TESTIGO IMPERTINENTE
«Ya tengo un pie en el Prado», afirma el pintor mallorquín
Al acto asistieron modernos de oficio, benefactores del museo y enchufados varios
Agatha viste de Navidad las calles de Madrid y Amaya Arzuaga viste de calle a Gloria Lomana
Del mismo modo que por el humo se sabe dónde está el fuego (y por el casco y la manguera, los bomberos) la Navidad se reconoce por el surtido de señales que le preceden. No me refiero a las luces navideñas (que también), ni a los villancicos (que tampoco). Los signos son muy variados, y aunque el laicismo trata de imponer cierta asepsia, el marketing se empeña en volver siempre a los excesos.
Entre unas cosas y otras, este año la cosa se está poniendo esquizofrénica. A los estilistas debemos agradecerles que hayan borrado el espumillón de la faz de la Tierra y a los ecologistas, que nos hayan enseñado a sustituir los abetos naturales por espantapájaros de color verde fosforito.
Sin embargo, no sé a quién se debe la idea de desterrar el gorro de Papá Noel (ya no lo usan ni las actrices porno para taparse la cabeza) en favor del gorro de reno. Estos días cruzan Madrid riadas de gente con cuernos enramados. Alguien está haciendo el agosto en diciembre. Donde no llega el marketing siempre llega un tonto con suerte.
Aún hay más. Como el portal de Belén se ha recluido en las parroquias, algunos portales de cinco tenedores se han propuesto ocupar ese vacío convirtiéndose en centros de peregrinación de futbolistas, modelis y constructores. (Con el ánimo de ilustrar: en el barrio de Salamanca triunfa un restaurante capitaneado por los hijos de Mari Luz Barreiros: junto a jóvenes de la jipipandy puede verse a la feliz mamá en compañía de su amigo/novio Hugh Thomas. Allí todo es tan selecto que no necesitas un vulgar GPS para llegar. La estrella de Oriente te conduce).
Por suerte, Miquel Barceló -el pastoret de Felinatx- ha puesto un halo de rusticidad en esta orgía de minimalismo y elegancia que es el Madrid de Gallardón (permítanme otro asterisco: el alcalde de Madrid ingresó días atrás en el Hospital Clínico, víctima de un jamacuco. Gallardón permaneció en el centro unas horas, pero finalmente el jamacuco resultó ser una falsa alarma y el alcalde pudo regresar al estrés cotidiano con su mejor sonrisa).
Volviendo a Miquel Barceló, él trajo al Casón del Buen Retiro su experimento teatral Paso Doble, nacido hace un año en el festival de Avignon. Se trata de un cuadro vivo y dramatizado, una performance, como dice el propio Barceló a regañadientes (la palabra performance no acaba de gustarle porque está muy pasada). Henchido de satisfacción, el artista confesaba días atrás: «Ya tengo un pie en el Prado». La frase no sólo era un cumplido para sí mismo sino para Miguel Zugaza, director del museo, que públicamente se ha mostrado partidario de abrir el Prado a la pintura contemporánea. El sabrá lo que hace.
La representación del cuadro corrió a cargo del propio Miquel Barceló y Josef Nadj, coreógrafo y bailarín. Ambos amasaron un cuadro con palpitaciones y caricias, y luego lo destruyeron a puñetazo limpio. El resultado, inequívocamente barceloniano, fue una apoteosis de arcilla, una especie de comunión de la que el pintor mallorquín salió enfangado hasta las pestañas. Difícil calificar aquello.
La representación era todo un espectáculo. Quizás el error fue la obcecación por justificarla. Cuando una cosa se explica demasiado, mal asunto. O falta cosa o sobran palabras. Conociendo a Barceló, un destroyer mitad ingenuo mitad travieso, le habría pegado más describir su performance como un pesebre viviente. No en vano la naturaleza lo ha moldeado a él como un pastorcito navideño.
El experimento estuvo bien acompañado, con música propia y estilismo de velas que conducían hasta el mar de arcilla. Al acto asistieron modernos de oficio, benefactores del Prado y enchufados varios (el aforo era limitadísimo y las invitaciones se agotaron en seguida): Sonsoles Espinosa, César Antonio Molina, los hermanos Almodóvar, Marisa Paredes. Y Zugaza: por algo era su apuesta.
Fuera quedó un contenedor con los restos de la batalla pictórica. Menos mal que las piedras sobrantes no llevaban la firma del pintor mallorquín. Ahora habría hostias por venderlas.
Vestida de calle, con las aceras puestas
HUMOR. Estos días todo ocurre a la misma hora y casi en el mismo sitio. Mientras Barceló hacía de las suyas, en el Palacio de Santa Bárbara se presentaba la revista Madriz (con Z de Zapatero), una publicación al servicio del lujo. La gente no lee, pero consume, de ahí que muchas revistas nazcan solamente con vocación de soportes publicitarios. La presentación contó con Carmen Lomana en carne mortal y en carne de cuché.
La revista le había dedicado un amplio reportaje y ella, agradecida, ofreció su mismidad en el evento. Del reportaje extraigo una perla impresa: «Tengo una habitación entera dedicada a mis prendas de Chanel». Del cóctel elijo una perla simbólica: la musa se presentó ataviada con un modelo de Amaya Arzuaga que llevaba dos aceras de bombillas en la parte trasera del vestido (no supimos si estaba conectada a la red o iba a pilas). Total: Agatha viste de Navidad las calles de Madrid y Amaya viste de calle a la propulsora del lomanismo. Mi musa ha hecho por fin un alarde de sentido del humor y se ha reído de sí misma.
Con toda la iluminación puesta, la doña decidió conquistar la noche y se presentó en el Teatro Alcázar, donde cierto champán francés patrocinaba un brindis con la imagen de Emmanuelle Seigner, señora de Polanski. La actriz, que había aprovechado la tarde para ir de compras a la Puerta del Sol, no adquirió un gorro de reno sino un set de maquillaje. De poco le sirvió, pues Lomana a punto estuvo de eclipsarla. Los que más brillaron fueron los hijos de famosos, muchos de ellos inéditos en la prensa del ramo. El embajador De Lays (francés como el champán) regaló su presencia de sumo sacerdote. Con embajadores así no hacen falta galanes de cine.
© Mundinteractivos, S.A.

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