AQUI NO HAY PLAYA
A veces me da vergüenza ser de Madrid. Y esto lo digo yo, no el peatón, que se ha limitado a escuchar sin hacer ademán de sonsacarme. No hacía falta. La indignación podía con todo. Porque Madrid ya no es el espejo, el crisol, el rompeolas de las Españas. No es sino la balsa en la que se salvan los millonarios del Titanic. La stock-option en la que los tiburones esconden sus tesoros. El último refugio de los amargados y los nostálgicos. O eso es lo que se ve en el resto del mundo a través de la televisión.
Es de suponer que las señoras que insultaron a los políticos socialistas que protestaban silenciosamente contra el terrorismo olvidaron los muertos que ha tenido ese partido. Es posible que no comprendieran que si llaman «maricón» al representante popular (es decir, del pueblo) Pedro Zerolo, justifican que alguien pueda llamarles a ellas gordas, ignorantes o cualquier otra barbaridad. Es posible que no tengan ni la más remota idea de cómo funciona el Estado, y hasta es posible que crean que la Constitución es el nombre de unos grandes almacenes. Pero su odio, tanto tiempo alimentado, supera la lógica y se vierte descontrolado, irrespetuoso, obsceno, al tiempo que una sociedad llora a sus muertos. Y eso no se debe consentir. Como decía Nacho en su viñeta, la asignatura de Educación para la Ciudadanía no debería estudiarse sólo en las escuelas.
Poco me importan estas arpías procedentes de las cavernas que creen que Curri Valenzuela es el paradigma de la ecuanimidad periodística. Tienen todo el derecho a hacer barrabasadas y a tratar de imponer una moral esclerótica a una comunidad diversa y pujante. Pero sus abucheos, su altanería canallesca, su inexistente barniz democrático es la imagen que Madrid está proyectando al resto de España. Y eso sí me importa. Porque bien sabemos los madrileños que nuestra ciudad no es así. Que Madrid no es tan carcamal, tan intolerante, tan rematadamente bruta. Por tanto, señoras de pitiminí ataquen al Gobierno, hagan críticas, acudan a los tribunales, a las tribunas de prensa o a cualquier foro enarbolando banderas y soflamas. Pero no nos ofendan con actos incívicos, no quieran representarnos a través de sus carísimos abrigos de visón, no pretendan que su fanatismo se convierta en una de nuestras señas de identidad.
La manifestación unitaria contra el terrorismo, que se convirtió en la más breve de la democracia, fue sólo una fachada. Y pronto se comprobará en cuanto comience el periodo electoral. Al menos tuvo dos cosas positivas. Una, que por primera vez en casi cuatro años, el partido que está en la oposición apoyó al Gobierno de la Nación en algo. La segunda, que Francisco José Alcaraz, presidente de la AVT, tiene ideas propias. Irracionales, a buen seguro, pero propias. Y eso ya es un avance que, sin duda y para tranquilidad de todos, sólo puede abocarle al desastre y al ridículo. Esta ciudad siempre acaba pasando factura a los escandalosos y por eso, a veces, es mejor quedarse en casa. Por favor, señoras, se lo ruego: no nos avergüencen más.
© Mundinteractivos, S.A.

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