La derrota de Hugo Chávez en el plebiscito está destinada a iniciar cambios importantes en América Latina.

Hasta el domingo pasado, cuando los venezolanos rechazaron la posibilidad de que Chávez fuera gobernante vitalicio, Sudamérica se dividía en tres bloques: el bloque populista, en su versión petrogasista (Venezuela, Bolivia y Ecuador), acompañado por modelos marxistas dependientes de los petrodólares (Nicaragua y Cuba); el bloque socialdemócrata (Brasil, Uruguay, Chile y Perú), y el el bloque intermedio (Colombia, Paraguay y Argentina). En este último bloque, los dos primeros países son proestadounidenses y en Buenos Aires anida una simpatía por Chávez.

Después del triunfo del no contra Chávez, el bloque que él lidera se verá forzado a pasar a la defensiva y ya no podrá marcar su impronta en la agenda sudamericana.

En Venezuela, Chávez luchará hasta el final para retener su poder. La lectura de ricos contra pobres es insatisfactoria: no hay tantos ricos en Venezuela, en cambio sí existen muchos pobres democráticos que con dignidad rechazaron la dictadura. En adelante, la gran tarea de la oposición consistirá en formar un frente democrático plural que, levantando banderas sociales, rescate la preeminencia de la ley y el equilibrio de poderes.

En Bolivia es donde más se hará sentir la derrota del chavismo. Evo Morales ensaya un indigenismo revanchista cuya lógica condena al país a la fractura. A Morales lo sorprende la derrota de su aliado al buscar reformar la Constitución ilegalmente. Una Bolivia aislada, enemistada con el mundo y distanciada del Brasil - su comprador natural de gas- soñaba explotar sus riquezas con la ayuda de Caracas. En La Paz es donde más repercutirá el no. Si Morales no razona e insiste en su apuesta autoritaria, convertirá la fractura social en geográfica, consolidando las tendencias secesionistas de las regiones gasistas y agrícolas. La guerra civil puede ser algo más que una hipótesis.

En Ecuador el presidente Correa también está abocado a la reforma constitucional. Para comprender este empeño viene al caso recordar que el populismo petrogasista se caracteriza por el desconocimiento de las instituciones y por la reelección de sus líderes.

El apoyo de Chávez a Correa se remonta a la campaña electoral. Ecuador adoptó el modelo del "socialismo del siglo XXI" que pregona Chávez; pero Correa es más pragmático y está más formado que Morales, de manera que difícilmente arriesgará su futuro en la agenda de Caracas. Cuenta con una ventaja: Ecuador puede exportar petróleo a través de sus puertos, posee una burguesía empresarial y no tiene un indigenismo fundamentalista ni una izquierda jurásica como la del altiplano boliviano. Por eso, es posible prever un giro al realismo en Quito y un lento distanciamiento de Chávez.

En Nicaragua y Cuba las cosas son distintas. En verdad allí gobiernan regímenes ideológico-intensivos que, debido a limitaciones externas, están ensayando una curiosa transición: del marxismo al nacionalismo populista. En el caso de Ortega su retorno al poder en Managua se hace por la vía democrática con una exigua mayoría, y en Cuba la transición está asociada al retiro de Castro, sustituido por su hermano con una base más militar que partidista.

En ambos regímenes el apoyo de Chávez resulta vital: las divisas que en plena guerra fría Managua y sobre todo La Habana recibían de Moscú ahora provienen de los petrodólares. También, en ambos casos, la alianza triangular que ensayan con Venezuela se inscribe en un marco: la formación de una alianza planetaria contra Estados Unidos que suma al régimen iraní.

El bloque socialdemócrata tendrá su agenda más aliviada. Para Chávez y sus aliados este bloque es su enemigo natural. El venezolano ha mantenido sonadas discrepancias con el peruano Alan García y con la chilena Michelle Bachelet. Por último, en cuanto a Brasil, ya no será necesario el empeño de Lula en contener a Chávez manteniéndolo cerca, la excusa que justificaba el ingreso de Venezuela en el Mercosur. Ahora se impone una correcta lectura para evitar la agonía final del bloque, y para ello hace falta no caer en una trampa ideológica. Decididamente, el chavismo no prefigura el futuro, es una proyección del pasado.

C. PÉREZ LLANA, ex embajador de Argentina en Francia.
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