A FONDO

El pasado jueves, el PSOE oficializaba lo ya sabido: José Bono será el cabeza de lista por Toledo. Si gana Zapatero, será el nuevo presidente del Congreso de los Diputados, con el permiso de sus señorías, por supuesto.

Tres días antes, Pedro Solbes anunció que había aceptado ir de número dos por la lista de Madrid y que, de ganar los socialistas, volvería a ser vicepresidente económico del Gobierno. Antes de dar el sí quiero, el alicantino había exigido restar poder a la Oficina Económica de Moncloa y que el programa electoral no supusiera una apuesta descarada por el gasto público. Parece que Zapatero no tuvo inconveniente en acceder a sus deseos.

María Teresa Fernández de la Vega irá como número uno por Valencia y volverá a repetir (ella misma acaba de deshojar la margarita) como vicepresidenta política del Gobierno en un segundo mandato socialista, pero esta vez con mayor atención a los asuntos internacionales (la política exterior ha dado muchos disgustos a Zapatero y la capacidad de Moratinos ha sido cuestionada por los pesos pesados del propio Ejecutivo).

Es muy probable que en las próximas semanas el PSOE siga con esa táctica de goteo de nombres. Caldera será un miembro destacado del nuevo Gobierno (¿logrará al fin ser vicepresidente?), al igual que Rubalcaba, que ha ganado muchos enteros como ministro del Interior en los últimos meses.

Zapatero, que continúa con su afición a las frases grandilocuentes y un poco pedantes (el nuevo contrato del hombre con el planeta y cosas por el estilo), tiene muy claro que para ganar necesita un equipo, un buen equipo. O, al menos, un grupo de gente que haya demostrado tener tirón electoral o imagen de buena gestión. O ambas cosas, claro.

En la labor de encantamiento, el presidente emplea sus mejores recursos. Y no tiene inconveniente en tragarse algunos sapos. Así es la política. Y quien no lo tenga asumido que se dedique a otra cosa.

Quién hubiera dicho, tan sólo hace unos meses, que Zapatero le volvería a pedir a Bono (su rival en el Congreso que ganó por los pelos) que fuera de número uno de una lista del PSOE cuando le dejó colgado de la brocha con la candidatura a la Alcaldía de Madrid.

Zapatero sabe que estas elecciones se van a ganar o a perder por los pelos. Y está convencido de que Bono es el único que puede derrotar al PP en Toledo, al margen del efecto arrastre que puede tener su imagen en Castilla-La Mancha, comunidad en la que habitualmente el PP vence por goleada al PSOE en las elecciones generales.

Solbes, que antes del verano le había dicho a todo el mundo que se quería marchar (que si su salud no era buena, que él ya había alcanzado todas sus metas en política, que si tenía garantizada una estupenda jubilación y le quería dedicar más tiempo a su mujer, etcétera), resulta que tampoco supo resistirse a los encantos del presidente. A Zapatero los magnates del país, Botín, Florentino Pérez, Entrecanales y otros, le han dicho en público y en privado que el ministro de Economía y Hacienda es lo mejor de su Gobierno y que, en las circunstancias que se adivinan, ningún otro ofrece a sus ojos garantías de estabilidad.

Zapatero necesitaba a Solbes para que el mundo del dinero no le diera abiertamente la espalda y no le importó incumplir uno de sus deseos más íntimos: hacer ministro de Economía a Miguel Sebastián. También es consciente de que Solbes tratará de cortarle las alas a Caldera: eso generará problemas. O de que es completamente incompatible con Magdalena Alvarez: lo siento, Maleni, pero tus días están contados.

La economía va a ser uno de los asuntos estrella de la campaña electoral. La inflación es como la fiebre, pone de relieve que existe una infección grave. Los ciudadanos no sólo notan que los precios suben más que los salarios, sino que los bancos han cerrado el grifo de los créditos, mientras que los tipos de las hipotecas no dejan de subir.

Por esa razón, la confirmación de Solbes es lo mejor que le podía pasar a Zapatero, que ha seguido el viejo dicho: «Elige a un buen ministro de Hacienda y échate a dormir».

Es cierto que Solbes se ha caracterizado durante estos últimos cuatro años por no haber tomado ninguna decisión relevante, pero también lo es que no ha hecho ninguna barbaridad y que ha tratado de evitar algunos desmanes de sus compañeros ministros.

El flanco de la defensa de España se lo van a cubrir Bono, por un lado, y Rubalcaba, por otro, ordenando detenciones a troche y moche. Se acabó la política contemplativa. Ahora toca máxima dureza contra ETA y los proetarras, aunque sólo sea para no dar ni una sola razón al PP para cuestionar la política antiterrorista. Que nadie descarte iniciativas legales contra ANV y el PCTV de aquí al mes de marzo.

Mientras tanto, ¿qué ocurre al otro lado del arco parlamentario? El PP ha optado por desplegar su programa a lo largo y ancho de esta prolongada precampaña. «Programa, programa, programa», como decía Julio Anguita. Y ahí están las medidas fiscales, las reformas de la Justicia, los retoques constitucionales, etcétera.

Sin embargo, ¿es eso suficiente para ganar?

A los Solbes, Bono, Rubalcaba, Fernández de la Vega... ¿quién va a oponer Rajoy?

El líder del PP ha anunciado que no desvelará hasta enero su equipo titular para tratar de ganar las elecciones. ¿Es una estrategia o sencillamente se trata de ganar tiempo?

Sin embargo, a diferencia de Zapatero, Rajoy parece haber tirado la toalla en lo que se refiere a recuperar figuras de prestigio. Me refiero a Rodrigo Rato, por ejemplo.

Es verdad que el ex director gerente del FMI anunció que no quería estar en las listas del PP «bajo ninguna circunstancia». Pero también lo es que Bono dio por sentada su marcha de la primera línea política por «asuntos personales» y ahí le tenemos ahora, como en sus mejores tiempos. Solbes le llegó a decir al propio Rato, antes de que éste abandonara el FMI, que tenía decidido dejar la política y ahora va de prima dona como número dos por Madrid.

El artífice de la recuperación económica con el PP tomó una decisión difícil y tal vez incomprensible (dejar su cargo en el FMI año y medio antes de que venciera el plazo), y ahora se encuentra en fase de reconstrucción de su particular mecano vital. Pero, ¿le ha llamado Rajoy? ¿Han hablado tras su regreso de Washington?

Justo en el momento en el que la economía vuelve al primer plano de la preocupación de los ciudadanos, el mejor activo del PP en esa materia permanece en silencio. Y aún está por despejar la incógnita Gallardón.

Decía Rajoy precisamente en estas páginas hace una semana que los duros años pasados en la oposición han demostrado que puede ser presidente del Gobierno de España. Admitiendo su valor en esta inhóspita travesía del desierto, ahora tendría que pensar cómo hacer para que ese mérito le sea reconocido por la mayoría de los ciudadanos en forma de votos. Muchos militantes del PP y millones de personas que no lo son, pero que estarían dispuestos a respaldar a Rajoy, esperan que pueda presentar para el mes de marzo un equipo de primera con el que afrontar no sólo las elecciones, sino los malos tiempos que se avecinan.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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