictos regionales, como los de la República Democrática de Congo (3,8 millones de muertos desde 1998) o Ruanda (1994), y de enfermedades como el sida, que afecta a más de 35 millones de personas. ¿Cómo luchar contra todo esto? Antes, en la era del socialismo, lo habitual en Occidente era culpar al Estado africano por ser demasiado fuerte. Ahora, después de años de neoliberalismo, resulta que las lamentaciones son porque el Estado africano es demasiado débil. La promesa de que menos Estado traería bajo el brazo el desarrollo tampoco ha dado más a los africanos.

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