Un cascarrabias
“Está hecho un cascarrabias”, le comento a mi buen amigo Gervasio Guzmán, que me telefonea para pedirme noticias sobre un conocido de ambos.
“Como tú, entonces”, se me ríe.
“¿Como yo?”, me extraño. “¡Pero qué dices! ¿Estoy yo hecho un cascarrabias?”
“¡De tomo y lomo! ¡Pero si no paras de rezongar contra todos y contra todo!”
Perplejo ante la tajante afirmación de Gervasio, así que cuelgo el teléfono hago una encuesta de urgencia. El resultado es concluyente: de los conocidos a los que he pedido opinión, doce de cada diez le dan la razón. Sólo cabe detectar un matiz: algunos sostienen que soy un cascarrabias porque hoy en día, tal como están las cosas, es imposible no serlo. Los demás lo tienen claro: creen que me excedo.
“Pero, ¿no te das cuenta de cómo polemizas en las tertulias? Te pasas el rato corrigiendo y llevando la contraria a todo el mundo, a veces de manera de lo más cortante y malhumorada”, me comenta uno.
“Encima, hablas como si no te dieras cuenta de que a mucha gente tus criterios le resultan chocantes, si es que no extravagantes”, añade otro.
“Sobre todo de palabra. Hay que reconocer que por escrito pareces más razonable”, matiza un tercero.
Siempre he tenido en gran estima las críticas de mis allegados. Doy por hecho que, si te zurra gente que sabes que te aprecia, no lo hace porque pretende hundirte, sino todo lo contrario. Aquello de que “quien bien te quiere te hará llorar” no es ninguna bobada.
He revisado a la luz de esas consideraciones varias de mis experiencias recientes. Y he llegado a algunas conclusiones. Por ejemplo, me he dado cuenta de que es perfectamente posible que ciertos medios de comunicación que en tiempos me jalearon bastante y que ahora me demuestran cada vez más desafección (permitidme que no dé nombres: sería muy poco elegante) no se estén comportando así sólo porque mis opiniones les echen para atrás, sino quizá también por cómo las enarbolo y defiendo.
Puede ser que tengan quejas, no todas necesariamente injustificadas. No a todo el mundo tiene por qué hacerle gracia que uno sea un borde.
Pero tampoco sé muy bien qué hacer con esa conclusión. Porque lo que parece excluido es que mi carácter pueda experimentar importantes transformaciones (positivas, quiero decir) a estas alturas de mi película.
La introspección autocrítica podría servirme, eso sí, para entender mejor ciertas hostilidades laborales ajenas. Aunque no creo que nadie pueda reprocharme no haberlas encajado deportivamente en el pasado. Varios famosos responsables mediáticos podrían testificar que, cuando decidieron prescindir de mi colaboración, no les puse ninguna pega. Siempre entendí que, por las mismas que me habían llamado, podían despedirme. Una cosa es un contrato laboral, con sus cláusulas y todo eso, y otra un mero acuerdo de colaboración, que por las mismas que se inicia se finaliza.
Hubo alguien a quien una vez reproché –y tampoco demasiado– una sola cosa: que no acabara de dejarme claro si me había despedido o no. Pero lo hice tan sólo porque no sabía si se suponía que tenía que acudir al siguiente programa o no. Son cosas que, por antipático que resulte, conviene dejar claras a la gente.
Lo digo a modo de excusa, para dejar constancia de que sé muy bien que donde las dan las toman.
Fuera de eso, lo que tengo más claro es que estoy a punto de cumplir los 60 años. O sea, que estoy a un lustro de jubilarme, si la Parca no decide lo contrario.
Si de aquí a entonces sobrevivo, y si no prescinden de mis servicios definitivamente en todas partes, y si el Estado del Semibienestar no se hunde en el ínterin, y si también sobrevive la compañía de seguros a la que vengo alimentando para tener un plan de pensiones complementario más o menos digno… Bien, bueno: si se cumplen esas cuatro condiciones, problemáticas pero no imposibles, llegaré a los 65 años con medios modestos, pero suficientes como para financiarme, ya que no otra cosa, la posibilidad de ser cada día más cascarrabias.
La verdad es que me apetece un montón.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados