Rodríguez Zapatero tuvo un gesto humano e inteligente: se acercó a Bayona, a ver al guardia civil mortalmente herido y a dar ánimos a su familia. Quiero elogiar ese detalle, porque demuestra sensibilidad como persona y agilidad como reacción política. Cuando el presidente estaba siendo objeto de enconado debate por su ausencia en la concentración contra el terrorismo, él envió a la sociedad el mensaje de que lo importante no es ponerse detrás de la pancarta; lo importante es estar con una víctima, en un momento de supremo dolor y falta de esperanza. Al guardia Fernando Trapero quizá sea imposible rescatarlo de su muerte cerebral. Su familia merece el alivio del consuelo, por insignificante que sea.
Creo que el gesto actuó como un sedante ante la cita de la Puerta de Alcalá. El ambiente previo era de miedo al incontrolado que pudiera repetir las escenas del día anterior; miedo al encontronazo cuando los ánimos están exaltados y una parte de la opinión se empeña en echar culpas sobre el Gobierno; un incierto aire de revancha por otras manifestaciones de hace un lustro, cuando el hoy presidente recibía el calificativo de «pancartero». Era la herencia de estos años: el acercamiento a ETA, que nunca fue bien explicado, o la crispación fomentada con tantos discursos sobre la dignidad, la rendición, la entrega de Navarra, las concesiones políticas, el «hombre de paz»? Todo eso sobrevolaba el ambiente previo a la manifestación, levantando una barrera de recelos, prevención y una pizca de rencor entre las fuerzas políticas presentes.
Por eso no importaba tanto el número de asistentes -que han sido menos de los previstos-, como no romper la imagen de unidad. Ninguna de esas fuerzas políticas podía correr el riesgo de llevar la culpa de romperla. Tampoco nadie rompió los dos minutos de silencio. Algunos leves gritos del principio quedaron eclipsados por ese silencio, solemne y respetuoso. Al final, dos concentraciones mostraban la división social: a un lado, quienes defendían a Zapatero. Al otro, quienes pedían su dimisión. Tenían que aflorar las diferencias y lo hicieron. Era lo mínimo que se podía esperar.
A la hora del balance, me quedó una sensación contradictoria: por una parte, se ha salvado la imagen de unidad, que es el éxito fundamental. Pero, por otra, dejó el sabor de un mero trámite que había que pasar y se pasó sin mucha pena ni mucha gloria. Se hizo una concentración urgente, rápida, como queriendo evitar la tentación del disturbio. Fue ostensible un rumor de desencanto entre los asistentes, porque querían más fervor. En resumen, la idea de unidad gana un día; se han salvado los muebles de la decencia; pero no se ha movilizado el entusiasmo popular.

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