El juego de las sillas, de Antonio B. Ochoa Rodríguez en La Nueva España
Si el juego infantil es una preparación para la vida, hay uno que me parece interesantísimo como iniciación a cualquier carrera política: el juego de las sillas. Consiste éste, fundamentalmente, en un grupo de gente que se mueve alrededor de unas cuantas sillas, siguiendo el compás de la música que tocan y, cuando para, todos deben intentar coger un asiento. La gracia del juego consiste en que hay más candidatos que sitios para sentarse, por lo que, si no quieres quedar fuera, debes procurar estar bien colocado en todo momento, tener reflejos y, por qué no, manejar los codos con soltura. Una versión para adultos de esta bonita competición se está desarrollando actualmente en Cangas y en Oviedo.
Triunfadores los partidos que un día representaron a la izquierda en la batalla electoral por el control del territorio astur, sus dirigentes se reunieron para dividirse el botín de cargos y prebendas. Se empezó por los ayuntamientos y, usando el famoso sistema del «tuya, mía», se decidió que en cada caso gobernase el grupo más numeroso y el otro se limitase a apoyarlo y a callar, que para eso está la disciplina de partido. A nadie se le ocurrió consultar con los ediles locales para ver cuáles eran sus aspiraciones personales o si existía algún síndrome de «antes muerto que votar a ése». No debía permitirse que tales minucias interfirieran en la parte importante de «sus» negociaciones, que eran los sillones del Gobierno del Principado.
Pero hete aquí que, puestos a hacer el reparto de sillas en el gobierno municipal cangués, el asunto se complicó. Los unos acusaban a los otros de pedir demasiado, los otros les acusaban de prepotentes y la cosa se fue pudriendo. El caso es que llegó a la votación para alcalde y los concejales del PSOE votaron, lógicamente, a su líder. Los concejales de IU decidieron seguir la tradición vaqueira y, dado que el matrimonio había sido nulo, el queso debía volver al hórreo, así que votaron a su propio cabeza de lista. Y los concejales del PP consideraron que, ya que ellos no podían comer el queso, antes de que se lo comieran los cuervos era mejor dárselo a algún necesitado, así que votaron al candidato de IU.
Los socialistas locales que creían contar con la plaza fija se encontraron con que tenían que hacer oposición y pusieron el grito en el cielo y en Oviedo. La FSA exigió a la dirección de IU la cabeza de sus díscolos concejales y ésta, viendo que sus propios traseros podían quedar sobre el duro asfalto, se apresuró a ofrecérsela. El sacrificio no fue, sin embargo, suficiente y el pacto regional fracasó también, dejando a los anteriores consejeros y demás cargos de IU sentados en las escaleras del Gobierno autonómico, gritando para que los dejen entrar (un espectáculo muy triste).
El PP regional, en un primer momento, se limitó a observar y responder con su silencio. Pero ahora, viendo que el PP cangués se saltaba a la torera la consigna general de permanecer eternamente en la oposición sin molestar mucho al PSOE, decidió que ya estaba bien y expulsó a los concejales cangueses. Quizás algunos militantes no comprendan por qué don Ovidio se dedica a intentar devolver al señor Cuervo su sillón en vez de intentar desalojar al señor Areces del suyo. Deberían saber que el señor Sánchez es un hombre humilde y nada ambicioso y que nunca quiso saber nada de sillas ni de sillones.
