Una vez más, las negociaciones entre Belgrado y Pristina sobre el futuro de Kosovo han concluido sin acuerdo, como se sabía de antemano. Serbia y Rusia quisieran seguir hablando, pero tras múltiples intentos de diálogo entre posiciones inamovibles los albanokosovares dicen basta. Llevan en un limbo jurídico desde que los bombardeos de la OTAN echaron a los serbios en 1999 y establecieron una administración de Naciones Unidas en la provincia.

Hashim Thaci, Primer Ministro electo de Kosovo y un antiguo líder de la guerrilla, anunció que a partir del 10 de diciembre (fecha límite en que los equipos negociadores deben informar a la ONU) declararán la independencia. En la práctica, los albanokosovares esperarán a asegurarse el reconocimiento de los grandes países miembros de la Unión Europea y de los Estados Unidos.

La situación es delicada por las tensas relaciones entre Occidente y Vladimir Putin, siendo Rusia el padrino tradicional de Serbia. Y por descontado, habrá que convencer a Serbia de que su propio interés nacional le exige pasar página, asumiendo el legado de las agresiones y crímenes contra la Humanidad de Slobodan Milošević. Tal y como hizo la República Federal de Alemania tras la 2ª Guerra Mundial.

La independencia de Kosovo causa temor al efecto contagio. Pero con más o menos recelos, casi todos los países en la Unión Europea se han hecho a la idea de que es inevitable, sólo se oponen a ella todavía Chipre y Grecia.

El semanario británico The Economist mencionaba que Kosovo podría inspirar a Catalunya y Abjasia, por extraña que nos suene la comparación entre la pacífica, aunque "emprenyada" Catalunya y la república rebelde en el Cáucaso.

Sin embargo, mucho más cerca, en Bosnia-Hercegovina y en cierta medida en Macedonia, se deben gestionar con cautela las tensiones étnicas en los próximos meses. Bosnia-Hercegovina emergió de la guerra en 1995 con un Estado sui géneris, formado por dos entidades con amplios poderes –la Federación bosniako-croata y la República Srpska- y autoridades centrales muy débiles. Todo ello supervisado por un Alto Representante internacional que se reservaba la última palabra en las decisiones de calado.

La cuestión todavía abierta para este pequeño nuevo país de 4,5 millones de habitantes es su viabilidad como Estado. Las dos entidades que lo forman llevan más de una década dandose la espalda, y lo único que las mantiene unidas es el protectorado internacional. El nacionalismo étnico no da muestras de reconducirse y sigue emponzoñando las relaciones entre comunidades. La República Srpska amenaza con convocar un referéndum de independencia si Kosovo adquiere su Estado propio. Mientras, la vecina Croacia también contribuye a la desestabilización al conceder el derecho al voto a los 300.000 croatas de Bosnia-Hercegovina, como si éstos no fueran ciudadanos de otro Estado.

Por otra parte, otra república ex-yugoslava, Macedonia, mantiene un difícil equilibrio entre la mayoría eslava y la minoría albanesa, que representa una cuarta parte de la población y es dominante en la zona limítrofe con Kosovo. Una explosión de violencia entre Serbia y Kosovo podría generar enfrentamientos paralelos allí.

El think tank International Crisis Group define a Kosovo como el reto de seguridad más urgente de Europa, y calcula que esta todavía provincia serbia alcanzará la independencia entre abril y mayo de 2008.

Hay que evitar que la zona septentrional de Kosovo y única área de mayoría serbia, al norte del río Ibar, pretenda secesionarse y seguir formando parte de Serbia. Ello podría ocasionar en la región un alud de intentos de mover fronteras según su composición demográfica, que ya sabemos que suelen acabar en limpiezas étnicas y otras atrocidades.

Pero por muy generosos que sean los derechos concedidos a la minoría serbia en Kosovo, el gran reto es convencer a serbios nacidos en Serbia de que pasarán a ser ciudadanos de un Estado albanés de mayoría musulmana, que tiene que inventarse una bandera propia porque ya no podrá usar la de Albania.

Y es que los albanokosovares no forman una nación diferente de Albania, pero tendrán un Estado distinto. El mito del Estado-nación se desmorona en Europa, no sólo por los que albergan diversas naciones, sino por las naciones que forman diversos Estados.