TRABAJO
El problema de fondo de Francia no es sindical sino gubernamental
Las imágenes transmitidas por todo el mundo eran tan esencialmente francesas como los girasoles de la Provenza. Los trenes se habían detenido. París estaba paralizada. Los sindicatos obreros marchaban por las calles. El presidente francés Nicolas Sarkozy había decidido dar la batalla. Se proclamó un "momento Thatcher", el punto en que la economía del país daría un cambio decisivo, semejante a las luchas sin cuartel entre la primera ministra británica, Margaret Thatcher, y los sindicatos a comienzos de los años ochenta del siglo pasado.
Había solo un impedimento: Sarkozy escogió al enemigo equivocado. Francia no tiene un problema sindical. Tiene un problema gubernamental. Y hasta la fecha hay pocos indicios de que Sarkozy lo comprenda, por no hablar de si tendría la menor intención de corregirlo. En Francia, un verdadero momento Thatcher sería que se afrontaran los defectos de la nación. Esto aún parece estar lejos de hacerse.
Es posible haber tenido una impresión distinta en las últimas semanas. El sistema de transporte público estuvo detenido durante nueve días por la huelga más prolongada desde 1995. La red ferroviaria de alta velocidad se redujo a una fracción de su servicio acostumbrado. Igual pasó con los trenes de cercanías de París. Las huelgas costaron a la economía 400 millones de euros diarios, según el Ministerio de Hacienda.
En juego estaban las reglas que permiten a ciertos empleados del sector público jubilarse al cabo de 37 años y medio de servicio, en vez de los 40 años que son la norma en el resto de la economía francesa.
A la postre, se llegó a un acuerdo. El sindicato cedió en cuanto a las fechas de jubilación, en tanto Sarkozy endulzó el trato con algunas concesiones salariales, cuyos pormenores no se revelarán hasta el próximo mes. Con esto ambos bandos pudieron cantar victoria.
Pero lo importante era la narración. Sarkozy, como todos los políticos exitosos modernos, sabe cuán necesario es enmarcar su presidencia en un relato. El relato que quería hilvanar era éste: un nuevo y dinámico presidente francés se enfrenta con los sindicatos y sale airoso, aboliendo prácticas laborales arcaicas y allanando el camino hacia una eficaz economía modernizada.
El problema es que este relato es mayormente ficticio. Francia tiene algunos sindicatos difíciles y pugnaces. Tiene leyes laborales anticuadas. Pero de ahí a decir que esto es lo que ha causado el estancamiento relativo de la economía francesa, hay un largo trecho.
Sólo un 8% de los trabajadores franceses son miembros de un sindicato, según la entidad estatal Invierta en Francia. En el sector privado, la cantidad es de apenas un 5% (y de 15% en el sector público). Es uno de los índices más bajos del mundo.
Según la OCDE, entidad con sede en París, un 29% de los trabajadores del Reino Unido pertenecen a un sindicato, un 26% en Alemania y el 82% en Suecia. Hasta en Estados Unidos, un 13% de los trabajadores están sindicalizados.
Luego, ¿cómo pueden los sindicatos ser semejante problema cuando apenas uno de cada veinte trabajadores franceses es miembro de un sindicato en el sector privado?
¿Y qué hay de las huelgas? Hay algunas en el sector público. Quienquiera que haya tratado de llegar a París por el aeropuerto Charles de Gaulle sabe que los controladores de tráfico aéreo franceses no son el grupo de empleados más feliz del mundo. En el sector privado apenas hay huelgas. "Aún hay relativamente pocas huelgas reconocibles en el sector privado", señaló el Observatorio Europeo de Relaciones Industriales en su informe sobre la situación en Francia en el 2006. "Suelen ser locales y breves, limitadas a una compañía o un centro de trabajo".
Francia tiene un sector público relativamente ineficiente. Ahora bien, lo mismo puede decirse de la mayoría de las economías industrializadas. El Reino Unido tiene unos servicios públicos semejantes a los de un país en vías de desarrollo. Nadie en Estados Unidos diría que su servicio postal es ejemplar.
Hasta el campo de batalla de Sarkozy era relativamente insignificante. La concesión sobre el retiro temprano cubre apenas a un 6% de los pensionistas, según la firma londinense Capital Economics Ltd. Repito, es una fracción tan pequeña de la población, que no cambiará mucho que digamos.
El problema verdadero de Francia no son los sindicatos. Es la hipertrofia estatal, una clase media mimada, los impuestos punitivos y el exceso de regulación. Mientras todo eso siga igual, de nada valdrá hacer que los maquinistas ferroviarios se jubilen un par de años más tarde. Como el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, dijo este mes, Francia tiene uno de los mayores índices de Europa en lo que hace al gasto público como porcentaje del producto interior bruto. Es nueve puntos más alto que el de la vecina Alemania.
"El Estado nos ahoga en Francia, y nuestros políticos son parte de la cultura del Estado", dijo Laurence Parisot, director de Mouvement des Entreprises de France, la federación de empresarios del país, en una reunión con periodistas británicos hace poco. "Piensan que el Estado puede dominarlo todo. De hecho, en algunos asuntos descubro que coincido más con los sindicatos que con el Gobierno".
Con esto nos acercamos más al quid del asunto. Ni los empresarios piensan que los sindicatos sean un problema. El problema son los políticos.
En los años ochenta, Thatcher encontró las causas verdaderas del descenso económico del Reino Unidos y arremetió contra ellas implacablemente. Hasta la fecha, Sarkozy ha demostrado poca inclinación a hacer tal cosa en Francia.

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