La estepa rusa y nuestro camino, de Baltasar Porcel en La Vanguardia
Un acontecimiento histórico escalofriante es el de la invasión de Rusia por Napoleón, con su ejército de 600.000 hombres. Avanzaban por la estepa, no se veía el menor enemigo, pasaban semanas, ellos se desmoralizaban, faltaban víveres, la nieve los bloqueaba y la enfermedad diezmaba. Una fantasmagoría hasta llegar el desastre total.
La manifestación por la dignidad y el derecho a decidir catalanes fue un éxito. Emocionalmente y como prueba de que un pueblo está harto de que lo atropellen. Magnífico, pues. Aunque diversos factores la embrollaran.
Así, el día antes en horas se agotaron las 72.000 entradas del concierto de Bruce Springsteen. Luego, en el Congreso el BNG logró 51 millones del Gobierno, y el PNV 13, para librar a la ministra Álvarez de la arremetida catalana. Y el maldito atentado de ETA en Las Landas no sólo restó protagonismo mediático español a la protesta, sino que la dejó como "insolidaria" al no posponerla al asesinato, cuando el PSOE suspendía sus fastos. Y comenzaban a rodar los trenes de cercanías, si hubieran esperado unos días habría ido más gente del área metropolitana… Para a la noche desbravar parte de la euforia con el Barça alicaído.
A la vez, el líder del PP dijo que si ganaba los comicios se establecería una ley que vetara cualquier "regateo" autonómico si no lo aprobaban dos tercios del Congreso. O sea, que si no se quiere estar aún peor que con Álvarez y etcétera, habrá que votar a Zapatero… Y conste que sólo traigo a colación hechos liados o definitivos de un día. Que quizás habrán servido para patentizar los límites de la formidable manifestación en la práctica. Pero es lo que decía, Napoleón como el catalanismo, y ya Catalunya, pues en tren van millones de ciudadanos muy diversos, se interna en España con armas y bagajes, discursea, negocia, pulula, pero al igual que en la estepa rusa, no hay modo de entablar una batalla en serio. Y es que todo lo nuestro parece inmovilizado en el marco estatal. Hay mucha vocinglería política pero a la cúpula española Catalunya sigue sin acceder. En la Moncloa casi sólo podemos fotografiarnos, en el Congreso ser comparsas. Nuestra dimensión cultural e idiomática se queda constreñida. Las altas finanzas y empresas se nos han ido. Seguimos subsidiarios en la UE.
¿Y cuántas magnas manifestaciones no hemos protagonizado? A veces uno se pregunta si no constituirán precisamente una desactivación psicológica, que nos permite después descansar, y al gran poder permanecer aún más hedónico. Porque pasan años y generaciones, sin que más allá de las calles de Barcelona ascendamos en recursos y derechos colectivos, ni al conocimiento de los saldos presupuestarios del Estado tenemos acceso. Y la asistencia de Barrera, Pujol y Maragall, que tanto enterneció a muchos, prueba también el aislamiento estepario en el que han, hemos, envejecido…
Pero, en fin, al menos caminemos en multitud, aunque ¿en qué dirección?
