CRONICA HISTORICA
Un error hagiográfico de diez siglos confunde a la mártir de Siracusa con Lucía la Casta
Federico García Lorca, fascinado por la leyenda, publicó en el año 1927 un poema ambientado en Barcelona sin mencionar la ciudad
La noche del 12 de diciembre, cuando la Fira del Pesebre en torno a la catedral de Barcelona está en plena ebullición, numerosos músicos de tabalets se congregan a las puertas de la pequeña ermita de Santa Llúcia, en Valencia, para tributarle un homenaje previo a la festividad 13 de diciembre. La fiesta también es conocida por ser la última etapa en la ruta de los vendedores de porrat, orejones y frutos secos, y en los tenderetes abatibles bajo toldos de lona se insertan las devociones populares. Pero no hay acuerdo en los santorales acerca de la identidad de la patrona de los invidentes y oftalmólogos, de las modistillas y de los fotógrafos, de los diseñadores y de los informáticos, debido a una confusión hagiográfica medieval que parece destinada a prevalecer por el tiempo de los tiempos.
Lucía de Siracusa (283-304), pertenecía a una familia pagana y abrazó el cristianismo sin que sus padres tuvieran conocimiento de ello. Su actividad proselitista le concitó varias denuncias ante Pascasio, gobernador de la comarca siciliana, quien intentó persuadirla sin éxito de que se uniera en matrimonio con un pretendiente pagano. Una versión asegura que el procónsul ordenó entonces que permaneciera en un burdel, pero una fuerza misteriosa la había convertido en una estatua de mármol y nadie fue capaz de moverla. Entonces, Pascasio decidió quemarla, pero las llamas la respetaron y, al fin, ordenó que la degollaran. El caso es que pasó a la iconografía como la doncella que ofrece los ojos en una bandeja que sostiene entre sus manos, pero su rostro los conserva. Esta leyenda se cruza con la de una beata que vivió siglos después, Lucía la Casta, quien ordenó que le sacasen los ojos para enviárselos a un hombre que la deseaba, irresistiblemente atraído por su mirada.
Federico García Lorca quedó prendado de aquella historia y escribió, hace 80 años, un poema en prosa a modo de ensayo titulado Santa Lucía y San Lázaro, considerado como una de sus más interesantes creaciones, publicada por primera vez en las páginas de Revista de Occidente en diciembre de 1927. Estaba dedicado al crítico de arte Sebastià Gasch, cuya amistad compartía Lorca con la de Salvador Dalí. Es la composición de un poeta que busca el perfecto perdón y la perfecta paz mediante el discurso estético. El escritor granadino había vivido cuatro meses en Cataluña repartidos entre Cadaqués, Figueres y Barcelona. Gasch le escribió emocionado por la dedicatoria de aquel trabajo lleno de intensidad, y no dudó en calificar a Lorca de «poeta universal».
La estructura empleada por Lorca trata de un viaje de un día a una ciudad, el nombre de una posada y el de una estación de tren que coinciden, respectivamente, con el de los mártires cristianos Santa Lucía y San Lázaro. No menciona Barcelona pero sí a una gran urbe con catedral, tranvías de tracción eléctrica y caballos.Lorca sitúa un bullicioso mercado cerca de la basílica (la Boquería), así como un animado ambiente de cervecerías y oficinas. En la catedral, al autor le viene a la mente el nombre de un santo catalán, el mercedario Ramón Nonato: «Ante la milagrosa fachada de la catedral, yo comprendía perfectamente como este santo pudo atravesar el mar desde las islas Baleares hasta Barcelona sobre su capa». Algunos hagiógrafos han hecho notar el error de Lorca al confundir a San Ramón Nonato con San Raimundo de Peñafort, a quien se atribuye el milagroso viaje marítimo.
En la primavera de 1927, Lorca estuvo en Barcelona después de Semana Santa para dirigir los ensayos del estreno de Mariana Pineda en el teatro Goya. Su lugar de residencia era el Hotel Condal, en la calle Boquería, donde se hospedaba siempre que visitaba la Ciudad Condal. De vuelta a la secuencia argumental del poema, llegado a la ciudad el protagonista se hospeda en un mesón, en cuya puerta hay una placa, Posada de Santa Lucía, que sirve como pretexto para que el narrador sintetice una hagiografía de la mártir siracusana. Lorca observó que la catedral de Barcelona tiene su fachada en la calle Santa Llúcia, cuyo nombre indica una lápida con esta inscripción: «Carrer de Santa Llúcia (Siracusa 283-304). Verge i màrtir cristiana». Ello se debe a que en dicha calle se encuentra la puerta de la capilla, dedicada a la santa en 1268, a la que se accede también desde el interior del claustro.En dicha capilla se encuentra una imagen de la mártir, que sostiene en su mano derecha un cuenco hondo que se supone debiera contener sus ojos, aunque aún los conserva en el rostro. «Cuando entré en la catedral -escribe Lorca- se cantaba la lamentación de las seis mil dioptrías, que sonaba y resonaba en las tres bóvedas llenas de jarcias, olas y vaivenes como tres batallas de Lepanto» (en alusión al Cristo de Lepanto, una talla del siglo XV). Sale del templo de noche y se encamina a la estación del ferrocarril, pero sus ojos no dejan de crear imágenes.
Camino de la estación, las bombillas eléctricas resaltan un nombre: «Estación de San Lázaro». En el andén, se escucha por los altavoces una voz que grita «¡Lázaro!». El narrador abre su maleta, que sólo contiene unas gafas y un guardapolvo blanco, que representan, respectivamente, a Santa Lucía y a San Lázaro e ilustran las dos posibilidades artísticas y también vitales que se le presentaban a Lorca en unos momentos en que pretendía clarificar sus puntos de vista en el arte y en la vida. La santa simboliza la estética de la objetividad, de lo claro y seguro, mientras que San Lázaro expone justamente la antítesis de estas notas; el mundo interior, la parte oscura, misteriosa y llena de emociones.
De Santa Lucía dice que fue de Siracusa, pero no la sitúa en el tiempo. Tampoco alude a la infancia de la santa ni al reparto que hizo de sus bienes entre los pobres, un gesto que motivó que fuera denunciada como cristiana y enemiga de los dioses del panteón grecorromano. Curiosamente, su imagen portando sus ojos en una bandeja no se corresponde con ningún episodio de su existencia, sino que parece derivar del error de haber confundido a la mártir con la beata conocida como Lucía la Casta, una terciaria dominica de la que se dice que pudo llegar a España siguiendo los pasos del famoso predicador valenciano San Vicente Ferrer en los primeros lustros del siglo XV. Que esa religiosa medieval, y no la mártir de Siracusa, fue quien protagonizó el dramático episodio de los ojos arrancados por propia voluntad. Al percatarse de que un joven la seguía constantemente, y al saber que la causa era su obsesión por la belleza de sus ojos, se los arrancó para enviárselos al ferviente admirador. Tiene explicación, por tanto, que los artistas la representen sosteniendo una bandeja con sus ojos, pero otros retrataron a la santa con los atributos de la beata.Lorca se basa en el simbolismo ocular para desarrollar una posibilidad estética y extenderla a los ojos de su conciencia literaria.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados