EL NACIMIENTO CATALÁN DE ALIANZA POPULAR
Dani era un joven prometedor en 1990 cuando vino a pedirme ayuda en plena crisis del PP de Catalunya, de cuya junta gestora yo era secretario general. Si se la di entonces, también se la daré ahora. Razón de coherencia con el hombre, aunque las ideas no siempre coincidan; porque en esta hora de confusiones ya solo se puede confiar en las personas. Las ideas van y vienen, a veces sin apellidos, son ambivalentes, pueden usarlas la derecha o la izquierda por igual. La diferencia la pone el hombre que las interpreta, o las encarna. Si las asume es porque tiene valores y consistencia. Si las muda -como Zapatero- es porque las utiliza, las instrumentaliza intencionadamente como fórmula de autojustificación. ¿Es posible construir un discurso sobre ideas prestadas o "utilizadas" al margen del compromiso moral?
NO ME PARECE justo, ni adecuado, que en Madrid se haya echado mano del PP catalán como quien usa una batuta. Casi nunca se han comprendido las duras condiciones de ser militante del PP en Catalunya. A menudo es como una muerte civil, una marginación social, absolutamente injusta, ya que en Euskadi ese heroísmo explícito del PP es reconocido, admirado y celebrado. En aquella comunidad el riesgo de muerte física es evidente, y son abundantes los ejemplos. En Catalunya todo resulta mucho más sutil; la marginación se produce desde las sombras, bien sea por la descalificación personal con atributos que no se corresponden con la realidad o por la simple descalificación de su supuesta catalanidad.
Quienes fundamos en 1975 la AP catalana con un manifiesto en catalán -Crida per una Reforma Democràtica- sabemos el precio que tuvimos que pagar por el solo hecho de acogernos al liderazgo de Manuel Fraga, que en esos momentos jugaba un papel fundamental en el impulso de una vía democrática para salir del franquismo en la sociedad española. Prohombres del PSUC, intelectuales de izquierda (Vázquez Montalbán entre ellos), empresarios progresistas (Juan Grijalbo, por ejemplo), toda la oposición catalana al franquismo nos secundó, cooperaron con nosotros sin miedo a equivocarse. Agustí de Semir, por ejemplo, fue el hombre que inauguró el Club Ágora en 1974 con Manuel Fraga, embajador de España en Londres. Por cierto, una embajada poblada de presencias de la oposición antifranquista y de buena parte de catalanistas que de mi mano llegaron hasta allí. Gestiones en auxilio de la UMD (Unión Militar Democrática) desde esa embajada se llevaron a cabo con el Gobierno de Madrid, o favores personales para resolver problemas a gentes del comunismo español, como Ramón Tamames, el editor Grijalbo, o el propio Gutiérrez Díaz.
¿Alguien puede olvidar datos semejantes a la hora de acreditar un esfuerzo común por los cambios democráticos en España? ¿Alguien, si no, puede entender que Fraga presentara en público a Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI? Cuando se quiere cuestionar la catalanidad se olvida injustamente que nadie hizo más por combatir la corrupción barcelonesa en tiempos del alcalde Porcioles que el grupo de Fraga, en concomitancia con gentes del PSUC. Nosotros editamos Barcelona, ¿dónde vas?, libro decisivo en esta pugna, y que supuso una tremenda confrontación no solo con el alcalde, sino incluso con autoridades del Gobierno, Arias Navarro incluido.
Por cierto, personajes decisivos en esa operación, por sus apoyos, fueron Ricardo de la Cierva y el teniente general Díez Alegría. Y si nos referimos a la operación Tarradellas, muchos valores entendidos hasta hoy deberán ser revisados cuando aporte ciertos datos que el propio president Tarradellas me propuso publicar pocos días antes de su muerte. Lo haré, aunque quizá demasiado tarde.
NADIE PUEDE, pues, rechazar la catalanidad de un partido que nació en Barcelona y se financió con empresarios catalanes. Aquí se tomaron importantes riesgos y se contó con la cooperación de personalidades catalanas muy destacadas de la política y de la economía. Aquel naciente PP tuvo unos valores todavía vigentes: se trató de definir un enganche solidario entre Catalunya y España. Algo que el segundo Gobierno de Aznar no acertó a comprender y le propinó un misil en la línea de flotación del PP catalán del que todavía se resiente hoy. Tal vez nadie empujó tanto a ERC en su éxito de 2004 como Aznar. Había ya empezado el estrabismo para con las injusticias con Catalunya.
Por eso entiendo ahora que la tarea de Daniel Sirera no será fácil, pero su coraje, si orilla determinadas prepotencias de la meseta y afronta la causa de la insolidaridad con Catalunya con realismo, tal vez le recobrará al PP catalán voz y voto para buscar o arbitrar soluciones idóneas. Joan Rosell acaba de afirmar en El Economista que "quien niegue las inversiones en Catalunya es un separatista". Indiscutible realidad. De ahí que, si Daniel Sirera arrostra con valor sus responsabilidades, estará en condiciones, tras el 9 de marzo de 2008, de aportar una interlocución autorizada para fundamentar un puente alternativo al que hoy ofrece el PSOE y el Tripartito. Como escribe el president Pujol en sus Memorias, "hemos de pasar por el mundo dejando huella". Esa es su oportunidad y su circunstancia.
Manuel Milián Mestre. Exdirigente del PP.

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