LOS TRILEROS FILOLOGOS
No puede haber, en nadie con dos dedos de frente, la menor justificación en la constatación de un fracaso sobre el que muchos de quienes colaboramos en prensa hemos venido alertando. Me refiero al fracaso escolar en Cataluña en los términos aireados por la Fundació Jaume Bofill, sobre los que la prensa se ha detenido con toda preocupación estos últimos días.
Los comentarios han coincidido en reflexiones tan fundamentadas que estaría fuera de lugar empezar a airear matices con alguna de ellas. En todas, como tema de fondo destaca una llamada a la clase política para que afronte el problema más allá de sus intereses electorales a corto plazo: eso que políticamente se llama «pacto de Estado» cuando una colectividad decide afrontar al unísono un problema realmente grave (la «transición» que ahora nos empeñamos en demoler fue en su día un caso paradigmático).
Sería, sin embargo, un autoengaño la corrección de la estadística por el expediente de rebajar aún más los niveles de calidad, convirtiendo los centros de enseñanza en meros aparcamientos lúdicos. O la de responsabilizar del desastre sólo al número y bajo nivel de los emigrantes escolarizados, que no parece muy diferente al de otras comunidades. O el cargar el muerto a unos docentes desmotivados y desautorizados. Inquietante resulta también el análisis de que, en virtud de un perverso efecto dominó, el mal se origina en preescolar y primaria, donde ha primado una pedagogía suicida -aireada como el no va más democrático- de que los niños no deben hacer esfuerzos mentales o buscar la excelencia ni asumir códigos de comportamiento. Si a esta deriva pedagógica -que prima la ley del mínimo esfuerzo e incapacita para la formación en especial científica- se suma el actual modelo económico de servicios, que demanda un número creciente de trabajadores jóvenes no cualificados, se entiende entonces el terrorífico abandono de los estudios del 34% del alumnado de Cataluña.
En otra clave de análisis, algunos reportajes han denunciado el contenido de las asignaturas que conforman una visión cegada a cualquier dato o fenómeno exterior a unas fronteras mentales previamente acotadas. El síndrome Atapuerca, para entendernos, extendido por toda la geografía autonómica, nada tiene que ver con el abandono de los estudios, pero no deja de ser sintomático de lo que han sido las prioridades en materia pedagógica. ¿Es de recibo ignorar, por ejemplo, Altamira o la existencia de unos yacimientos de interés internacional por el hecho de su (políticamente incorrecta) ubicación geográfica? Uno no puede por menos que recordar el retrato machadiano de quien «desprecia cuanto ignora».Frente a la denuncia del síndrome Atapuerca, ¿es posible que la conclusión de quien firma Desclot (Avui, día 24) sea que «A Madrid ( ) només els preocupa ( ) a Catalunya ( ) la formació de bons espanyols. I com mes burrros millor?». Es muy curiosa su lógica. Y al contrario: ¿acaso conocer La Alhambra o la ruta románica jacobea nos convierte en «malos catalanes»?
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados