La hora de África, de Josep Borrell Fontelles en La Vanguardia
En 1884 en el congreso de Berlín, los imperios europeos se repartieron África. Este fin de semana en Lisboa, la Unión Europea y África establecen una asociación estratégica para hacer frente a los problemas del siglo XXI.
Desde la última Cumbre Europa-África, en El Cairo en el 2000, muchas cosas han cambiado. África es hoy más importante, sus recursos naturales más preciados, su pujanza demográfica más evidente y su crecimiento económico y las inversiones extranjeras mayores que nunca.
Europa también ha cambiado. Durante los últimos años ha dirigido prioritariamente su mirada al Este, pero sigue siendo el primer cliente, el primer inversor y el primer donante de ayuda al desarrollo de África.
Pero China esta desembarcando en África de forma fulgurante y si Europa quiere conservar su influencia tendrá que reinventar sus relaciones con un África, que despierta y no quiere ser considerada sólo como una fuente de problemas.
El mundo también se ha transformado. El comunismo y la bipolaridad de la guerra fría han desaparecido. Las fronteras y los muros ya no están entre el Este y el Oeste, sino entre el Norte y el Sur.
Pero hay cosas que no han cambiado. El África subsahariana es tan pobre hoy como hace diez años. La mitad de quienes allí nacen hoy no podrán escapar de la extrema pobreza dentro de otros diez años. Es ya muy poco probable que en África se alcancen los Objetivos del Milenio.
Cierto es que la economía africana está creciendo actualmente y, por tercer año consecutivo, a un ritmo del 6%. Pero otras partes del mundo han progresado mucho más, de forma que la posición relativa de África empeora. En el 2005 un pobre de cada tres era africano. Si nada cambia, en el 2015 la mitad de los pobres del mundo serán africanos. Esta evolución es completamente diferente a la que se preveía a principios de los sesenta. Entonces la mayor parte de África era más rica que Asia y se esperaba que prosperara más deprisa. En vez de eso, y a pesar del billón de dólares en ayuda al desarrollo desembolsado desde el fin de la dominación colonial, África se ha despeñado por un precipicio. Según el Banco Mundial, el PIB per cápita de los 48 países del África subsahariana sólo creció, entre 1960 y el 2005, el 25% de media. Los países de Extremo Oriente han crecido 34 veces más. También según el Banco Mundial, uno de cada tres países africanos tiene hoy una renta per cápita menor que en su independencia.
La responsabilidad europea por el pasado colonial es importante, pero a medida que pasa el tiempo pierde pertinencia. Corea o Malasia fueron tan pobres, o más, que Ghana o Kenia. Y su pasado colonial no fue mejor.
La responsabilidad de los propios africanos también es importante. En muchos países han tenido malos gobiernos y demasiadas guerras. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, África ha sido el escenario de 70 conflictos armados, y de los 19 que hay hoy en el mundo seis son africanos.
En África se ha demostrado con dramática evidencia que la seguridad es una condición necesaria del desarrollo. Sin desarrollo no hay paz, pero sin paz no hay desarrollo. Ambos son mutuamente necesarios, pero las guerras han destruido las infraestructuras sociales, han impedido crear las físicas y han desalentado la inversión en África. Por otra parte, países que han tenido estabilidad y buenos gobiernos han demostrado las potencialidades de África. Ruanda, que en los noventa era el paradigma de las desgracias, genocidio incluido, es hoy una economía estabilizada y con fuerte crecimiento. Benín, Tanzania o Liberia están despegando económicamente. Por no citar el milagro que ha sido la transición pacífica de Sudáfrica desde su ignominioso régimen racista a una democracia multiétnica.
El futuro de África necesita algo más que ideas simples y frecuentemente citadas como la de trade not aid,es decir, apertura de los mercados a los productos africanos en vez de una ayuda que les mantiene en situación de dependencia.
El desarrollo de algunos países africanos depende crucialmente de que los europeos abramos nuestros mercados a lo que ellos pueden producir con evidentes ventajas comparativas, climáticas en particular. No podemos rechazar a la vez a sus hombres y a sus productos.
Pero otros no tienen gran cosa para comerciar, incluso si algo pueden exportar es gracias a las tarifas preferenciales europeas. Para esos países trade not aid es tan ilusorio como sería lo contrario, aid but not trade.
Hacen falta lo uno y lo otro, el aid y el trade.Ciertamente, la ayuda al desarrollo es la forma más inmediata y directa de conseguir derechos humanos elementales, pero no es una alternativa a una economía tan eficaz como posible. La ayuda sólo podrá producir resultados duraderos si el sistema económico genera progresivamente los recursos necesarios para la extensión del desarrollo.
La negociación de las EPAS (acuerdos de asociación económica) entre la UE y los países africanos, que deben sustituir antes de fin de año a los acuerdos de Cotonú, debiera ser una buena ocasión para encontrar el punto de equilibrio entre apertura comercial y ayuda al desarrollo, evaluando adecuadamente el impacto que las cláusulas de reciprocidad impuestas por la OMC tendrán sobre el desarrollo de esos países.
LaUEse ha fijado colectivamente el objetivo de que su ayuda al desarrollo alcance el 0,7% del PIB en el 2015 con un objetivo intermedio del 0,39% en el 2006.
Este objetivo intermedio se ha cumplido, pero gracias a cancelaciones de deuda. Sin ellas, estaríamos en el 0,31%. De continuar así, en el 2010 los países más pobres habrán recibido, en recursos nuevos, unos 50.000 millones de euros menos de lo prometido. Y es preocupante que la ayuda al África subsahariana no aumente, sino que disminuye en términos relativos.
La inversión directa en actividades económicas (FDI) se encuentra en su máximo histórico y la mayor parte proviene de la UE.
Pero estas inversiones están muy concentradas en cinco países (Sudáfrica, Egipto, Nigeria Marruecos y Sudán), y en sectores como la minería, el petróleo y el gas, aunque recientemente también en los servicios.
La inversión en esos sectores puede apoyar el desarrollo aumentando los ingresos públicos. Pero genera poco empleo directo, está poco ligada al resto de la economía y crea problemas ambientales y de derechos humanos.
El verdadero desafío de África es atraer inversión en sectores manufactureros que impulse el desarrollo sostenible y equitativo, cree empleo y desarrolle la industria local. Pero este tipo de inversiones parece disminuir más que aumentar, por problemas de integración regional, estrechez de mercados y consecuente falta de economías de escala.
El gran problema de África es que sus estructuras estatales han sido demasiado débiles. Pero el buen gobierno no se decreta, se construye dando al Estado la capacidad de ejercer sus funciones, mejorando sistemas de gestión de políticas públicas y funciones administrativas.
Por otra parte, exigir a los países en desarrollo que mejoren su gobernanza mientras los países desarrollados son incapaces de reducir la falta de gobernanza a escala mundial es una incoherencia que ilustra bien nuestra forma de ver los problemas de África, muchas veces desde los ojos de ciudadanos libres de economías ricas que han pasado por 50 años de exitosa integración.
Europeos y africanos no tienen nada que ganar privilegiando la dimensión económica de la globalización a expensas de la social y la ecológica.
Por ello, esa asociación euroafricana será esencial. Es la hora de la verdad para todos los que creen en el desarrollo endógeno, rechazan la fatalidad y confían en la capacidad de África de dar un giro decisivo a su historia.
J. BORRELL FONTELLES, presidente de la comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo.
