CANELA FINA

Ni petróleo ni garambainas. Bush atacó a Iraq porque se lo exigió Israel, directamente, y a través del lobby judío en Estados Unidos. Acabo de terminar un soberbio libro escrito por John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt. Se titula El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos. Los autores del libro no son unos diletantes. Walt es catedrático de la Universidad de Harvard; Mearsheimer, catedrático de la Universidad de Chicago. Con un arsenal de datos incontrovertibles, ambos autores demuestran que problema petrolífero no había con Iraq. Pero Sadam había conseguido fabricar cohetes de precisión y deseaba ser el rais del mundo árabe. La tentación de dotar a sus misiles de cabezas de destrucción masiva y borrar del mapa a Israel era algo más que una especulación. La gran política consiste en prevenir no en curar, tal vez Zapatero se entere algún día. «O atacas tú o ataco yo», le dijo Sharon a Bush. «Si ataco yo, se incendiará todo el mundo árabe; si lo haces tú, la mayor parte de las naciones islámicas permanecerán en silencio». Bush decidió desenfundar su revólver, equivocándose desde el punto de vista de la opinión pública mundial. Conviene no olvidar que Israel había bombardeado en 1981 las instalaciones nucleares de Sadam Hussein. Ni una broma con la seguridad nacional de Israel. Los judíos destruirán cualquier operación que en el mundo islámico suponga una amenaza militar para ellos.

Ahmadineyad ha anunciado que dispone de misiles con alcance suficiente para bombardear Israel. Su programa atómico se desarrolla además de forma incesante. Mearsheimer y Walt advierten lúcidamente en su impresionante libro: «Es indudable que tanto el lobby israelí en Washington, como Israel, están presionando fuertemente para que Estados Unidos utilice la fuerza militar contra Irán». Bush ganó en vein-te días la guerra de Iraq. No es capaz de vencer a la guerrilla. Si hubiera pacificado a la nación iraquí, la escuadra norteamericana estaría presta a intervenir en Irán, desencadenando un conflicto de consecuencias imprevisibles. El vaquero se resiste esta vez a desenfundar el revólver, aunque seguramente es lo que le pide el cuerpo. Si el lobby israelí no vence la resistencia de Bush, nos encontraremos cualquier día con la poderosa aviación israelí bombardeando las instalaciones militares y nucleares de Irán. El resultado será, en cualquier caso, un incremento del terrorismo a escala mundial financiado por Ahmadineyad. A los ejércitos aliados no se les puede combatir de forma convencional. Son demasiado poderosos. A través del terrorismo, sin embargo, se puede desequilibrar el orden económico, incluso político, de Occidente.

Mearsheimer y Walt han tenido el valor de denunciar la situación. Convengamos que en España, José Luis Sampedro escribió en su libro Los mongoles en Bagdad, en 2003, lo mismo que ahora han demostrado con datos los dos catedráticos norteamericanos: «La motivación profunda de la guerra de Iraq -afirma Sampedro- es la reordenación de toda esa área mundial para dar seguridad al Estado de Israel». «El lobby judío -escribí yo por esas fechas en una canela fina- presionó en Was-hington hasta que el César dio la orden de invadir Iraq». Produce satisfacción que afirmaciones derivadas de la reflexión se confirmen ahora con datos indesmontables por Mearsheimer y Walt.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

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