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3 Diciembre 2007

Poesía en todas partes, de Juan Bonilla en El Mundo

LAS AFUERAS

Al parecer, la CIA influyó todo lo que pudo para que le dieran a Pasternak el Nobel, agradecida de que una novela como la del poeta ruso demostrara tan minuciosamente las barbaridades, mezquindad y terror del régimen soviético. El KGB no se cansó de echar mierda sobre el poeta asegurando que su premio Nobel era un regalo del enemigo americano. Y, al parecer, tenía razón, según lo demuestra la investigación del periodista Ivan Tolstoi (hay apellidos muy bien puestos).

Bien es cierto que el nombre de Pasternak sonaba entre los candidatos al premio desde bien temprano -en los años 40-, aunque no fue hasta que terminó su única novela -inspiradora de una gran película de David Lean-, en 1956, cuando su nombre sonó como verdadero aspirante. Las autoridades rusas dijeron que el libro no era más que un libelo contra la Rusia comunista, pero eso lo decían de todos los libros que no cantaran las excelencias de los soviets. Tenían un mal gusto literario muy orgulloso: buena prueba de ello son los libros que hoy, en español, podemos encontrar en las librerías de viejo, editados por sellos comunistas. Parece imperdonable que teniendo traductores bien preparados para trasladar el ruso al español, eligieran novelas tan superfluas como El cemento o La fábrica, y no nos trajeran tan temprano nada de Bulgakov o de Bunin -aunque es cierto que a uno de esos sellos no se le escapó la espléndida novela satírica Las doce sillas-. Por no hablar de los exiliados, de Nabokov, que ya en el año 30 había publicado al menos dos obras maestras, y que en el 34 había sido descubierto por suecos y franceses.

Pasternak no dejó a un lado, al escribir su novela, su facilidad para producir merengue lírico -a pesar de su pasado futurista- y hay en el Doctor Zhivago auténticas escenas a las que los diabéticos no deben acercarse. Pero más allá del testimonio imponente sobre la mezquindad y barbarie de un régimen -que puede rastrearse en otras muchas novelas, por ejemplo en el best seller Los que vivimos de Ayn Rand, llevada al cine bien temprano por el Goffredo Alessandrini, con Alida Valli en el papel protagonista, (película alentada por Mussolini para que los italianos vieran cómo se las gastaban en Rusia)-, Pasternak supo dotar a su historia de los suficientes elementos románticos como para que su componente de «libelo» no fuera más que anécdota histórica. Y ahí radicó el gran éxito de la obra: en el hecho de que la gente no sólo sacaba en claro cómo se las gastaban en Rusia los comunistas, sino también que era posible, en medio del infierno y el dolor, vivir una gran historia de amor. La CIA, nos dice Tolstoi, llevaba tiempo buscando algo así para conmover a lectores y espectadores occidentales. Y Pasternak se lo dio sin que se lo encargaran. La novela, leída hoy, tiene tramos impresionantes, auténtica épica sin lírica que la deforme, pero también es un almacén de momentos azucarados que nos transforman en enardecidos seguidores de una telenovela.

La idea más pura de Pasternak en su obra poética, de la que uno es decidido seguidor, es ésta: todo puede ser objeto de poesía, la poesía está en todas partes, en un prospecto farmacológico igual que en las gradas de un estadio. Curiosamente una idea tan magnífica como esa, también tenía sus reveses, pues buscar poesía en todas partes -y lo que es peor, encontrarla-, rebajaba la intensidad de esa búsqueda. Ese es el principal defecto de la novela de Pasternak: la diferencia de temperatura entre los momentos de absoluta intensidad lírica y los tramos escritos sin demasiada convicción, casi por mera inercia, es excesiva. Pero, 50 años después de publicada, los primeros momentos mantienen viva la novela, más allá de que la historia haya querido que sea una de esas obras rodeadas de anécdotas tan espectaculares -un avión con el manuscrito detenido en el aeropuerto de Malta, los agentes de la CIA en plan críticos literarios, el comité Nobel tembloroso ante la reacción rusa- que parece que es innecesario leer la novela para valorar su importancia.

© Mundinteractivos, S.A.

Tags: juan bonilla

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