Un Zapatero entre Orwell y Lewis Carroll, de José Luis González Quirós en El Confidencial
En España abundan los partidarios de extremar las expresiones y los sentimientos. No escasean los españoles con tendencia al esperpento, a reclamar la razón a gritos, cuando no a patadas. Ahora le toca al gobierno padecer esa tormenta, desatada tras la indignación que ha producido su actitud ante ETA. Los asesinatos de miembros de la Guardia Civil parecían cosa del pasado, pero han vuelto, pese a las habilidades verbales de Rubalcaba. Sin embargo, no es el momento de desmelenarse, ni de avergonzar a los socialistas por las calles. Su política respecto a ETA ha estado completamente equivocada y el Gobierno pagará, sin duda alguna, por ese error en las urnas. Pero sería una equivocación mayúscula excederse en la gestualidad y olvidarse de encuadrar ese problema en sus justas dimensiones, esto es, como una más de las erróneas y erráticas políticas del gobierno de Zapatero.
Las lecciones bien aprendidas requieren sosiego, y los españoles no deberían limitarse a considerar que, puesto que ETA es perversa, el Gobierno ha sido ingenuo o demasiado interesado, maquiavélico incluso, al pretender un diálogo que siempre es imposible con las pistolas cargadas. La cuestión no es la perversidad de ETA, que debería estar fuera de duda para cualquier español en sus cabales, sino la política de Zapatero. Necesitamos calma para que los electores puedan valorar adecuadamente lo que ha intentado y lo que ha conseguido. ETA es un buen ejemplo, no cabe duda, pero es un caso más de una política general que debería ser juzgada conforme a criterios de fondo, puesto que no se trata de una incoherencia en el seno de una política bien diseñada, sino de un caso particularmente hiriente de fiasco.
Decía Josep Plá que la República había sido un régimen hablado; pues bien, al lado de lo que ha hecho Zapatero, puede considerarse que la República se levantó, como mínimo, consultando continuamente el Espasa. La palabra que Zapatero nos ha venido ofreciendo ha sido siempre improvisada. No es fácil decir si el señor Presidente ha sido decididamente orwelliano o se ha quedado simplemente en un jugueteo a lo Lewis Carroll, pero, desde luego, no ha sido nada cartesiano. A Zapatero le pierden las palabras y ha pretendido que los españoles nos perdamos en ellas. Por eso, han tratado de disfrazar el último atentado con palabras, como intentaron considerar las muertes por el bombazo de Barajas como un mero accidente.
Quienes creen que el leonés no debe seguir al frente del Gobierno no deberían obnubilarse con el obvio fracaso de ETA, entre otras cosa, porque va siendo hora de poner el problema de ETA donde realmente debiera estar y no donde los de ETA quieren que esté y que continúe estando.
Zapatero llegó al poder en una situación excepcional y desde entonces ha cosechado una cadena de errores realmente espectacular. Su intento de consagrar un nuevo equilibrio de poder en España está a punto de llevarnos a la bancarrota política del Estado, sin haber conseguido siquiera contentar a las muy minoritarias minorías nacionalistas y localistas. Ha logrado casi arruinar el espíritu de concordia con el que comenzó nuestra democracia, y lo ha hecho para buscar un acuerdo imposible con quienes son sus enemigos más recalcitrantes.
El inquilino de Moncloa ha querido vivir de la magia de su palabra, del fulgor de su talante. Y en algún momento pudo parecer que el país asistía embobado a este nuevo retablo de las maravillas: alianza de civilizaciones, ansia infinita de paz, democracia deliberativa, la nación concepto discutible y discutido y un buen número de paparruchas adicionales. El negocio ha terminado siendo tan ruinoso, que el propio presidente ha decidido pegar un viraje semántico y meter el sintagma “Gobierno de España” literalmente hasta en la sopa, en la campaña de publicidad más inespecífica y costosa que jamás haya hecho la administración pública.
Incluso la más celebrada de sus acciones, en realidad una inacción que ha resultado un éxito comparativo, como es el mantenimiento de un cierto nivel de bienestar económico, ha sido hecho, más que nada, con palabras. En este caso, la palabra ha sido “Solbes” y ya se nos ha dicho que, de repetir, tendremos más de lo mismo. Por eso, una de las lecciones que debería aprender el PP es que no sirve de nada ganar si no se cambia la cultura política de los electores. La política desarrollada por Zapatero, un ejemplo casi perfecto de progresismo, vaciedad y verborrea, proporciona al PP una oportunidad única. Sería una pena desaprovecharla.
José Luis González Quirós es analista político y escritor.
