Señor Rodríguez Zapatero:
Para quienes el recuerdo del aquel inmenso océano de almas limpias y manos blancas que ocupó el centro de Madrid exigiendo a ETA la liberación de Miguel Ángel Blanco todavía hoy nos pone la piel de gallina, la concentración de ayer supuso un mazazo en el corazón del espíritu de unidad que hasta ahora siempre había sido la tónica dominante en las marchas contra la pandilla de canallas y en defensa de la libertad. Usted no estuvo, es verdad, pero imagino que se lo habrán contado. El agente Raúl Centeno, asesinado por tres terroristas cobardes, de esos con los que usted mantenía oscuras negociaciones hace bien poco –y quien sabe si sigue manteniendo-, no se merecía la decepción del acto convocado para ayer por la tarde. Pero este es, señor Rodríguez Zapatero, el resultado de lo que usted ha sembrado durante estos casi cuatro años de legislatura.
El de ayer fue acto frío, desangelado, cargado de reproches y de rencores. El de ayer fue un acto que demostró que, hoy por hoy, la unidad de los demócratas contra el terrorismo es una quimera. Desde que usted destruyera los puentes que le unían al Partido Popular en el principal reto que tenía la democracia española, la derrota de ETA, la distancia entre españoles de un bando -el suyo-, y españoles de otro bando -el de el fin del terrorismo-, se ha hecho insalvable. Usted no lo vivió ayer, porque se ausentó. Porque le entró miedo a que le abuchearan. Lo dijo su ministro del Interior, sin ninguna clase de pudor al afirmarlo: usted no iría a la concentración que su propio partido había convocado porque no estaba por la labor de que le insultaran. Ya le dije ayer que eso es pura cobardía y no volveré a repetírselo. Pero tiene cierta ironía que quien llegó al poder bajo el paraguas de ser y sentir la calle, ahora la tema como el que teme a los fantasmas de sus propias traiciones.
Los ciudadanos, señor presidente, les han dado a ustedes una lección. Se la han dado a todos los políticos, de izquierdas, de derechas, pero sobre todo a los que desde el Gobierno tenían la responsabilidad de mantener viva la llama de la unidad de los demócratas frente al terrorismo. Esa llama que usted apagó con el aire gélido de la negociación con los asesinos. Me consta que está usted ahora sensiblemente afectado por el atentado de la banda terrorista, pero no tanto por lo que tiene de salvaje y vil –aunque supongo que también-, como por que ha devuelto a la memoria colectiva los tiempos recientes en los que usted negociaba sabe Dios qué cosas con los canallas, y hace dudar a la opinión pública sobre sus verdaderas intencione si vuelve a ganar las elecciones generales de marzo de 2008. Yo, al menos, estoy absolutamente convencido de que su voluntad es volver a retomar el diálogo roto por la coyuntura política. Y ahora es posible que sea aún mayor el número de personas que cree lo mismo.
Ayer, señor presidente, la sociedad española les volvió la espalda. Entraban ganas de llorar viendo la escasa capacidad de convocatoria que tienen todos los partidos supuestamente unidos tras el atentado, y comprobando, sobre todo, como la disminuida asistencia se dividía en dos bloques, el que le apoyaba a usted, y el que le exigía su dimisión. Este es su legado, señor Rodríguez Zapatero. Quizá sea esta, al menos desde mi punto de vista, la peor de sus herencias. Nadie había conseguido nunca dividir a la sociedad española hasta ese extremo. Le recordaba al principio de estas líneas aquella inmensa marea humana que gritaba libertad cuando ETA secuestró al concejal de Ermua para luego asesinarlo, y las largas vigilias reclamando al cielo y a la tierra piedad para con él. No había color, ni ideología, ni religión que impidieran que las manos de miles, millones de españoles se unieran en una plegaria continua y dolorosa, en una letanía de ruegos que los oidos sordos por el odio de aquellos terroristas nunca escucharon.
Ayer fui a la manifestación, temeroso de encontrarme lo que me encontré, y al mismo tiempo confiado en que el sentido común de los ciudadanos se impusiera a la sinrazón de los políticos. Pero el sentido común de las personas de bien les llevó a quedarse en casa, como me decía por la noche un hombre sencillo con lenguaje llano: “Es la primera vez en quince años que no voy a una manifestación contra el terrorismo, pero no quería ir a que me dividieran”. Así debieron de pensar miles de españoles que, de otro modo, hubiesen estado en primera línea guardando silencio en memoria de Raúl Centeno, cuya familia tiene un motivo más para estar triste y desolada. Y usted, señor presidente, es sin duda el máximo responsable de que esto sea así. En su haber ya consta esta inmensa brecha abierta por su política de enfrentamiento, y en el debe el daño irreparable que ha infringido a la lucha contra los asesinos y contra los enemigos de la democracia, de la libertad y de nuestra Nación.
Usted sabrá porqué lo ha hecho.

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