Sólo una gran coalición entre el PP y el PSOE, si Zapatero pierde las elecciones del 2008, puede ayudar a superar la fractura política y social que ha marcado la legislatura que se acaba y sobre la que el presidente del Congreso de los Diputados dijo ayer, en la festividad de la Constitución, que una situación así “no se puede repetir”, por la dureza y brusquedad de los enfrentamientos habidos a lo largo de los pasados años. Pues puede que se equivoque Marín, porque la situación puede incluso empeorar si vamos a unas elecciones sin un triunfador claro y si los partidos nacionalistas, que se han lanzado por la pendiente de la autodeterminación, vuelven a tener la llave de la gobernabilidad de la nación.

Y esta posibilidad, a la vista de lo que dicen las últimas encuestas, es la más probable ante los graves errores de la presidencia de Zapatero y la falta de liderazgo y de racionalidad de Rajoy y del PP, que no han sabido llevar, con inteligencia y moderación, la función opositora ni presentar al conjunto de los ciudadanos una alternativa sólida, en equipo y proyectos, para poder gobernar.

Naturalmente, de aquí a las elecciones todavía pueden pasar muchas cosas, está por ver si ETA decide continuar con sus crímenes y faltan todavía las ofertas finales de los respectivos programas electorales, así como la marcha de las campañas y de los debates que se van a celebrar en televisión entre Rajoy y Zapatero. Pero puede que, incluso una vez que haya ocurrido todo esto, las cosas sigan igual. Con un PP incapaz de provocar un importante vuelco electoral, y un PSOE que tampoco levanta entusiasmo.

La imagen de la última manifestación contra ETA, en la madrileña Puerta de Alcalá, donde los ciudadanos dieron la espalda a los políticos, es toda una señal y un presagio de lo que puede ocurrir en la noche electoral, una vez que se abran las urnas. Y la solución pasa, visto el desencuentro pleno no sólo sobre la política antiterrorista —desencuentro que aún prevalece—, sino sobre otras cuestiones fundamentales como el modelo de Estado y la crisis económica ya en marcha, por una posible coalición de gobierno entre los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, para lo que haría falta que Zapatero pierda las elecciones, porque de lo contrario, y aunque le falten bastantes escaños para poder gobernar, el hoy presidente volvería a pactar con los nacionalistas y las grandes divergencias de la presente legislatura se harían más profundas, con el agravante de que, entonces, el PP entraría en una seria crisis de liderazgo y renovación de sus altos cargos.

E incluso si gana el PP, aunque sea por poca diferencia, será difícil que Rajoy lidere esa posibilidad de gran coalición al estilo de la que impera en Alemania, porque su persona no sería bien acogida por los dirigentes más moderados del PSOE —y menos por algunas de sus federaciones, como la del PSC catalán—, como la persona adecuada para unificar las posiciones de ambos partidos y de encontrar un camino conjunto en defensa de intereses generales y de la cohesión nacional.

Por todo ello, y a pesar de la pública regañina y advertencia de Marín, las cosas de la política y de la convivencia española, lejos de solucionarse con la celebración de las elecciones, pueden empeorar. Apenas quedan cien días para que tengamos respuesta a esta incógnita, pero en el horizonte no se atisba una luz de esperanza que nos permita ser optimistas de cara a los próximos cuatro años en los que, además de los problemas planteados en esta legislatura, bajo la presidencia de Zapatero, pueden surgir otros más. La llegada, paulatina pero implacable, de la crisis económica puede ser en todo ello la única y a la vez nefasta novedad.