EL RUNRÚN

Tras el asesinato de Svetlana hace unos días, se ha hablado mucho de las consecuencias de la llamada telebasura. Casi sorprende que, estando el nombre tan consensuado, nos la echen con impunidad. Pero se hace difícil llamarla "telerrealidad", por lo poco de vida real que tienen estos montajes, y por la nula reflexión sobre la realidad que contienen. En cualquier caso, cada día parecemos estar más cerca de ver cómo se cruza el límite.

Sirva para ilustrar la noción de límite la idea que dio pie a Ácido sulfúrico,reciente novela de la escritora Amélie Nothomb. En ella, los organizadores de un programa de telerrealidad llamado Concentración eligen a los concursantes mediante redadas entre la población para convertirlos en prisioneros de un campo de exterminio cuya finalidad es retransmitir en directo el infierno de los "deportados". El público vota para designar a los que han de ser ejecutados, ejecuciones que se emiten en directo y, por supuesto, tras el consiguiente "vamos a publicidad y ahora volvemos". Sin entrar a juzgar la calidad literaria de la novela, lo que me interesa destacar es que el escenario descrito no es tan inverosímil como puede parecer a primera vista.

La mayoría de programas de este tipo están basados en la morbosidad de ver sufrir al prójimo, o de verle triunfar sobre los adversarios. Esta eliminación de la competencia, ¿por qué motivo tendría que detenerse en la expulsión del concursante eliminado, y no ir más lejos? ¿Llegará ese día en que la eliminación simbólica del candidato ya no será suficiente para un espectador cada vez más insensible? Mientras especulamos sobre esta cuestión, el proceso de deshumanización en el que está inmersa la despiadada lucha por la audiencia sigue su curso. Se han llegado a televisar lanzamientos de enanos, concursantes que comen animales repulsivos, autopsias en vivo... Y en Estados Unidos una cadena se está planteando un programa para emitir suicidios en directo.

Cada vez somos más los adultos que nos refugiamos en los socorridos documentales sobre el hielo polar o sobre el oso panda, cuando quizá preferiríamos ver algún programa interesante e inteligente sobre la vida humana. Pero a los adolescentes les es más difícil refugiarse del entorno. Y puedo asegurar que la mayor parte de nuestros alumnos de secundaria no conocen ni a Einstein, ni a Fellini, ni saben el nombre del presidente del país vecino, pero todos saben perfectamente quién es el concursante más soez del reality de moda. Y encima se habla de crisis del sistema educativo, y se debate con ardor sobre asignaturas como educación para la ciudadanía... ¿Alguien piensa en serio que con un manojo de normas y unos cuantos profesores desasistidos (que a veces hasta parece increíble lo que consiguen en el aula dadas las circunstancias), se puede luchar contra este omnipresente modelo de descerebrada zafiedad? No nos engañemos, a nuestros hijos, mucho antes que la escuela e incluso que la familia, los educa el grupo social, los amigos, la publicidad y la telerrealidad. Incluso entre los hijos de padres que se preocupan por no dejar a sus hijos solos ante la televisión o que tratan de verla con ellos y estimular su espíritu crítico, el referente social actual sigue proviniendo de este medio, por no hablar de los medios paralelos: noticias como la del sábado pasado - "dos alumnos violan a una compañera y lo difunden por móvil"- están en pleno apogeo. ¿Qué sistema educativo queda indemne? En fin, suerte al Consejo de lo Audiovisual que aún no ha visto la luz y a los que ya existen. La necesitan. A diferencia de las armoniosas utopías de los escritores del Renacimiento, las siniestras antiutopías de los creadores del XX parecen hacerse realidad a pasos agigantados.