La firma Vulcano, propietaria del astillero gijonés Juliana Constructora, se llevará a Vigo la construcción del buque cementero contratado hace unos meses con Tudela Veguín. La decisión, que todavía no está remachada del todo, se ha tomado, según la empresa, porque las prejubilaciones han dejado Juliana con poca mano de obra, y porque al astillero gijonés le urge dar vía a otros cuatro buques sísmicos que tiene en cartera.
Como Vulcano es empresa privada, puede hacer lo que considere oportuno con la planificación de su negocio, pero en el caso del cementero se daba una circunstancia simbólica, cual era el empeño de la asturiana Tudela Veguín en que su buque se fabricara precisamente en Gijón, como señal de apoyo a ese dolorido sector naval que no hace más que darnos disgustos.
Sin embargo, uno de los principios básicos de la economía contemporánea se ha hecho presente: el negocio no tiene patria, lo cual no debería extrañarnos, salvo por ese detalle aludido de que el cementero era un barco-símbolo.
No obstante, y aun contando con que Vulcano sea libérrima en sus decisiones, hay otro aspecto de Juliana en el que no lo es tanto: los compromisos de inversiones en el astillero gijonés que la factoría viguesa asumió al adquirirlo, después del proceso privatizador operado por la Sepi.
Parece un asunto en vía muerta, aunque el tiempo corre a favor de Vulcano, pues en pocos años podrá disponer libremente del volumen de plantilla e incluso de los terrenos del astillero.
Si a esa vía muerta sumamos el despeje a Vigo del cementero, resulta que se nos acumulan los motivos de preocupación.
Y todo esto sucede cuando Gijón está a punto de entrar en uno de los meses más tristes de su historia, con el cierre de Naval Gijón y de Mina La Camocha. Diciembre, y su día 31, serán un tiempo negro e industrialmente muy triste.

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