La Coctelera

Reggio

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3 Diciembre 2007

Electores, pero no sólo, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Los ciudadanos no somos simplemente un caladero de votos. Nos molesta que se considere que nuestro valor resida únicamente en que podemos votar. Es al revés, podemos votar porque valemos. Ylo valemos en todo caso y, más aún cuando, como hombres y mujeres libres vivimos en una sociedad que se organiza y vertebra democráticamente. Y por ello nos sentimos efectivamente incómodos, e incluso convencidos de que es intolerable, cuando todo parece ser - no entro en si lo es- puro tiempo electoral, preelectoral, postelectoral. Necesitamos palabras que se relacionen con nosotros como seres singulares y, sorpréndanse, mayoritariamente razonables. Los seres humanos precisamos una propuesta que dé respuesta a problemas concretos. Pero no sólo. No está mal que se piense en que hemos de abordar asuntos cotidianos y urgentes. Pero también forma parte de nosotros el que soñamos y hacemos una y otra vez por vivir. Y, además, mejor. Mejor también económicamente. Y, de nuevo, no sólo. Podría llegar a resultar insultante que se considere que nos levantamos cada día esperando recibir ofertas que sacien no ya nuestras necesidades, sino incluso nuestras preferencias. Así, el ciudadano reducido a votante esperaría sentado al mejor postor. Flautistas, encantadores, vendedores y ofertas, rebajas y subastas. Salvadores, profetas, oportunistas, todos ellos emboscados en el análisis y en el rigor.

Incluso, de ser así, nadie ganaría unas elecciones sin motivar, sin emocionar en absoluto. Sobre todo requerimos espacios donde la propia iniciativa encuentre los canales, no ya para ser seducidos o convencidos, sino para seducir o convencer. Ser ciudadano no es simplemente ser acogedor, también implica la posibilidad de ser acogido. En última instancia, esta obsesión por la campaña permanente subraya la idea de seres receptores a los que hay que transmitir mensajes que puedan impresionar o afectar y disponer a depositar, insisto, a depositar, la confianza en alguien otro. O, al menos, el voto.

Gobernar implica la voluntad de incidir, de influir en una decisión, pero no por lo argumentado o presentable de la propuesta, aunque esto resulte fundamental, sino porque, a su vez, el movimiento es inverso. La legitimidad nace de la voluntad y libre decisión de los ciudadanos, de la comunidad social como comunidad política. La actuación merece o no la confianza. Y la posición expresada de la mayoría determina la legitimidad de la decisión.

Pero ¿qué idea tienen de nosotros quienes estiman que sólo favoreciéndonos individual o personalmente ganarán, por interés, nuestra voluntad? ¿Hasta qué punto nos minusvaloran al actuar así con nosotros? Y no sólo ellos. De ser así, ¿qué pensamos de nosotros mismos?

Pero sería injusto creer que hay un proceder homogéneo al respecto. Efectivamente, la desconsideración para con los problemas efectivos de la salud, de la educación, del transporte, de la convivencia, del trabajo sería reprobable, y no precisamente el ocuparse de ellos. Y hay quienes lo hacen. No es eso lo cuestionable, sino esa obsesiva búsqueda de aspectos que puedan despertar la parte menos generosa o solidaria de nosotros, la oferta permanente de cuanto suponga interés o beneficio personal aunque con ello se debiliten las políticas públicas o se desatiendan los objetivos comunitarios.

No se trata sólo de que deseamos participar o implicarnos. Hay espacios y cauces. Es preciso encontrarlos y, si no, crearlos. No es cuestión de lamentarse. Asistimos estupefactos, que no sólo sorprendidos, y molestos, que no sólo incómodos, al espectáculo de quienes se aceleran cuando llega el momento de decidir e, inquietos con su suerte, se dirigen a nosotros en un tono supuestamente cordial, que hasta podría resultarnos ofensivo, tratando de captar nuestra voluntad a través de nuestros menos nobles intereses. No está mal ofrecer, que es algo más que ofertar, no es inadecuado responder, que es algo más que contestar, no está mal escuchar, que es algo más que oír. Algo más y algo otro. Precisamente algo otro que tiene en cuenta al otro, a los demás, que cuenta con ellos, es decir, con nosotros, que procura espacios de decisión compartida. Sólo así cabe hablar de corresponsabilidad.

Es desaconsejable abrir nuevos frentes en periodos preelectorales. No necesitamos que nos sorprendan. Preferimos reconocer los discursos y reconocer a quienes hoy nos los dicen. Es tiempo de subrayar, tiempo de incidir, tiempo de insistir. Eso nos cautiva, nos motiva, no el último gesto sorpresivo de prestidigitador o, en el peor de los casos, infrecuente por cierto, de trilero.

La coherencia en la acción, con criterio y convicción, la decidida posición que diariamente va abriendo espacios y creando cauces, ofreciendo posibilidades, convocándonos y reclamando nuestra implicación es lo que nos conmueve y nos hace reconocernos en un proyecto. Se trata de hacer causa común y eso es más que contar con nuestro, sin duda importante, voto. No nos ofende ser considerados electores. Al contrario. Pero nos incomoda ser reducidos a ello.

Los mecanismos, procedimientos y vericuetos, incluso del alma, que conducen a una decisión, que hacen que elijamos o prefiramos, pueden y deben ser nobles, sin por ello dejar de ser realistas. Malinterpretar el pragmatismo confundiéndolo con el aprovechamiento que sólo se moviliza si saca partido, es tanto como confundir nuestra voluntad con nuestras ganas. Deseamos votar, pero por convicción. Y esa es ya otra tarea. No sólo la de lo que hacemos, sino también la de lo que somos.

Cuando equipos de todo tipo, publicistas, sociólogos, psicólogos, filósofos, economistas, expertos en opinión, se dice, arropan a los posibles candidatos con sus análisis, valoraciones, comentarios y propuestas, se hace necesario abrir paso a las voces singulares que se dirigen a nosotros con criterio y cordialidad y nos dicen con sencillez y claridad lo que piensan e incluso lo que sueñan para nosotros, con nosotros. Se dirá que incluso a tal fin se precisa de esos expertos. No lo dudo. Pero en tal caso su fuerza y la verdad de quienes merezcan nuestra confianza consistirán en ofrecer su palabra entre ellos para estar y decir con nosotros, no ya sólo sus electores, sino a la par, sus conciudadanos.

Á. GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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