Que no hay duros a cuatro pesetas y que lo barato sale caro son adagios de la abuela cuya vigencia crece a pesar (o a causa precisamente) de la imparable, voraz y atractiva cultura del low cost o bajo coste. A veces, en medio del gran festival, surge la grieta y nos damos cuenta del lugar exacto de las cosas. La Agència Catalana del Consum, dependiente de la Generalitat, ha sancionado a 29 compañías aéreas que operan en Catalunya por publicidad engañosa, retrasos y pérdidas de equipaje. Hasta 23 de las 29 aerolíneas inspeccionadas ofrecían billetes a un precio que no se correspondía con el coste real que el cliente acaba pagando, una vez sumadas las tasas y los impuestos correspondientes. En algunos casos, la tarifa que se debe abonar es cuatro veces superior a la que se ha ofertado. De esta noticia, lo que sorprende no es la capacidad de algunos por tratar de estafarnos. Lo más interesante es el nivel de credulidad del que hacemos gala muchos mortales una vez nos enfundamos el traje de amianto de consumidor.

No sé si este exceso de credulidad de los ciudadanos ante el mercado puede relacionarse con los bajos índices de excelencia de nuestro sistema educativo, hasta el punto de llegar a conclusiones apresuradas, que serían muy resultonas para animar un debate apocalíptico. Lo que sí reluce de manera especial es la contradicción entre nuestra alta credulidad a la hora de adquirir servicios y bienes y nuestra desconfianza galopante a la hora de comprar programas políticos. La misma gente que se deja embaucar por anuncios que prometen viajes de miles de kilómetros por sólo seis euros observa cualquier mensaje político como una fatal e indiscutible tomadura de pelo. Somos tontos redomados y listos de gran voltaje, todo en el mismo paquete, lo cual produce un sincero desconcierto.

Siempre ha habido trucos para que el consumidor pique. Lo único que hace la cultura del bajo coste es cambiar la escala de la argucia y, por tanto, la magnitud del negocio/ estafa. A pesar de las sanciones y de las denuncias, nos resistimos a expulsar la fe en el milagro comercial de obtener algo a cambio de casi nada. Algún antropólogo tal vez pueda relacionar este síndrome con nuestra nostalgia secreta por los tiempos primitivos de la especie, cuando vivíamos cazando y recolectando frutos. En este sentido, nuestro exceso de credulidad no sería nada más que una pulsión remota, el instinto depredador que asoma por debajo del nudo de la corbata y por encima de la hipoteca. Así, la desconfianza política también se explicaría por nuestras ganas inconfesadas de volver a ser "silvestres", por usar el término de una canción antigua de Marc Parrot.

El bajo coste convierte en chuchería todo lo que toca. No pasa nada, sólo hay que saberlo. El problema es confundir la chuchería envuelta en celofán con la ambrosía de los dioses. Si tienen dudas, piensen un minuto en los salarios de todos aquellos que hacen posible nuestra fantasía.