La lucha antiterrorista

Contra Zapatero nos manifestaríamos mejor. Lo saben muy bien la Asociación Víctimas del Terrorismo y su fogoso presidente, el señor Alcaraz. Cuando tratan de levar masas contra el Gobierno, las masas les siguen y sacrifican una tarde de sábado para levantar su voz. A la concentración del martes en Madrid le faltaba todo: alguien a quien castigar; movilización por parte de los convocantes y que alguien fuera responsable del éxito o del fracaso. Pero le faltaban especialmente fe y motivación. La fe anda escasa, la motivación era tan etérea como la unidad forzada de los partidos, y nadie se mete en el atasco por un ideal ficticio. Lo peor que le pudo pasar a esa concentración no es que haya sido poco concurrida y desangelada en la forma. Lo peor es que la unidad es, como dijo este diario, "precaria".

Por eso ha quedado una amarga sensación de desaliento. El pueblo, con su ausencia, ha dicho a sus representantes políticos que pasan de escenificar apoyos a algo donde, por una parte, no está el presidente y, por otra, intuye que no hay sinceridad. No es creíble que se hayan pasado tres años en medio de acusaciones de indignidad, rendición, traición, entrega de Navarra, precios políticos o deslealtad y ahora se den la mano como si no hubiera ocurrido nada. Pues ha ocurrido. Y mucho. Para albricias de terroristas, la desunión de las ejecutivas se ha empezado a trasladar a las bases, que el martes se partían literalmente en dos: los que daban ánimos a Zapatero y los que pedían su dimisión. Zapatero era el debate; no la banda terrorista. ¿Puede ser más penoso el espectáculo?

Pues ahora comienza otra cuenta atrás. Quedan dos semanas de legislatura, ocho días hábiles en el Congreso y, salvo milagro, esa será la duración máxima de la unidad. ¿Y por qué no es posible prolongarla? Perdonen la explicación grosera y fácil: porque no se puede estirar más. La situación es tan chusca como esta: o el Gobierno se aviene a aceptar las condiciones del PP, o el PP las aparca. Y las condiciones son estas: ilegalizar ANV, suspender las corporaciones donde gobiernan y derogar la resolución parlamentaria que autoriza a negociar con ETA. Y eso hay que hacerlo en estas dos semanas. O se hace, o tendremos al terrorismo en la pugna electoral. Y que no se engañe nadie: lo tendremos con los mismos términos de crispación y rencor que se han visto estos años.

Parece un chantaje, ¿verdad? Dios me libre de aplicar esa palabra a un escenario donde se mueven altos conceptos, altísimos principios y sagradas convicciones que están en juego y que merecen el máximo respeto. Pero es el nivel máximo de presión política para dejar en evidencia a un Gobierno que no quiere anular una resolución que - recordémoslo- rechaza el precio político, ni ha encontrado argumentos para demostrar que ANV es Batasuna. Sólo tiene una esperanza: que se lo encuentre un mago de la justicia. Se llama Baltasar Garzón.