Paco, de Juan Cueto en El Comercio
Empiezo por admitir que la historia de mi profunda y férrea amistad con Paco Carantoña es por lo menos rara y fruto de un mutuo respeto que hasta entonces yo sólo había visto en cierta literatura liberal inglesa de mediados del siglo pasado. En principio, cuando yo decidí instalarme en Gijón procedente de los dos sitios teóricamente más alejados de Paco (Oviedo y Argelia), todo nos separaba y aquella doble extravagancia presagiaba un conflicto de intereses personales, mediáticos, ideológicos, generacionales y municipales.
Mi primer contacto no virtual con Paco Carantoña, al que yo admiraba desde la lejanía, se produjo en un quiosco de periódicos de la calle de los Moros. Lo recuerdo muy bien. Yo iba allí todos los días, en bicicleta, a comprar 'Le Monde' porque era el único lugar de Gijón donde se recibía el mítico periódico francés al que me había acostumbrado en Argel, y comoquiera que sólo se recibía un ejemplar, casi siempre se me había adelantado Paco. Y supongo que también a la viceversa, si yo había madrugado y pedaleado por el Muro, que entonces era posible. Hasta que una mañana nos encontramos los dos delante del quiosco de la calle de los Moros, que no sé si todavía sigue abierto. Nos miramos a los ojos con sonrisa cómplice, nos saludamos al modo antiguo y Paco, que ante todo era un señor de estirpe europea, me cedió el puesto para comprar el único y codiciado ejemplar que llegaba a Gijón. A las diez de la mañana de aquel día de 1978 empezó una amistad y una complicidad que duraría toda la vida y que, para que se den una idea, llegaría hasta citarnos media hora antes del partido del Sporting en el infame Drugstore de la playa para ir juntos a la tribuna de El Molinón a ver jugar a «los atletas locales», como él siempre decía, y luego de comentar ante el horrible café del lugar las incidencias mediáticas, políticas y culturales de la semana española, municipal y global.
Pero Paco y yo, después de nuestro flechazo ante el quiosco de los Moros, no sólo acabamos yendo juntos a El Molinón, sino que paseábamos («fatigábamos», que dirían Borges y Cunqueiro, dos fervores que también compartíamos junto a nuestras sinceras devociones por Evaristo Valle y Orlando Pelayo) los alrededores magníficos y agrícolas del Este de la ciudad en busca de los paisajes atlánticos del otoño y el invierno: yo en moto, sin casco ni carné, y él detrás, en coche y con carné. Y nos hacíamos señas cuando pillábamos en nuestra excursiones litorales sin rumbo fijo algún paisaje excelente.
Ya digo, todo nos separaba y nos disponía en principio a ese duelo maniqueo al que somos tan aficionados en este país y en esta ciudad: la ideología, la política municipal de partidos, la territorialidad, el 'ius solis', las fuentes filosóficas, la práctica mediática o el enfrentamiento generacional. Creo que Paco y yo (por este orden) demostramos con nuestra modélica «amistad inglesa», procedentes ambos de La Coruña y Oviedo, que la buena conversación cosmopolita, como siempre fue nuestro caso, es la mejor manera de liquidar y superar los fantasmas idiotas de ese maniqueísmo ideológico tan dominante y agobiante en Gijón.
Por lo tanto, vayan juntos a El Molinón, dejen ya de charlar en bucle de política politiquera, disfruten de nuestros soberbios paisajes atlánticos, piensen en global más que en local y descubrirán el mismo placer gijonés que yo experimenté en el siglo pasado con mi muy recordado Paco.
