En vísperas de la última Cumbre Hispanoamericana, la petrolera nacional brasileña Petrobras, anunció oficialmente el descubrimiento de un gigantesco campo de petróleo, bautizándolo con el nombre de Tupí.
Tan grande como para atribuirle unas reservas entre 5.000 y 8.000 millones de barriles equivalentes de petróleo. El mayor de Brasil y uno de los mayores descubrimientos mundiales de los últimos años. Poniéndolo en nuestro contexto, él solo podría cubrir el consumo actual español durante 6 a 10 años. Además, según Petrobras, el modelo probado con Tupí podría replicarse en un área muy extensa, cubriendo tres grandes cuencas petroleras, pudiendo ser las reservas finales aún notablemente mayores. Esperemos que los próximos trabajos vayan confirmando progresivamente las actuales expectativas.
Encontrar un yacimiento tan grande no ha sido un milagro inesperado. La Naturaleza no es tan perversamente generosa. Tampoco el negocio petrolero es como jugar al bingo, aunque Petrobras (y sus socios en el proyecto, la británica BG Group y la portuguesa Galp) hayan acertado número, fila y bingo completo. Hace más de un año que, tras estudios geológicos y geofísicos, más perforar un sondeo, se evidenció el gran potencial del área de Tupí. Tras finalizar y probar un segundo pozo, Petrobras lo ha anunciado oficialmente. Tampoco la Madre Tierra regala sus dones, graciosamente, pues finalizar el primero de dichos sondeos exigió más de un año y 240 millones de dólares. Hay que tener una excelencia técnica, más una gran capacidad financiera, para afrontar ese riesgo.
El segundo pozo, aplicando las experiencias del anterior, ha durado dos meses, costando la cuarta parte. Tampoco es una nimiedad, ciertamente. Hay varias razones que justifican esos costes. Es un yacimiento submarino, a casi 300 kilómetros de la costa sur brasileña (Cuenca de Santos), en una profundidad del mar que supera los dos mil metros. Ha habido que perforar tres kilómetros de roca estéril, más otros dos de sal masiva, hasta llegar al objetivo. El premio ha sido grande, y supone un éxito indiscutible para Brasil y su compañía nacional. También para sus socios, no les olvidemos. Por supuesto -era inevitable-, incluso los políticos cariocas lo han capitalizado. Hasta el presidente Lula da Silva, habitualmente prudentísimo, ha llegado a decir, henchido de orgullo, que “este descubrimiento prueba que Dios es brasileño”. Quizás asoció Belem de Pará… con Belén de Judá.
¿De Brasil a Brasoil?
Este descubrimiento podría cambiar la situación económica del país. Hasta su posición política en el Cono Sur. Desde que Petrobras se fundó (1953), la obsesión de todos los sucesivos gobiernos brasileños ha sido lograr la autosuficiencia petrolera. Entonces, el país producía solamente 2.700 barriles diarios. Trece años después, comenzaron a extraer petróleo de su primer campo submarino y, en 1970, llegaron a los 200.000 barriles diarios. Prosiguieron tenazmente y llegaron al medio millón en 1984 para, por fin, en abril del año pasado, alcanzar la tan ansiada autosuficiencia. En 2006 produjeron diariamente ya casi dos millones de barriles de crudo. Más otros 220.000 barriles equivalentes de petróleo, en forma de gas. Lo han logrado desarrollando progresivamente una tecnología específica, de muy alta calidad, para poder buscar, encontrar, desarrollar y producir los hidrocarburos de yacimientos submarinos.
Cada vez a mayor profundidad, un capricho de la Naturaleza. Han realizado cuantiosas inversiones, desde 1997 compartidas con compañías extranjeras. Petrobras, empresa nacional, aunque ahora parcialmente privatizada, no permitía el acceso a las compañías internacionales hasta ese año. Entonces, y previa promulgación de una nueva Ley, se dio entrada al capital extranjero, para incrementar y acelerar la inversión a aplicar, siempre con ese claro objetivo de llegar a la autosuficiencia en petróleo, sobre todo, y gas. Los resultados demuestran que aquella decisión, entonces muy controvertida internamente, ha conducido a éxitos espectaculares.
Tupí supondría para Brasil incrementar en un 50% sus actuales reservas probadas, de 14.400 millones de barriles equivalentes de petróleo a final de 2006, crudo en un 85%, y gas natural el resto. El campo tiene la ventaja económica adicional de contener un petróleo relativamente ligero, de notable mejor calidad que el que se extraía hasta ahora en los demás yacimientos. De confirmarse el tamaño estimado, podría producir hasta un millón de barriles diarios, con lo que su impacto en la economía de Brasil será ciertamente importante. Casi hasta para disculpar a Lula su emocionado alegato, de hace unos días. El presidente ha dicho también que Tupí podría ponerse en marcha hacia 2011, pero probablemente habrá que esperar hasta finales de la próxima década para alcanzar el millón de barriles diarios. Tan largo plazo vendría impuesto por el tamaño y la complejidad del yacimiento, que además requerirá una tremenda inversión, quizás un centenar de miles de millones de dólares. Pero Brasil pasará a ser neto exportador de petróleo.
Las petroleras internacionales son volubles y promiscuas en sus asociaciones con otras. Admiten la poligamia, además, de buena gana. Petrobras ha sido considerada, sobre todo últimamente, como un buen partido. Es cierto en algunos proyectos concretos y Tupí, para BG Group y Galp, es una buena prueba. Como sucede en los matrimonios, a veces la convivencia es difícil, y otras compañías no han tenido tanta fortuna, ni aún consumaron felizmente su unión, incluso en proyectos brasileños. Para los tres socios en esta aventura, Petrobras (65% de participación, y operadora del consorcio), BG Group (25%) y Galp (10%), el descubrimiento supondrá un notable salto cualitativo. Para la compañía británica, sus actuales reservas probadas se incrementarían con Tupí en un 50%, y un 40% su producción. Ciertamente se ha unido a la operadora indicada, en el momento preciso y en el sitio correcto. Porque éste ha sido, además, su cuarto descubrimiento consecutivo en Brasil, asociada con Petrobras. Para Galp, más pequeña, el impacto relativo será incluso mucho mayor.
En el Cono Sur pugnan tres países, Argentina, Brasil y Venezuela. Desde el punto de vista petrolero, no había duda, el país caribeño ganaba por goleada. Eso lo administra muy bien Hugo Chávez, extrapolando esa influencia a los ámbitos económico y político. Brasil y Argentina, los dos países más desarrollados en términos de PIB y población, hacen valer su importancia en la política interregional. Ahora están prácticamente equilibrados en sus necesidades energéticas internas, aunque con matices al diferenciar las fuentes y, en concreto, el tipo de hidrocarburo. La posibilidad -ahora alta probabilidad- de que Brasil pase a ser una potencia petrolera en el área, ha distorsionado el escenario. Argentina podría terminar importando crudo brasileño, antes impensable. Y a Chávez le ha salido un competidor inesperado en su manejo de los petrodólares. Siendo el protagonista de ese negocio, ahora le preocupa Brasil. Hasta apresurarse a halagar los oídos de su homólogo Lula, llamándole “magnate del petróleo”, y lanzarle dos anzuelos. Uno, invitar a Brasil a integrar una Amazonía Energética, junto con Venezuela, claro. El otro, proponer que entre en la OPEP. Afortunadamente, la Administración brasileña, eufórica pero sensata, ya ha dicho que deben conocer las posibilidades reales de Tupí, antes de decidir al respecto.
Evo Morales estará probablemente preocupado por este hallazgo y sus consecuencias. De confirmarse importantes reservas de gas en Tupí y toda el área asociada, en un próximo futuro no podría exportar mucho gas boliviano a Brasil, como ahora hace, prácticamente en régimen de monopolio. Cual si fuere un aviso a navegantes, Petrobras ya ha indicado que no está interesado en el gran proyecto venezolano de gas (nunca comenzado) denominado Mariscal Sucre, donde se preveía su participación junto con la compañía nacional venezolana, PDVSA, tomando gas para el mercado brasileño. Y la Administración brasileña ha restringido repentinamente el acceso de las petroleras internacionales a algunas áreas prospectivas que se están subastando ahora mismo, en un concurso convocado hace meses. No ha gustado a las compañías.
También hay riesgos políticos, que podrían derivarse del nuevo Brasoil. Su ministro de Defensa ha dicho que, teniendo tanta riqueza en el Atlántico (el campo Tupí), “es obvio que se necesitan medios para protegerlo”. Se habla ya de un programa de submarinos nucleares. En la década de los 50, se atribuyó a Charles de Gaulle una frase inoportuna, injusta y ofensiva. Dijo que Brasil “no es un país serio”. Esperemos que no se refiriese a algún funcionario que estaba, entonces, aún por venir. De momento, todo son especulaciones, pendientes de confirmarse el tamaño y la viabilidad económica del campo descubierto. Una frase que leí hace poco resume el dilema actual –hamletiano– de Brasil: “Tupí or not Tupí”. Ésa es la cuestión.
Juan Ramón Fernández Arribas, ingeniero de Minas, analista de energía y consultor.

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