PRISMA
Repasando los artículos que escribió Mariano José de Larra en su día, no puedo por menos que decirles que esto no tiene remedio.Su descarnada vigencia y su palpable constancia son tales que produciría asombro si se tratase de otro país. Nuestros muchos vicios poco o nada han mudado en todo este tiempo. La envidia, la pereza, la falta de una Administración eficaz, el muro ante el que se estrellan todos los proyectos que tienden al progreso, la chapuza y todo el rosario de lindezas que adornan la panoplia de defectos típicamente españoles no se han movido un ápice.
Aún peor, las pocas bondades que pudiésemos tener han ido adocenándose con el tiempo y hoy en día, en el que el cinismo es la única forma de vida que se conoce en el mundo intelectual, amén de la hipocresía, al inocente se le califica automáticamente de imbécil, al moderado de cobarde y al sabio de todo, pues, como no es cosa de todos los días el hallarle, existe una cábala de mediocres bien situados que conspira constantemente para que el talento resulte opaco a la vista del público.
Ante esta visión, me siento como aquel personaje que describe Ciorán desplomándose en un sillón completamente abrumado, diciendo que ya no puede más. Me oprime esta sociedad tan provinciana, tan aburrida, tan castrada, que se mueve alrededor de las mismas 20 o 30 personas ad nauseam. Me desazona la falta de horizontes y que nadie albergue en el fondo de su alma la utopía. Estoy ahíto del páramo intelectual en el que vivimos. Nuestra inteligencia me hace vomitar, tan seria y a la vez tan hueca. Me hastía explicar que no soy independentista, aunque sea catalán, en Madrid y decir en Cataluña que, aunque no sea nacionalista, no pienso haber colonizado a nadie.
Es angustioso tener que pasarse la vida pidiendo perdón aquí y allá por ser de izquierdas frente a personas que acaso no sean ni serán nada en su vida. Cada vez me horroriza más la monótona cantinela de ese tiovivo infernal que suponen las tertulias radiofónicas, los discursos políticos, las declaraciones donde no se encuentra ni un ápice de talento o de voluntad de servicio público.
Estoy cansado de estar cansado y harto de indignarme cuando veo la televisión u oigo la radio. Tenía razón Larra en su desesperación.El era un hombre de convicciones liberales, un reformista, un hombre que quería desterrar la España del chambergo y la capa y que hablaba de «las luces» con un entusiasmo rayano en la ilusión infantil. Se batió durante toda su vida con los más reaccionarios e incluso, por batirse, llegó a hacerlo con los suyos. Acabó solo, desesperado, pegándose un tiro. La España negra, la España con levita y sotana, la España cainita que se fragmenta en dos para compartir un solo odio mamado de la misma ubre atávica y fatal se lo llevó por delante.
Ahora que resuenan otra vez los ecos siniestros de las pistolas y la sangre vuelve a correr por las calles y las familias vuelven a enlutar sus corazones, se reabre esa herida que se llama España y que padece hemofilia política, pues parece que no haya forma de cerrarla en paz y sosiego. Me pesa España y me pesan su historia y su pasado. Peor aún. Me pesa lo que pueda, acaso, ser su futuro.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados