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No hay nada como un día festivo para gozar del aburrimiento. Ayer jueves (anteayer para ustedes) fue día festivo y por tanto, gozoso: una especie de jueves santo laico. Mañana (hoy para ustedes) será la Inmaculada. Y pasado (mañana para ustedes), domingo-domingo. Aburrirse está muy bien, es un deporte sensual y ensimismador. Empiezas rascándote la barriga y acabas practicando un onanismo creciente que alcanza su clímax en la paja mental.
El aburrimiento pertenece al mundo de las sensaciones añoradas, de cuando el tiempo tardaba mucho en pasar y no hacía falta ir al cine para montarse películas. Conste que me refiero a los festivos sin demasiada actividad festiva. Un punto rojo en el calendario y fuera. Fiestas de perfil bajo, como el día de la Constitución y el de la Inmaculada, o redondeando, el puente de la Inmaculada Constitución (no me digan que este esfuerzo de síntesis no tiene gracia: la sabiduría popular acuña expresiones magníficas). Las fiestas con implicación familiar severa (la Navidad, mismamente) son trabajosas y comúnmente tensas. No dan para aburrir. En cambio, la Semana Santa siempre ha arrojado días tontos, sobre todo antes, cuando no estaba bien visto disfrutar y en la tele se hinchaban a poner películas con muchos romanos dentro.
Los festivos sin demasiada fiesta tienen la particularidad de que ofrecen tiempo libre para perderlo a conciencia. Esa expresión mezquina y puritana -perder el tiempo- es propia de gente de países oscuros donde escasean las ganas de vivir y las sensaciones lúdicas. Gente septentrional, ahorradora y magra, puritana. Los mediterráneos estamos hechos de otra pasta y, aunque sólo sea de boquilla, nadamos en la abundancia. Nos gusta la pólvora y la comida cromática, las tertulias, el chispeo del alcohol, la música alta. Dormimos poco por no privarnos de televisión y farra y, cuando llega el buen tiempo, solemos estar recogiditos en la calle. Somos desorganizados y generosos, dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy y vivimos sin método. Para nosotros, perder el tiempo es una forma de ganarlo.
Hoy he madrugado espontáneamente, sin necesidad de que el radio despertador me taladrara el cerebro con editoriales sobre ETA. He notado que era festivo porque la casa estaba quieta y afuera no se oía ni el sonido de las ambulancias. También la luz parecía distinta. Era una luz abierta, sosegada, no exactamente de domingo, porque los domingos tienen una luz poco ceñida a las cosas, pero sí muda. O sea, luz de día vacío e infructuoso. El teléfono no ha sonado en todo el rato. Esa ausencia de señales me ha permitido construir una pequeña vida al margen de la vida misma. Lo hago con frecuencia: como cuando tengo hambre y duermo cuando tengo sueño, no hago la cama ni veo la tele. Sólo pongo música para solapar los ruidos que puedan atemorizarme. El tiempo, en mis manos, es plastilina. Un lujo.
© Mundinteractivos, S.A.

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