HOJEANDO ZAPEANDO

En EL MUNDO los columnistas somos de tantos pelajes distintos que muchos lectores, quizá acostumbrados a la confortable uniformidad que destilan los periódicos de la competencia, pueden a veces sentirse desconcertados. Los hay, como el que suscribe, que apoyaron y seguirían apoyando una intervención occidental en Irak (aunque, es cierto, la incompetencia del dúo Bush-Rumsfeld haya superado todas las previsiones y, a posteriori, haya venido a añadir presión y reproches sobre nuestra postura), mientras que otros -y el propio periódico, en sus editoriales- se hayan mostrado totalmente contrarios a la ocupación de aquel país. Tenemos comentaristas de izquierdas y comentaristas de derechas. Comentaristas feministas y comentaristas a los que algunos tildan de machistas...

En un panorama tan monolítico como el de nuestros medios, esa característica de nuestro periódico quizá parezca aberrante, pero es algo importante para todos nosotros. Desde hace 18 años, quienes fundamos EL MUNDO hemos creído en la importancia de ser un periódico inteligente, plural, transideológico, ajeno a las adscripciones partidistas, capaz de suscitar la reflexión (y, a veces, la irritación) de nuestros lectores. Seguimos defendiendo como el primer día esa vocación de pluralismo, aunque muchos nos reclamen adhesiones inquebrantables y una perfecta sintonía en cada una de nuestras páginas.

Viene esto a cuento de que, hace unos días, esta forma de ver el periodismo se vio traicionada desde las páginas de EL MUNDO, en su edición catalana, a través de una inaudita página de opinión: se trata de la sección de Félix Martínez, Secretos y mentiras, en la que el pasado día 19, bajo un largo subtítulo (Los franquistas celebraron ayer la muerte del dictador en un espectáculo que cada año es más grotesco, en el que crueles asesinos como el despreciable Blas Piñar tienen la desvergüenza de hablar en público), se vertían aseveraciones que rompen, no ya con las exigencias del Libro de Estilo de este periódico, sino con las mínimas cautelas que un periodista debe mantener en el tratamiento de los hechos -tildar de «asesino» a Piñar, se piense lo que se piense de su trayectoria política, es una barbaridad pura y simple- y con el mínimo sentido común. La conclusión de la columna se hunde incluso en la miseria más desgarradora para todas las familias que lloren aún el recuerdo de alguna de las atrocidades de la Guerra Civil: «Quizá ha llegado el momento de reivindicar a Carrillo. Toda España debió ser Paracuellos».

El director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, ha puntualizado que esta sección de Félix Martínez «no volverá a ser publicada». Es una conclusión inevitable. Debemos pedir excusas por no haber evitado la publicación de la columna del día 19. Este incidente debe servirnos a todos para recordar que, más allá de nuestro compromiso con el pluralismo, está nuestro compromiso con el profesionalismo y la responsabilidad del periodista de EL MUNDO.

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