Para tener éxito en política no basta con estar dotado de una asombrosa capacidad de análisis; también es preciso situarse con precisión; luego, más difícil todavía, actuar en consecuencia, tomar un rumbo, en el caso de president Montilla, tomar varios rumbos a la vez. Rumbos que dependen de los diversos mapas en los que le conviene situarse. Montilla es el hombre fuerte del socialismo español en Catalunya, y eso condiciona. Es el president de los catalanes que fueron a la manifestación o estaban con los que estuvieron. También es, según él mismo, el president que se encarga de buscar y encontrar las soluciones a los principales problemas de los catalanes. ¿Cómo se conjugan los rumbos en los tres frentes? En apariencia, los dos primeros son divergentes. Puede que incluso contrarios. ¿Cómo se las arregla? Desde luego, en vez de mostrarse atabalat,parece encontrarse la mar de cómodo en su doble condición de president de los emprenyats y soporte principal en las próximas elecciones del partido contra el que, en primerísimo lugar, claman los manifestantes.

En el orden de prioridades, Montilla tiene claro que ante todo es president de la Generalitat. No puede ir pues, ni por un segundo, contra los intereses o los estados de ánimo de los catalanes. Al contrario, tras un periodo de cierta apatía, decidió ponerse al frente de la procesión. Desde que soltó lo de la "desafección tal vez irreversible" no se ha andado con medias tintas. ¿Por qué no fue entonces a la manifestación? No fue en persona, porque eso habría significado una grave embestida contra sus colegas del Gobierno, pero excepto asistir ha hecho lo conveniente, al menos en público, para sintonizar con los manifestantes.

De ahí pasamos al segundo campo, o ya estamos de lleno en él. El primer secretario del PSC aspira a que sus colegas tengan claro que es él y nadie más quien decide los modos y las condiciones de ayudar a los suyos. Partiendo de la base, claro está, de que en las actuales circunstancias cualquier otro president, Mas o Maragall, estaría haciendo sangre de verdad en las maltrechas arterias de Zapatero en Catalunya. A fin de cuentas, es el propio Gobierno central el que se ha metido, por su propio pie, en el berenjenal de las infraestructuras barcelonesas. Aun así, a la hora de la verdad, el PSC capitaneado por Montilla ha cerrado filas, así en el Parlament como en el Congreso, con la esperpéntica Magdalena Álvarez. Cueste lo que cueste. A partir de hoy, los consellers socialistas tienen la orden de ayudar en lo posible a mejorar la imagen de ZP. No podrán decir pues en Ferraz o la Moncloa que Montilla no es leal al PSOE, a su líder o al resto de sus compañeros. Al contrario, seguro que les vende la especie, no sin cierta razón, de que sin él de president, estarían perdidos y ahogándose en el río.

En tercer pero no último lugar, Montilla es el president que va a arreglar el desaguisado. Sin la desafección, no lo conseguiría. Con ella, ya veremos.